Madrid, que cuenta 281,170 habitantes, no solo tiene muchos institutos literarios y cientificos importantes, sino que revela su vitalidad política por medio de numerosas publicaciones periódicas. No tiene ménos de veinte grandes periódicos, casi todos diarios, algunos muy bien escritos, casi todos llenos de aticismo y personalidades; y publica ademas gran número de revistas y periódicos ilustrados, que no carecen de mérito.

Por desgracia, el periodismo español está demasiado afrancesado en algunas materias; se descuida mucho lo nacional por las traducciones de futilezas parisienses; y no pocas veces hay que recordar á Fígaro, á propósito de ciertos traductores que no cuentan para su labor sino con «atrevimiento y diccionario,—y algunos con el atrevimiento solo.»

¿Quereis tener alguna idea respeto de Madrid social? Acompañadme á pasar allí un dia ordinario, y en todos sus incidentes hallareis mas de cuatro revelaciones. Son las siete de la mañana y salgo á buscar el sol y el aire puro. Madrid despierta á medias. Sus ricos capitalistas, sus gentes de la aristocracia y sus hombres del mundo elegante y político, duermen profundamente. No se levantarán sino á las once, á medio dia ó mas tarde, porque no se han acostado sino á las dos ó las tres de la mañana. Esa es la costumbre. Las puertas de las casas y tiendas se abren lentamente, si son de rango subalterno. En la calle no se encuentra sino al pobre vendedor de legumbres, sucio y harapiento; los barberos afilan filosóficamente sus navajas, detras de sus celosías bajas; los aguateros asturianos empiezan su tarea, arriando sus diminutos pollinos cargados de pequeños toneles de agua; los mozos de café, trasnochados por sus innumerables é inamovibles parroquianos, bostezan, se estiran voluptuosamente, y hacen traquear sus coyunturas como matracas. Las calles están…revelando que la noche ha pasado por encima de ellas, y saludan el dia con los olores ménos confortables del mundo.

Oigo un extraño ruido sobre mi cabeza, cual si tuviese lugar un aéreo tiroteo. Vuelvo la vista y descubro á todas las cocineras y sirvientas de la real Madrid exhibiendo todas las curiosidades de los lechos conyugales, celibatarios y de párvulos. La una sacude en el balcon, sobre la calle, un viejo tapete, una sábana ó un faldellin de lana, si no un cuero de oveja de indescriptible aplicacion; la otra desenrolla una estera…imposible. Esa cuelga una crinolina al aire, como farol; aquella pone en exposicion artística un colchon ó algo peor. Madrid íntimo, el Madrid de la alcoba, sale á luz en toda su desnudez, asomándose á todas las ventanas, sacudiendo su polvo en todos los balcones, y ámbas aceras quedan colgadas durante dos ó tres horas, como si fuese á pasar alguna procesion de caricaturas.

Tal es Madrid por la mañana, en casi todas sus calles. ¿Quereis acompañarme al almuerzo? No vale la pena: es como en todas partes. Venid mas bien conmigo al chirivitil del barbaro español, que hallareis en cualquier entresuelo de casa vieja ó en una tienda que da sobre la calle. Si no teneis barba que rapar no importa: entrad siempre y os divertireis, conociendo un interesante tipo español.

Todo barbero charla sin cesar: eso es trivial y universal. Pero el barbero español no se parece á ningun otro barbero en ciertas cualidades. El viejo Fígaro no existe: es un tipo que las revoluciones han suprimido. Su sucesor en Madrid no tiene los recursos de intriga, ni las mil hábilidades, ni la literatura del héroe de Beaumarchais. Truhan por excelencia y amable y meloso, el barbero contemporáneo os hará reir, os hablará de teatros, de las corridas de toros, del ministerio y las Córtes, de las muchachas bonitas, y sobre todo de las vidas ajenas. Le hallareis malicioso, pero jamas calumniador; sumamente chistoso, pero sin grosería; instruido en todos los misterios de alcoba y de fortuna, pero sin llevar la indiscrecion muy adelante. Una palabra, un gesto, una sonrisa burlona del barbero os dirá mas que un discurso. El barbero español tiene la ática elocuencia del gesto.

No le hableis de religion, porque os barajará el asunto y agachará la oreja con malicia. Dejáos manosear libremente, si quereis complacerle y que os afeite bien. Su oficina carece de aseo, sus peines aterran por las plantas parásitas que contienen; os enjabonará la cara con las manos, en vez de la brocha; os raspará como si pelase á un cerdo; pero al fin os divertirá, os hará mil cumplimientos y un hermoso par de patillas andaluzas, y cuando le pregunteis cuánto vale su trabajo, os responderá con el tono mas español, mas generoso, altivo sin afectacion: «Lo que U. guste, caballero.»

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Salgamos á dar una vuelta por las calles de Madrid. Su movimiento es interesante. El aspecto material de las calles tiene bien poco de importante, porque Madrid por ese lado es una mala copia de Paris. Hoteles y cafés, almacenes y tiendas, casas y coches, todo se parece en su exterior, si es nuevo. Es en los pormenores, en los grupos sociales donde, apesar del dandy madrileño, del leon español (bastande insípidos), se revela España, la verdadera España, compuesta de tantos tipos diferentes, pero que armonizan en Madrid de un modo singular.

Apartemos la vista de lo que es puramente imitativo, exótico, aunque el contraste no carece de interes. Allí un grupo de rancios castellanos discurre bajo de un portal sobre las maravillas de una civilizacion que les sorprende. Los ferrocarriles en España!—es cosa de perder la cabeza para un segoviano de puño cerrado, ó uno de esos aragoneses ó burgueños de la vieja estirpe. Mas allá departen sobre el precio de los pellejos de vino algunos manchegos cosecheros, ó echan sus cuentas sobre la escasez de los trigos, á la puerta de un ventorrillo de esquina, entre uno y otro largo trago de Valdepeñas; con la manta amarillenta de lana burda recogida sobre un brazo, medio levantado por delante el fieltro de anchas alas, y dándole á la conversacion ese acento perezoso de los paisanos del inmortal Caballero de la triste figura.