* * * * *
CAPITULO III.
* * * * *
ARANJUEZ.
Un paseo popular.—Mi compañero.—El valle de Aranjuez.—Un grupo de periodistas.—Una corrida de toros.—El monte en ferrocarril.
La visita de los Reales sitios es un asunto de interes para todos los extranjeros. Yo me prometia visitar mas tarde el Escorial y la Granja; pero no creia que el Pardo y otras propiedades de la familia reinante, contiguas á Madrid, mereciesen un estudio particular. Aranjuez me pareció exigir la preferencia, tanto mas cuanto que, habiendo pasado por allí en un tren del ferrocarril, sentia el atractivo que ejerce sobre los curiosos aquel oásis encantador. Por otra parte, se habia anunciado una gran corrida de toros en la plaza de aquella pequeña ciudad, y yo deseaba vivamente conocer este espectáculo singular y típico, que tanto difiere de los juegos de toros en Hispano-Colombia. Verdad es que ni el Tato, ni Cuchares, ni otro de los príncipes de la tauromáquia debian trabajar en Aranjuez; pero estaba anunciado como rey de la fiesta un tal Pepete, espada de segundo órden no sin alguna reputacion.
Millares de personas de todas condiciones estaban agrupadas en la estacion del ferrocarril para ir á la corrida. Todo contribuia á seducir á los madrileños: los toros, los mil primores del Real sitio, el placer casi fantástico que produce el vuelo en ferrocarril, y aún la novedad de convertir á Aranjuez en el Versalles de Madrid. Los trenes se sucedian y los asientos no alcanzaban. Para lograr wagones de primera clase tuvimos que organizar una cotizacion entre diez y seis viajeros, so pena de pasar ratos bien amargos en los coches de segunda y tercera. Confieso que lo sentí, porque deseaba aprovechar mi oscuridad en España para deslizarme entre la plebe, aceptando todo contratiempo, á cambio de conocer un poco la índole de las clases llamadas inferiores. Pero yo acompañaba á un distinguido literato español, el cual á fuer de Español, era muy galante; y como él habia visto una espléndida madrileña de ojos azules y cabeza rubia, capaz de seducir al mas cuerdo, era preciso dejarse llevar á remolque.
Aquella circunstancia me hizo confirmar una vez mas la inexactitud fisiológica de la famosa regla: similia similibus… que es tambien un principio de química. Acaso haya verdad en eso, en algunas situaciones; pero en lo general no he visto sino contrastes en la misteriosa química de los afectos. Mi compañero era un catalan de sangre pura y demócrata de ribete; mientras que la hada del wagon en que íbamos era una rubia de fisonomía británica, é hija nada ménos que de un escritor absolutista á puño cerrado.
La conversacion se entabló con exquisita cordialidad como entre viejos amigos. Así es siempre en España, sobre todo en los lugares públicos. Debo decir con placer que no tengo sino gratos recuerdos de los numerosísimos amigos de café, de teatro, de wagon, de diligencia, etc., que coseché en España; amigos de una hora, anónimos, que se pierden para siempre un instante despues, pero que dejan buenos recuerdos por la amabilidad obsequiosa de sus maneras y la buena voluntad con que le dan al viajero, cuantos informes solicita.
En honor de mi compañero de paseo y para hacer justicia á su elocuencia, debo recordar una circunstancia. Poco despues de la partida del tren, cuando la conversacion andaba por los desfiladeros de la galantería disimulada, la señorita rubia, como una reina que abdica su corona por capricho, declaró que detestaba el matrimonio y no se casaría nunca; y eso, no por odio á los hombres, sino…. (¡Cosa rara en la hija de un absolutista!) por amor á la libertad. El poeta catalán batió la brecha con calor. Cuando descendimos del wagon en Aranjuez, la hermosa rebelde estaba convertida…ó parecia estarlo; pero el poeta predicador no habia dado ni un solo paso fuera del camino de las galanterías. El mismo dia les predicó en mis barbas el mismo sermon á otras tres ó cuatro empedernidas del momento, con una admirable fogosidad de galantería.