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MADRID POLÍTICO Y SOCIAL.

La Corte y la nobleza.—La juventud española.—Escenas matinales.—Las calles de Madrid.—El Prado.—El teatro español.—El café público en España.—Tendencias sociales.

No pretendo en manera alguna centralizar la sociedad española, bajo todas sus faces, en Madrid. Como he dicho, hay en España cuatro Españas distintas, que tienden á confundirse, que se van mezclando fuertemente y que no muy tarde formarán una sola. Pero Madrid, aunque no representa principalmente sino la España castellana, es, como centro político, un espejo fiel de la vida general de la nacion española. Lo que sucede en Madrid, en lo político y social, so repite en las demas grandes ciudades españolas, con mas ó ménos vigor segun las costumbres características de cada provincia.

Si la Corte es un elemento de estudio para el viajero en España, por sus especialidades, la sociedad de Madrid no deba observarse, para apreciar sus cualidades y sus defectos, sino en el Prado, en los teatros, la plaza de toros, los hoteles ó fondas, los cafés, las calles y las reuniones públicas y privadas. En cuánto á Madrid político, hay que buscarlo en las Cámaras, en el periodismo, los tribunales, las juntas anónimas, el Ateneo, y sobre todo los cafés. El que juzgase á los Españoles por lo que escriben ó peroran en público y solemnemente, formaría opiniones muy erróneas. Para conocer el tipo del Español, como ciudadano, hay que oirle hablar en el café, donde se revela libremente tal cual es. La mesa del café público es la verdadera tribuna del Español.

La prensa en España está amordazada y generalmente prostituida en el periodismo, como sucede con todo elemento de civilizacion que se degrada cuando lo comprimen ó guian artificialmente. Pero los Españoles se desquitan de palabra de la esclavitud que les han impuesto en la prensa. No hay un país en Europa, inclusive Inglaterra, donde se hable con mas libertad que en España, en los recintos que no tienen carácter oficial ó político. Y puede decirse que donde realmente se discuten en ese país los asuntos políticos es en los cafés, las mesas redondas de los hoteles y los casinos ó círculos privados.

Hablemos primero de la Corte y despues de los Españoles. Pero no hay que confundir a la Corte y los cortesanos con la aristocracia. Talvez la mayor parte de los verdaderos cortesanos no pertenece a la aristocracia, la cual, en España, si vale mucho menos intelectualmente que la de Inglaterra y Francia, tiene mejores cualidades morales.

Ese orgullo insolente de los nobles de otros paises no se conoce en España. Su aristocracia moderna, la que se ha formado por su accion en la política, en la literatura ó en la guerra, es muy reducida, y no ostenta sus títulos (único distintivo), sino que se confunde con las demas clases sociales en todas las relaciones. La aristocracia antigua ó tradicional gusta, en lo general, de ostentar sus títulos en grandes escudos de armas y blasones, en ruidosas denominaciones y en otras exterioridades. Pero en realidad, esas demostraciones no revelan una infatuacion personal sino un alto orgullo de familia, sentimiento piadoso y patriótico en el fondo; puesto que consiste en el culto á las glorias de sus antepasados y á las tradiciones de la independencia y de las grandes proezas de la España antigua.

Creo muy sinceramente que la aristocracia de títulos ó hereditaria, no tiene de malo sino los privilegios y las desigualdades inicuas en que generalmente se apoya. Pero reducida á títulos, sin prerogativas injustas, es meramente ridícula, y por tanto inofensiva, ó racional en cuanto se funde en la conservacion incólume del honor, de la gloria y del respeto hácia los progenitores, y entónces puede ser un estímulo hasta cierto punto. Con todo, no vale la pena una aristocracia inofensiva ó puramente titular de hacer tanto ruido y de empeñarse en conservarla legalmente. Mejor sería que su valor se estableciese por la opinion fundada en la libertad.

Como quiera que sea, la aristocracia española es realmente un pergamino viviente. Sin mayorazgos ni privilegios ante la justicia, su poder es nulo; y como no ha procurado adquirir influencia moral por medio de las letras, la tribuna, etc., cada dia se hace mas insignificante, reducida á muchos blasones y algunos doblones. Los nobles de España son, de resto, los mas demócratas (si los puede haber) de cuantos se conocen en el mundo. Ni piden limosna, como los de Italia; ni dan látigo, como los de Rusia; ni se hacen caballeros de industria, como tantos en Francia; ni viven á estilo feudal, como los de Alemania; ni viajan como los de Inglaterra con orgullosas ínfulas. Confundidos frecuentemente con el comun de la sociedad, se les ve en la mesa redonda del hotel, en el corrillo de la calle ó del café, en al parterre del teatro ó en la diligencia de viaje, muy contentos de alternar familiarmente con todo el mundo. Ví en los cafés á muchos nobles discutiendo afectuosamente con estudiantes y periodistas, y siempre mostrándose tolerantes.