Mas léjos, al derredor de una fuente pública, se agrupan en desórden los aguadores asturianos, de calzon corto y alpargata, chaqueta remendada, camisa indefinible, sombrero diminuto y fisonomía contradictoria, en cuyos rasgos parecen luchar la imbecilidad del servilismo y la inquietud del genio pendenciero. Todos gritan, hormiguean al pié de la fuente, se restregan, se apostrofan; pero al echar sobre la espalda el barril de agua, recobran no sé qué del aire paciente de la mula de carga.
Al dar con una callejuela, de esas que son las vias de comunicacion obligadas entre dos grandes calles, tropezais con un enjambre de curiosos tipos. En la esquina grita con voz chillona la vendedora de papeles, casi andrajosa, anunciando la «Correspondencia» ó la «Iberia», y tal ó cual opúsculo del dia; y á su lado le hacen mil reverencias al pasante el mozo de cordel y el limpia-botas, anhelosos de obtener clientela. Mas adelante el baratero os pone en las barbas su pequeña Babel portátil de fósforos y lápices, jabones y pomadas y las mas heterogéneas sustancias, que os ofrece sin gracia ni donaire. En España nadie tiene la gracia seductora del Frances para vender, porque aquel ha sido un país poco especulador y condenado al aislamiento moral. Un paso mas en la callejuela, y os codea la tentadora sevillana ó madrileña de opiniones…muy despreocupadas, guiñándoos un ojo negro y candeloso capaz de tentar al diablo mismo si no tiene juicio; en tanto que al pié de cada muro veis una fila de mendigos lamentables, rascando sin piedad ó punteando una raida guitarra para producir un ruido que punza los nervios, acompañamiento de la usual frase: una limosna por amor de Dios.
Llegais á la Puerta del Sol ú otra plaza de primer órden por su posicion central, y el espectáculo es variado. Al lado del espléndido carruaje á la francesa se cruzan las pesadas y monumentales diligencias, que afluyen de todas las provincias ó van á ellas, con el tren de enganche mas extravagante y tiradas por cuatro ó cinco pares de furias que llaman mulas. Allí, grupos de leones afrancesados hablan de modas, cerca de otros grupos de especuladores ó meros chimógrafos que le van tomando aficion al deleite de la Bolsa. Acá ronda distraído, por una acera, un par de guardias civiles ó gendarmas de estrambótico uniforme, que hacen recordar el carnaval; ó se detienen, con la conciencia de su inutilidad, a departir con algún barbero desocupado que espera á sus parroquianos en la puerta del taller, armado de su amenazante navaja.
Mas léjos pasa un grupo de hermosas madrileñas, de majestuoso andar, fisonomías graves y cabezas de reinas, cubiertas todas con las opulentas mantillas nacionales; y ese grupo aristocrático hace contraste con otro de toreros andaluces que celebran los golpes de la última corrida, burlones, pendencieros, rumbosos, petulantes y simpáticos al mismo tiempo; llamando la atencion por sus fachas vigorosamente varoniles, sus negras y abundantes patillas y el conjunto curioso del sombrero calañés, redondo y recogido sin alas como un bonete de felpa ó paño, la chaqueta de paño cuajada de bordados y botones lucientes, la ancha faja roja ó azul en la cintura, el calzon corto, y el botin prolongado hasta la corva en polainas labradas, con borlas de menudas correitas.
Si ademas de los mil grupos diferentes que componen la fisonomía social quereis fijaros en algunos incidentes que la caracterizan, observad el movimiento en cada estanco de tabaco y en cada tienda de licores; oid los gritos de los innumerables vendedores de billetes de lotería, corredores de la corrupcion explotada en beneficio del Fisco; contemplad á los paseantes ociosos, y en todas partes hallareis algo de original y especialísimo de España. Ved, por ejemplo, al obrero español, el tipo que mas resiste á la invasion de las costumbres extranjeras: rebelde á la blusa, la cachucha y la actividad del obrero frances, el español conserva su sombrero redondo, su chaqueta y su manta para tener el derecho de conservar su inmobilidad é indolencia.
Llega la tarde: son las cinco y estamos en primavera. Dos largas hileras de caballeros y de carruajes se dirigen del centro de Madrid hácia el Prado por la gran calle de Alcalá y la carrera de San Jerónimo. En el Prado no encontrareis ni al torero ni al mendigo, ni al baratero ni al aguador; allí no pasea sino el Madrid dichoso ó que hace el papel de serlo. Corrillos de periodistas y diputados, de financistas y de dandys, de extranjeros curiosos y de provincianos muy currutacos, hormiguean allí, en alegre confusion con las damas elegantes,—todos en incesante vaiven, rozándose sin ceremonia, aspirando con libertad y espíritu expansivo el aire del campo. Allí las confidencias, los dulces y estériles coqueteos, los cumplimientos de todo estilo, y la ostentacion del lujo, de la hermosura y de la charla. El Prado es encantador. El tipo español, múltiple, se ostenta allí, á pié ó en coche, en lo que tiene de mas bello y distinguido.
Y ¡qué lujo en las formas de aquellas naturalezas! La bella castellana, de tez pálida y fina, cejas arqueadas, ojos severos y andar aristocrático, sacude el abanico con una gracia inimitable, y lleva la mantilla medio caida con la majestad que una reina su manto. La picante andaluza, la valenciana de mirada de fuego y frente enhiesta, la locuaz y casi rubia bilbaína, la gentil madrileña medio afrancesada; todas seducen y forman un conjunto admirable de fisonomías generalmente simpáticas reuniendo la gracia expresiva á la hermosura. Todas sonrien, saludan, hablan con llaneza delicada y prohiben al extranjero la eleccion.
Entre los hombres se hallan figuras distinguidas por donde quiera, revelando mas corazon que espíritu, mas vivacidad de pasion que reflexion. Grandes y negras patillas ó retorcidos bigotes, cuerpos robustos, cabezas altivas; un poco de petulancia en todas las miradas y de benevolencia en todas las sonrisas; la conversacion siempre ruidosa; el cigarrillo en todas las bocas, apoyado con gordas interjecciones por via de puntuacion; riqueza de fantasía y de proyectos; inclinaciones heróicas y poca formalidad: tal es el conjunto de circunstancias sobresalientes. Añadid, en cuanto á las mujeres, unas cabelleras admirables que parecen mantos, y un pié pequeñuelo que se asienta todo pero sin lentitud perezosa, y tendreis un mediano bosquejo.
De repente circula un rumor y se nota en todos los grupos cierta sensacion: es que la reina va á pasar en su carroza. Todos se detienen un instante, saludan quitándose el sombrero, la reina hace sus graciosas reverencias, y asunto concluido. Ni un viva, ni una exclamacion: es un pueblo galante que saluda á la primera de sus damas y que conserva el respeto tradicional hácia los reyes; pero nada de entusiasmo. Cuando mas algun admirador anticuario dice por lo bajo: «¡Qué guapa moza es nuestra reina!» La España que creia en el derecho divino de los reyes ha muerto, y sobre sus ruinas se está levantando la España demócrata.
Ni un soldado acompaña en los dias comunes la carroza de la reina: esa es una manifestacion de confianza en la lealtad de los Españoles. Con todo, la reina en sus paseos revela una transaccion. Renunciando á los soldados ó guardias transige con la opinion ó las ideas del presente; pero haciéndose tirar en una antigua carroza, por mulas enjaezadas á estilo rococó, manifiesta su culto al pasado y á las tradiciones de la época que murió.