Si el toro al salir da un salto gigantesco y parte como un rayo sobre los objetos que se le presentan, unánimes aplausos lo acogen y estimulan; su popularidad es inmensa y todos los espectadores son de su partido. ¿Qué tiene eso de extraño, si hay en el mundo tantos animales aplaudidos y populares? Si el toro, al contrario, se muestra cobarde ó sorprendido al salir, la rechifla popular lo abruma, la opinion lo condena y todo el mundo lo insulta y apostrofa con los mas ultrajantes epítetos, prestados á veces á la política. Así, el toro es un personaje que apasiona hasta el frenesí, y da lugar á un juego de epigramas que tienen frecuentemente su aplicacion á los sucesos notables de la situacion. El primer momento decide, pues, de la reputacion y de la suerte del toro, sin que le valgan para rehabilitarse en la opinion sus actos de valor, si ha comenzado por tener sorpresa ó miedo. Así es la suerte de los hombres tambien.

Si el toro sale de ley se le respeta, se le trata con dignidad, porque no se apela al insulto supremo de las banderillas. Se le ataca, se le capea en regla, y se le da muerte en singular combate, á manos del primer espada, como á un caballero de los tiempos heróicos. Pero si es cobarde, la gavilla de toreros lo acosa con brutalidad, lo vilipendia con las banderillas, lo atonta con los capeos grotescos, lo hala de la cola, lo acogota y aniquila como á un ladron vulgar y despreciable. Para el guapo la espada; para el cobarde la punta del innoble cachete.

La tumultuosa escena de la plaza de toros requiere muchos dias de observacion para poder apreciar todos los pormenores. No tuve valor, lo confieso, para contemplar esa carnicería mas de una vez. Por eso tengo que reducirme á lo mas notable del conjunto. Allí llaman la atencion simultáneamente los actores del drama y los espectadores. Entre los primeros, el Espada es el primer galan, el segundo espada su protagonista; el toro es el gran barba terrible; los picadores son los auxiliares de la trama, y los capeadores y ayudantes de toda clase constituyen la lucida falange de comparsas. Francamente, el toro, defendiéndose de cien enemigos, me pareció el personaje mas bello, mas digno de admiracion y de interes. Sus enemigos me parecieron mas atrevidos, pero mas estúpidos que cada toro. Todos ellos, á cual mejor, se distinguen por la originalidad, el lujo ó lo pintoresco del vestido. Pero sus papeles son muy desiguales. El Espada representa lo sublime de la barbarie; el Picador, la perfeccion de la bestialidad; el Capeador ó simple torero, la simple union del atrevimiento, la agilidad y la gracia.

El capeador, muy elegantemente ataviado (estilo majo) se reduce á provocar al toro, sacarle lances, conducirlo al lugar del combate decisivo y divertir. Es el cortesano del Espada, su auxiliar, su lacayo pedestre. El picador, caballero en un esqueleto de caballo mas bien que un caballo, con las piernas aforradas en tablillas de fierro y pantalones de ante muy fuerte, y provisto de una larga púa, se presenta delante del toro, lo busca, lo acosa, lo pica sin piedad ni miedo, y aguarda como un autómata el tremendo golpe de la fiera irritada. Como el escombro de caballo en que anda tiene los ojos vendados y no puede defenderse, por falta de fuerza y agilidad, cuando la púa del picador no resiste para contener el empuje del toro, este se aboca sobre el miserable rocin, le hunde las hastas aguzadas en el pecho y el vientre, lo despedaza y lo lanza á algunos pasos de distancia; quedando el picador tendido en el suelo, sin defensa, bajo la sangrienta y confusa mole del caballo y el toro. Este, mas generoso que el hombre, se retira y busca á otro enemigo; rara vez se ceba en una víctima. Ademas, al caer un picador todos los toreros acuden á salvarle, y el caido es levantado como una estatua, porque sus piernas, entablilladas como están, no tienen movimiento. Al punto le sacuden, y si el caballo no ha muerto lo hacen enderezar para que el picador monte otra vez.

Cuando ese lance se ha repetido tres ó cuatro ó mas ocasiones, el espectáculo es tan odioso como inmundo. Unos cuantos hombres, manchados de sangre y empolvados, se agitan como demonios, con la tenacidad de la petulancia, sobre cadáveres ambulantes que arrastran ó sacuden en un movimiento de agonía todos los intestinos que las astas de la fiera han destrozado y hecho brotar por anchas heridas…. Ví caballos que fueron martirizados en esa situacion durante una hora!

Llega el momento del sacrificio del toro, y los clarines lo anuncian con un toque fúnebre que hace pasar por los nervios y la sangre un hondo calofrío de terror y compasion. El Espada, rey de la escena, no entra en accion sino para dar muerte al toro. Brinda la suerte á un personaje, escoge un sitio, tantea su arma, recoge su lujosa capa carmesí, arroja al viento su cachucha, se aprieta el moño postizo y aguarda con serenidad á que la fiera, conducida con maña por los cortesanos, venga á aceptar el combate mortal…. El lujo brillante y la singularidad de su vestido, la altivez de su andar y la terrible especialidad de sus funciones, las mas peligrosas, hacen del Espada, á los ojos de los Españoles, un héroe, un semidios de la muerte, una especie de artista sanguinario, si se me permite la violencia herética de la expresion!… Todas las miradas le contemplan, le devoran y le siguen sus movimientos con agitacion febril.

El toro llega y, como presintiendo la inminencia del peligro, rehusa en el primer momento el ataque formal. Acaso adivina luego que si no muere heróicamente ó si no mata, le aguarda la pena infamante del cachete. Acepta la espada, mide á su enemigo con una mirada de fuego, le apostrofa con un espumante resoplido, irgue un instante la formidable nuca, escarba la arena con suprema desesperacion y coraje, y embiste como un huracan…. El Espada se defiende con tres ó cuatro lances, casi inmóbil, y la fiera, como deseando poner fin á su lucha y su martirio, vuelve sobre el flanco de su antagonista, agacha la cabeza, surge como un relámpago de acero, estalla un inmenso grito de millares de bocas, suenan los clarines, y se ve, al disiparse la polvareda, la gran mole de un cadáver oscuro, como un peñasco, al pié de un hombre que saca su espada de entre el corazón y los lomos de la víctima, y la limpia tranquilamente contra la tosca piel del palpitante escombro….

Renuncio á describir las mil manifestaciones frenéticas que constituyen la ovación del triunfador salvaje; como renuncio á pintar el sereno orgullo de aquel bello demonio, de aquel majo que reune en su persona, para las mujeres de cierta condición, el ideal del valor y la galantería. ¡Ay del Espada si la suerte le es adversa! La rechifla le abruma, si, salvo, manca la estocada del modo indispensable. Aquel día hubo seis toros en campaña: tres fueron muertos guapamente, de un golpe instantáneo como el rayo, por un Espada de garbosa figura y negras y grandes patillas, llamado por sobrenombre Pepete. Los otros tres, acribillados á estocadas inhábiles por un Espada llamado Lilo (si mal no recuerdo), murieron bajo los golpes de ese atroz clavo ó puñal que llaman el cachete. Lilo fue silbado sin misericordia, no obstante la buena reputación de que gozaba.

Cuando el toro sucumbe, se presenta un episodio que armoniza con los combates mismos. En medio de la gritería que aturde, á causa de la ovacion ó de la rechifla, segun el caso, aparecen tantas parejas de mulas bravías cuantos cadáveres hay en la plaza. Aquel dia conté en las seis corridas quince caballos muertos ademas de los seis toros. Las parejas de mulas, curiosamente enjaezadas, entran, dirigidas cada una por dos mozos de uniforme especial, al trote solamente. Un travesaño pendiente de las correas del tiro, con garfios de fierro, agarra el cadáver de un animal, casi hecho trizas; los látigos traquean, y las mulas parten á escape, como demonios frenéticos, saltando, tirando coces y bufando, estimuladas á golpes. Todo aquel peloton de animales de tres especies—unos de dos piés, otros de cuatro que brincan y los demas cadáveres—sale por una gran puerta, y apenas acaban de cerrarla cuando se abre la del toril para recomenzar la matanza….

Es en la plaza de toros donde el pueblo español ofrece mas caprichos en su tipo moral. ¡Singular fenómeno! ese pueblo no tiene nada de inhumano en el fondo, ni ama las iniquidades sangrientas; y sin embargo no siente la mas leve impresion de disgusto al ver tantos actos de tortura, tantos vientres destrozados y tantos cadáveres! La emocion de las peripecias y el interes de la escena, en cuanto revela valor, habilidad y peligros, le arrebatan la conciencia de lo que aquello tiene de bárbaro y atroz. Se olvida la muerte, porque al lado de ella se ve al hombre que arriesga la vida por galantería y amor á la gloría (á su modo), se ostenta una habilidad artística especial y terrible, y hasta se satisface el orgullo nacional con la superioridad de los toros españoles, corpulentos y fieros…. El pueblo español revela allí graves defectos de educacion, pero muestra tambien grandes virtudes de carácter, aunque mal dirigidas y aplicadas. Sus defectos no son mas que la exageracion de sus cualidades.