El opulento valle de Aranjuez, formado por el levantamiento de algunas colinas en la gran planicie que tiene al Tajo por centro hidrográfico, recoge las aguas de este rio así como las del Jarama, cuya confluencia se verifica á poca distancia de la ciudad de Aranjuez, que está á 49 kilómetros de Madrid. No sin razon se puede llamar á ese valle el huerto de Madrid, pues se distingue por la abundancia y excelencia de sus frutas y hortalizas. En España la tierra clásica de las fresas y los espárragos es Aranjuez. Su industria es muy reducida, y su agricultura de poquísima importancia, si se ha de juzgar por las escasas viñas y los diminutos olivares de algunas colinas del contorno. Lo mejor de Aranjuez está en sus bosques, sus jardines, sus palacios y sus crias, todo lo cual pertenece al «patrimonio real».

La poblacion es apénas de poco mas de 5,000 habitantes, guarismo que suele duplicarse durante la primavera por la invasion de los que buscan las delicias del campo. Ciudad nueva y cortesana, Aranjuez se distingue por la capacidad de sus casas, y sus calles anchísimas tiradas á cordel y cortadas en ángulos rectos. Es entre la ciudad y el Tajo que se extiende lo mas espléndido de los jardines y parques del Real-sitio.

En un hotel-restaurador nos encontramos con cuatro periodistas y un jóven del mundo que habia comenzado su carrera en la diplomacia: galante, gastador, rumboso y «cansado de la vida» á los veintidós años apénas…. Era curioso ver la franca cordialidad que reinaba entre tantos escritores allí reunidos. Mi compañero redactaba un periódico progresista-demócrata; dos de los otros eran redactores de un diario moderado de oposicion; dos mas lo eran de uno ministerial; el jóven fatigado de la vida (pagano en tipografía) era absolutista; y para completar el contraste yo figuraba allí como republicano de Colombia y colaborador de los órganos de la democracia en Madrid.

La mas completa armonía reinó entre nosotros. Sea que el pueblo español haya sido calumniado en eso de la intolerancia política; sea que la vida constitucional le haya mejorado mucho; sea, en fin, que los periodistas constituyan donde quiera una raza aparte, lo cierto es que en España he hallado entre los escritores una singular cordialidad en las relaciones personales. En los cafés, los teatros, etc., se ve fraternizar á los hombres (los jóvenes sobre todo) que se hacen la guerra mas cruda por medio de la prensa y en todos los terrenos ardientes de la política.

El tiempo nos faltaba absolutamente para visitar las maravillas artísticas de la Casa del Labrador, de los jardines privados y de todo lo que hay admirable en ese museo de verdura, de piedra, de mármoles, de aguas saltadoras y de flores, que se llama el "Real sitio" (dividido en dos grandes porciones—la del Príncipe y la de la Isla), que contiene cuanto hay de mas precioso en el arte nacional, de mas bello y opulento en la vegetacion española y aún en la exótica. Yo recorria embelesado, con suprema delicia, algunas de las alamedas anchurosas, llenas de sombra, de perfume y de amor, que dan acceso á los grandiosos parques, los tupidos bosquecillos, los preciosos jardines, las plazoletas rústicas de verde alfombra y ricos pabellones flotantes de variados colores, las caprichosas isletas, las bellas ensenadas, los lagos en miniatura, las cascadas bulliciosas, los pintorescos puentes y los mil primores que el arte ha aglomerado allí, aprovechando la asombrosa fertilidad del suelo y las aguas del perezoso Tajo. ¡Cuántas veces al pasar bajo las inmensas cúpulas formadas por los olmos estupendos, los sicomoros, los fresnos de tinta oscura y menudas hojas, las encinas y hayas y otros árboles europeos, alcanzé á ver algunas familias colombianas, acogidas en el seno de la madre patria como testimonios de fraternldad! Hablo de las lianas enormes, las lujosas parásitas y muchos árboles y arbustos del Nuevo Mundo, que yo habia saludado en los dias de la juventud, errante cazador, entre las selvas seculares de mi dulce patria. A veces me parecia que esos séres trasplantados de Colombia hacian temblar sus festones flotantes, no al soplo de las brisas españolas, sino bajo la presion de una conmocion secreta, al ver pasar á un compatriota! Acaso ellos me decian, en su lenguaje de rumores misteriosos que el hombre no comprende: «Te reconocemos….»

El contraste mas vigoroso me aguardaba en la plaza de toros. A la escena suntuosa de la naturaleza, llena de vida, de majestad, de misterio y de recuerdos de amor, iba á suceder una escena terrible de ruido, de pasion frenética y de muerte…. En vez de la poesía de Dios y de la contemplacion deliciosa, la extravagante poesía del heroismo salvaje! Eran las cuatro y media de la tarde, y ya la plaza de toros, situada hácia el extremo sur de Aranjuez, estaba colmada de espectadores. Todas las clases sociales se habian aglomerado allí, pero por capas ó de piso en piso, segun los recursos pecuniarios. Los puestos, los palcos y lunetas, á pesar de su incomodidad y su grosera estructura, cuestan en lo general, en las plazas de toros, respectivamente lo mismo que en los teatros. Es increible el interes que el espectáculo despierta, dando lugar á la ventajosa especulacion que hacen los revendedores de billetes. Frecuentemente su ganancia es de cincuenta por ciento, y á veces muy superior, cuando el primer Espada ó Matador es alguna de las grandes notabilidades del arte, príncipes de la carnicería heróica.

No pretendo hacer una descripcion completa de las corridas de toros. No hay viajero ni escritor de costumbres eminente que no haya ostentado en ese asunto su habilidad descriptiva: por lo mismo si yo tratase de imitarlos, ó mi descripcion sería pálida y mediocre, ó para interesar mucho tendría que ser plagiario. Asi, me limitaré á las observaciones que se refieren á los rasgos mas salientes y vigorosos de aquel drama original.

En Colombia, gracias á Dios, los toros no son una institucion permanente. Cada año, con motivo de la fiesta del santo-patrono, ó del aniversario de la independencia, hay regocijos publicos, esencialmente democráticos, que duran de tres á ocho dias. Durante ese tiempo, ninguno en la ciudad y el pueblo tiene otra ocupacion que la de divertirse, excepto los que especulan con la diversion, que se divierten y hacen negocio al mismo tiempo. Allí, las fiestas son un conjunto curiosísimo de corridas de toros, bailes, paseos, representaciones dramáticas, rifas y juegos, canciones patrióticas, banquetes y meriendas, conciertos, exhibiciones, peroratas, etc., etc. Pero todo es popular y público, todo es gratúito, pasajero, y como todo lo pasajero original, vehemente y febril. Pasan las fiestas, se arranca la última estaca de las barreras y los balcones improvisados de la plaza de toros, y no queda rastro alguno de la ruidosa y variadísima escena. Hasta el año siguiente, en la misma época, no se vuelve á pensar en el asunto. Ademas, no ha habido víctimas torunas ni caballunas en la plaza, y es raro que se cuenten hombres muertos ó heridos de gravedad, apesar del desórden que preside á las corridas y de los prodigios del aguardiente, la chicha y otros licores que corren á torrentes por millares de gargantas.

En España los toros constituyen un drama crónico. Cada ciudad tiene su plaza permanente, especie de circo de gladiadores heterogéneos (unos cornudos y otros sin cuernos), y la estacion de las corridas dura desde el principio casi de la primavera hasta el fin del otoño. El invierno dispersa á los toreros y da treguas á los caballos viejos y los toros. Las capitales clásicas de la tauromáquia son Madrid, Sevilla, Valencia y Barcelona. Es allí donde se conservan los mas espléndidos circos y adonde afluyen, en busca de aplausos, dinero y aventuras galantes, los mas célebres espadas, los mas guapos picadores y los mas ágiles capeadores.

Tocóme por fortuna una luneta que dominaba precisamente el toril, que es la «capilla» de aquellos bandidos de las llanuras y las ásperas lomas, de gruesa cornamenta, poderosa nuca y contextura de fierro, condenados á sucumbir en un combate desigual y terrible. Nada mas eléctrico para la inmensa turba aglomerada en el anfiteatro circular y los balcones de la plaza, que la voz aguda y bélica de los clarines que ordenan y anuncian la salida de un toro á la sangrienta liza. Una conmocion simultánea agita á todos los espectadores y un rumor que revela ansiedad y curiosidad al mismo tiempo, circula en el ámbito de aquel grandioso matadero.