De Honda para abajo, siguiendo el curso del Magdalena, la escena cambia enteramente. El rio, como para revelar mejor el carácter salvaje de la región que le rodea, se hace mas perezoso en su marcha, y léjos de profundizar su cauce, se bifurca en multitud de brazos, se ensancha á veces como un pequeño mar interior, escondiendo sus aguas entre el follaje de las selvas seculares; levanta en su camino un enjambre de islotes pintorescos; y haciéndose mas ingrato por la abundancia de sus insectos venenosos, la ferocidad de sus terribles caimanes, la ardentía de sus playas calcinadas por un sol devorador, y la absoluta soledad de sus vueltas y revueltas, sus ciénegas y barrancos de salvaje tristeza, revela que allí no ha fundado el hombre su poder, que la humanidad no ha tenido todavía valor para entrar en lucha con esa emperatriz de los desiertos que se llama Naturaleza!
Tal es la región que yo debía atravesar, siguiendo la corriente del
Magdalena, al darle mi adiós á la tierra natal.
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El Champan se apartó de la playa, los remos se agitaron al compas de los gritos salvajes de los bogas, y pocos minutos despues, al torcer su curso el Magdalena por entre monstruosos peñascales, se perdieron de vista los últimos penachos de los cocoteros que indicaban el sitio de la Bodega. El hombre desapareció para ceder el campo exclusivamente á la vegetacion.
Gigantesca siempre, variada al principio, encantaba donde quiera, presentando las mas hermosas vistas sobre los altos peñascos de la orilla, ó en los pabellones de lujosa verdura que venian á extender sus flotantes encajes de parásitas y enredaderas sobre la playa misma, á donde sale á calentarse, en lechos de arena calcinada, el temible y monstruoso caiman, terror de los habitadores de las ondas. Ya se ven bosques enteros de cedros seculares cubriendo con su oscura sombra las quiebras de una ladera trastornada por las conmociones de la naturaleza; ya los grupos de altísimas palmeras forman pabellones donde se columpian bandadas de papagayos primorosos; ya sobre la barranca arcillosa de rojos estratos compuestos de capas desiguales, se levanta un grupo de gigantescas guaduas (bambús), que, entretejidas por mil delgados bejuquillos cubiertos de flores, lanzan sus plumajes flexibles sobre las ondas del rio, como abanicos abiertos por el viento, donde una hada de los bosques ha trazado sobre el fondo verde los mas caprichosos arabescos y mosaicos.
Por todas partes lujo y exuberancia de vegetacion, riqueza de contrastes y variedad de formas y colores en la naturaleza; pero ausencia absoluta de poblacion y de cultivo. Si todavía se notan inflexiones en el terreno, es porque no han terminado aún las ramificaciones que las dos cordilleras principales de los Andes—oriental y central—arrojan sobre el Magdalena en diferentes direcciones. Después las serranías desaparecen, las selvas forman horizonte, y el ojo del viajero, fatigado y triste, no ve mas que el desierto interminable.
A nueve ó diez kilómetros de Honda desemboca, sobre la izquierda, un pequeño y clarísimo rio, el Guarínó, despues de haber fecundado la mas preciosa llanura que puede imaginarse,—pampa feraz, de variadas gramíneas y cubierta de inmensos bosques de palmeras de todas clases y de gigantescos caracolíes, á cuya sombra se pasean en numerosas tribus los zainos y tapiros, perseguidos por el terrible jaguar, mientras que en las altas almenas de los árboles forman innumerables pájaros sus conciertos aéreos y siempre sorprendentes.
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Despues de cinco horas de navegacion, el champan se atracó al costado del vapor Bogotá, anclado en el puerto de la bodega de Conejo. El paisaje, visto de léjos, no podía ser mas primoroso.
Sobre la alta barranca, tapizada de grama verde y suave, en toda su extension, grupos de chozas rústicas de habitacion de bogas y pobres agricultores del desierto; en el centro el inmenso edificio de la Bodega, de techumbre pajiza y de un solo piso, y detras y en medio de las casas un bosque admirable, en cuyo fondo de un verde de diversas tintas contrastaban la hermosa melena del cocotero sobre el esbelto mástil, las palmas ensortijadas de las guaduas colosales, el redondo follaje del mango y el mamey, y la corpulenta ramazon del cedro y el caracolí, esos soberanos suntuosos de los desiertos selváticos de Colombia.