Recuerdo que un dia cierto baron ó conde muy estimable, me invitaba á dejarme presentar en Palacio para conocer la Corte de cerca y besar la mano á la reina. Le contesté riendo: «Señor mio, no tengo inconveniente en besarle la mano á una dama; por galantería; pero cuando la dama fuese reina, me sentiría humillado en mi altivez de republicano. Ademas, los reyes no son para mí sino animales curiosos; y despues de haber visto en los jardines zoológicos las girafas, los hipopótamos y los orangutanes, no me siento con urgencia de ser curioso.» El excelente sugeto, en vez de picarse de mi brusquedad colombiana, me dijo con suma amabilidad: «Vamos,—tiene U. razon; cada cual tiene el punto de vista de sus ideas y de su educacion social. Nuestra reina es una guapa señora; pero para U. no hay mejor reina que la libertad. Enhorabuena.»
Esas condiciones que distinguen á la aristocracia española (que no es egoista ni avara) prueban dos verdades: 1ª que la nacion española es y ha sido en el fondo, por su carácter, esencialmente democrática, á pesar de sus detestables instituciones; y 2ª que su regeneracion actual es mucho mas positiva de lo que las apariencias pueden hace creer.
La Corte es un mundo muy diferente de la aristocracia. Talvez la de España es la mas corrompida de Europa, despues de las de Turquía y Roma. Es allí donde se agitan y pululan los mas extraños manejos y las mas impuras intrigas, á despecho de la nacion española. Es allí donde se hacen y deshacen ministerios, que no debieran tener su cuna ni su tumba sino en el seno de la opinion nacional. Y á decir verdad, hay casas entre las gentes de la Corte á donde las familias que se estiman no van jamas ó van muy rara vez y por necesidades de etiqueta. La política mas impura se elabora en esos salones y esas alcobas, donde tienen sus templos la lisonja, la empleomanía y el interes.
No habiendo penetrado á las regiones de la Corte, ignoro personalmente (y espero seguir viviendo en mi santa ignorancia) los misterios de ese mundo de tinieblas. Pero he recogido en España abundante provision de anécdotas que edificarían al mejor amador de escándalos. No las relataré, pues, gracias á los Españoles, tengo mejores cosas de qué hablar….
En España hay una cuarta clase de la sociedad, compuesta de brillantes párias, que inspira el mayor interes: la juventud. Es observando su situacion y desarrollo que puede comprenderse mejor la lucha actual, definitiva, entre la antigua y la moderna España. El ejército le es antipático á esa noble falange; el foro y el profesorado le están casi vedados, porque las leyes oponen poderosas cortapisas al libre acceso; la vida parlamentaria está monopolizada por los empleados públicos y los ministros, así como por los grandes capitalistas; el periodismo está sometido á la censura previa y la persecucion, y la ingeniatura civil misma está sujeta á las influencias oficiales. Así, la juventud pobre que quiere avanzar y hacer carrera y se siente animada por las mas generosas inspiraciones, vegeta en realidad, reducida á rumiar ensayos literarios, perorar en los cafés, mantener justas especulativas en los círculos literarios y gastar su vigorosa naturaleza de un modo estéril.
Donde quiera, en Madrid, he visto una juventud muy inteligente, ambiciosa de luz y de condiciones excelentes para desempeñar un gran papel. La filosofía moderna alemana, la economía política y la historia son muy cultivadas por esa clase briosa y casi abandonada; y es de su seno que salen dia por dia, á pesar de mil dificultades, oradores elocuentes y escritores de buen temple, que un dia serán hombres de estado, porque el viento del siglo los empuja, pero que harán su carrera muy trabajosamente. Toda esa juventud es liberal, demócrata, y es en sus manos que veo el porvenir de España.
La gran mayoría social de Madrid es ardientemente liberal, y el espíritu de progreso y de independencia se revela en los obreros ó artesanos de un modo inequívoco.
Lo mismo sucede á casi todos los grandes centros de poblacion, donde el fanatismo ha decaido notablemente y las ideas de gobierno civil son generales. Creo que la democracia española, ántes de diez años, saldrá triunfante de esas grandes ciudades á dominar toda la península, porque en ellas se está verificando un trabajo de discusion privada y de propaganda que acabará por crear las convicciones correlativas de los instintos democráticos.
Varias veces asistí á las sesiones del Congreso en Madrid, y tuve la fortuna de oir discurrir á los mejores oradores de todos los partidos. A juzgar por ellos, y teniendo en cuenta la intolerancia reglamentaria que les impide hablar con libertad, me pareció que España era superior en la oratoria á la España periodista ó escritora. Y eso es muy natural, puesto que allí todo el mundo tiene en el café una tribuna, donde entre taza y taza de chocolate se producen excelentes cosas espontáneamente. En lo general, los discursos de los diputados tenian una fuerte dósis de personalidad, vicio que proviene de la organizacion artificial y contrahecha que tienen los partidos. Tambien noté sobrada abundancia de palabras y repeticiones aún en el afamado Olózaga y el brillante Aparici; pero ese defecto no solo proviene del mal giro de la política española, sino tambien de la natural ampulosidad de la lengua castellana, de la cual se abusa mas cuando, por falta de libertad en el discurso, se tienen que sacrificar las ideas á las formas.
El mariscal O'Donnell, jefe del gobierno, se ponia furioso cuando le contradecian los oradores de la oposicion, sin saberse sujetar á las buenas reglas parlamentarias. Es que; bajo todas las latitudes, los hombres de sable se creen siempre en el cuartel, cualquiera que sea su posicion. Cuando parecen hacer un argumento, en realidad no tienen la intencion sino de decir á la asamblea que los escucha: Armas al hombro y paso redoblado!