Los pueblos se dividen, como las personas, en dos categorías: hay la categoría de las ciudades vulgares, y la de las ciudades típicas, entonadas, de sabor propio. En seguida que el viajero penetra por las calles de Córdoba, comprende que se encuentra en una ciudad personal y de pronunciado carácter.

Mientras camino por las calles, nada me impide suponer que voy vagando por una de aquellas ciudades históricas del mediodía de España. La multitud de iglesias, las tapias discretas de los conventos, la paz de las calles silenciosas, el misterio de los muros viejos, por encima de los cuales asoma un árbol florido; y en el fondo de esas calles vacías, silenciosas, limpias, alguna ventana aislada, con su reja artística, y colgando de los hierros de la reja una flor... Todo esto es bien europeo, bien antiguo, y sobre todo bien español. Hasta las personas eclesiásticas adoptan un aspecto raro. Los sacerdotes no visten como los atildados abates de Buenos Aires, no llevan el redingot ajustado, el sombrerillo de ala plana y breve, el bastón en la mano; este aire de mundanidad no lo desean los sacerdotes de Córdoba. Ellos no tratan de disimular su estado, como si se avergonzaran de vestir trajes demasiado sombríos y demasiado anacrónicos, entre las gentes despreocupadas del cosmopolitismo. Por el contrario, los sacerdotes de Córdoba se mantienen fieles a la sotana, y al manteo amplio, y al sombrero ampuloso, el clásico sombrero de «teja». Se ven también frailes de distintas órdenes, unos con hábito pardo, otros con hábito blanco, y algunos con los dos colores, pardo y blanco. Y pasan gravemente por las calles, sin timidez, sin miedo a la ironía del descreído cosmopolitismo; antes más bien con el gesto y la compostura del que se siente dentro de su legítimo feudo. Y se ven además muchas, numerosas mujeres que visten hábitos diversos, incomprensibles para el profano. Las hay vestidas de color marrón; otras visten de blanco, con manto a la cabeza color azul; otras combinan el blanco con el negro; y otras, en fin, sobre el traje rosa ponen su manto azul celeste. El viajero queda asombrado, perplejo, ante la variedad colorista de los hábitos femeninos de Córdoba. He ahí una ciudad que posee en alto grado el instinto del color, tan negado a muchos pintores.

¿Y las campanas? Desde que abandoné las costas de Europa no había yo escuchado el son de las campanas. En Europa suenan mucho los bronces místicos. Nuestro oído se halla como viciado por ese son un poco lúgubre, pero también recordatorio de muchas escenas infantiles. Yo notaba en mí cierto vacío. Pero en Córdoba he vuelto a saturarme de ese son familiar. Las campanas de Córdoba suenan numerosas, porfiadas, a todas horas. Vienen las campanadas de cerca, de lejos, de todos los lados. La campana de la catedral, principalmente, suena de un modo grave y religioso; es un son venerable, no exento de soberbia; suena con la autoridad de algo que se siente legítimo, necesario, inseparable de la tradición de la ciudad. Cuando la campana suena, de los pliegues y dibujos churriguerescos que coronan la gran cúpula central surge una bandada de palomas; las pobres palomas eclesiásticas no han podido habituarse al tono solemne de la campana; el misticismo de las blancas palomas cree que existe mayor dulzura religiosa en el éter azul, que en la voz triste del bronce; y mientras la iglesia, para comunicarse con Dios, usa la voz de la campana, las palomas levantan el vuelo, ascienden por el aire nítido, y es como si quisieran abismarse en el azul firmamento, regazo inmenso de Dios.

Pero a la vez que estas cosas hablan a la imaginación de las viejas ciudades españolas, otras cosas nos sugieren imágenes contrarias, de un fuerte aire americano. Entrando en Córdoba es cuando el viajero llega a entender lo que era una ciudad prócer en tiempos de absoluto criollismo. La banda de la Argentina que da sobre el mar y sobre el ancho río, va perdiendo, o ha perdido completamente su aspecto criollo: entre los inmigrantes, los almacenes, los remates, los arados ingleses y las copias de París, le han quitado a esa banda su barniz tradicional. Pero en Córdoba hay civilización, hay trabajo, hay negocios, y sin embargo conserva su tono tradicional. Se parece a esas personas próceres, de largo abolengo, de fortuna pingüe y heredada, que saben recibir las modas recientes, pero sin renunciar a sus maneras y costumbres señoriales.

Algo hay, sin duda, en el ambiente de Córdoba, algo que no se puede tocar ni apenas definir, y que para ser expresado se requiere emplear la palabra difícil, la palabra muy pocas veces lícita: la palabra señorial. ¿Qué es lo señorial? Ahí está un nombre de veras difícil. El vulgo, y también el que no es vulgo, quiere aplicar ese nombre a cosas y personas que maldito de Dios si lo merecen. Señorial no es lo que tiene riquezas, como el vulgo supone; muchas personas ricas andan por el mundo que no han tenido el menor contacto con lo señorial. Lo fastuoso tampoco es señorial. Se pueden tener muchos trajes, muchos palacios, muchos troncos de caballos ingleses, mucha vajilla de plata, mucha prodigalidad, y sin embargo se puede no ser señorial. Lo señorial quiere decir noble, y esto de noble es un compuesto de cultura, de inteligencia, de arte, de cortesía, de bondad, de discreción, de medida, de caballerosidad, de buen gusto, de calma, de saber limitarse, de huir de la exageración como del diablo, de no entregarse a la última moda puerilmente, de apartarse de lo «snob» y de conservar siempre los prestigios de su personalidad... Me atreveré a afirmar que todos esos atributos los posee la ciudad de Córdoba.

Es claro que para muchos espíritus descuidados Córdoba parece un tanto rancia; tiene un sabor provinciano, y esto hace torcer el gesto a los cosmopolitas. Pero es menester inclinarse con respeto ante las ciudades que no quieren sumirse en el todo igualatorio; ante los pueblos que creen en la historia, en la personalidad nacional, en los prestigios heredados y transmisibles. Por mi parte, no niego que me infunden gran consideración el árbol que sobresale en el bosque, el arbusto lindo o feo, que rompe la monotonía de un sembrado, el hombre que se atreve a llevar un sombrero distinto a los demás, o simplemente el que tiene más estatura, es más pequeño o tiene la calva más exagerada que los otros. Ser distinto, en estos tiempos en que los sastres, las ordenanzas municipales y los hoteleros se empeñan en hacernos simétricos, denota valor y fe, y ambas virtudes son de las más altas de cuantas se ofrecen a nuestra consideración.

Un ejemplo de esa discreción noble, señorial, lo tenemos en la universidad, tres veces gloriosa. La universidad de Córdoba cuenta su vida por siglos; en sus aulas han enseñado los primeros profesores del virreinato y de la república; en esas mismas aulas han estudiado los obispos, los generales, los magistrados, los presidentes, los escritores de más lustre de la nación. La vida intelectual de la Argentina, en lo que ésta tiene de abolenga y de histórica, puede decirse que ha nacido en los bancos de la universidad cordobesa. Otra ciudad menos discreta hubiese dado a su universidad un aspecto ampuloso, soberbiamente monumental; hubiera puesto una fachada rimbombante, con muchas columnas, estatuas e inscripciones, y una suerte de molduras hechas de cemento habrían dejado pasmado al pobre transeúnte. En Córdoba no sucede así. La universidad de Córdoba, sin embargo de su prestigio, ofrece una apariencia modesta. Es preciso ir a buscarla, y buscarla bien en el recodo de una calle apartada, para dar con ella. Nada de fachadas rimbombantes. Un frente de estilo clásico, una puerta mediana, un vestíbulo pequeño, y eso es todo. En el centro el patio ofrece un aspecto conventual, con su claustro de columnas de medio punto. Un jardincillo llena el patio con sus verdores amables. Las aulas se abren sobre el corredor del claustro, y en aquellas aulas, sobre bancos de pino, se sientan los estudiantes. Se comprende que todo está igual, desde muy antiguo. La universidad no ha querido abandonarse a las locuras de la ostentación moderna. Piensa que la inteligencia no necesita de mucho lujo para desenvolverse, y que Sócrates conversaba con sus discípulos en mitad de la calle o a la sombra de los plátanos clásicos.

La simpatía es un sentimiento inefable. Nos es una cosa simpática, y el por qué no sabemos decirlo muchas veces. De la ciudad de Córdoba guardaré siempre un recuerdo amable. Una visita rápida, que duró dos días, no sirve, es claro, para penetrar en el fondo de un pueblo; pero yo prefiero atenerme a mi impresión fugaz, ya que ella es propicia. La plaza central, tan bella y limpia; las calles bien cuidadas; las casas discretas y elegantes; la distinción de todo, lo mismo de las piedras que de las personas. Y el recato y silencio de las vías adyacentes, aquellas encantadoras calles por donde no se ve transitar muchedumbres afanosas; allí donde el reposo es tan completo que se oye distintamente la voz de un piano interior, las risas de unas muchachas invisibles, hasta el crujir de las hojas de los naranjos y de las adelfas que asoman por encima de las tapias.

De noche la ciudad se envuelve en calma y en silencio. A la hora en que el último color del día se amortigua, cuando la luz de los luceros llena de poesía el espacio, el aire de Córdoba tiene una transparencia, una suave frescura, una sonoridad indecible. El rumor de las calles no viene a turbar esa calma con su estúpido ruido. Es hora en que las personas caminan sin prisa, con ademán negligente y desinteresado. Entonces la ciudad entera parece sumida en descanso y en amabilidad. El aire se hace sonoro. Las mujeres salen al balcón y sus voces animan la calle, como un sonido que viniera de atrás, de un tiempo en que no existían ni ferrocarriles ni periódicos. Y el aire de fin de verano se embalsama con olor de hierbas campestres. Hay, en fin, tiempo y espacio para mirar al cielo y para ocuparse en un trabajo tan divino como es el de contar las estrellas del cielo. El alma se abandona a las ideas semisueños. El alma descansa.

Febrero, 1911