Y al pié de esas ricas arboledas y de esas chozas llenas de colorido local, los grupos animados de viajeros y bogas, tan discordantes y variados, y formando un contraste tan curioso como el que hacian el vapor Bogotá y los champanes y las casas indígenas. De un lado el lujo de la naturaleza, indomable y grandiosa, perfumada y llena de misterio; del otro el lujo de la civilizacion, de la ciencia, y la ostentacion de la fuerza vencedora del hombre. Allá el hombre primitivo, tosco, brutal, indolente, semi-salvaje y retostado por el sol tropical, es decir el boga colombiano,—con toda su insolencia, con su fanatismo estúpido, su cobarde petulancia, su indolencia increíble y su cinismo de lenguaje, hijos mas bien de la ignorancia que de la corrupcion; y mas acá el europeo, activo, inteligente, blanco y elegante, muchas veces rubio, con su mirada penetrante y poética, su lenguaje vibrante y rápido, su elevacion de espíritu, sus formas siempre distinguidas.
De un lado el pesado champan, barca toldada de palmas secas, de 20 á 50 metros de longitud y dos ó tres de anchura—especie de choza flotante,—y montado por multitud de bogas que gritan atrozmente y parecen una legion de salvajes del desierto; ó bien la miserable ramada indígena, expuesta á la cólera de los vientos, las invasiones de los reptiles y las fieras, ó los chubascos de las tempestades de invierno, con un menaje tan extravagante como pobre, y abrigando familias de salvaje fisonomía, fruto del cruzamiento de dos ó tres razas diferentes, y para las cuales el cristianismo es una mezcla informe de impiedad é idolatría, la ley un embrollo incomprensible, la civilizacion una niebla espesa, y lo porvenir como lo presente y lo pasado se confunden en una igual situacion de sopor, indolencia y brutalidad!
Y al pié de esas barracas que dan amparo á una vida de transicion, que se acerca mas á la barbarie todavía que al progreso, se levantaban la chimenea, el pabellon y los mástiles y costados pintorescos del vapor Bogotá para protestar contra la barbarie, y probar que aún en medio de las soledades y del misterio sublime de una naturaleza imponderable por su fuerza, el hombre va á fundar su soberanía universal, haciendo triunfar en todas partes la fuerza del espíritu sobre el poder de la materia. ¡Qué bien contrastaban en el puerto de Conejo la chimenea del vapor, soltando sus bocanadas de humo espeso y arrebatado por al viento de las selvas, con el mástil delgado, altísimo y secular del cocotero, en cuya cima se columpiaba al soplo de ese mismo viento el pabellón de palmas ensortijadas y flexibles. El cocotero, sembrado desde el tiempo de la colonia, seguía vegetando; pero el vapor, hijo de la república é instrumento de la libertad, venia á envolverlo entre sus cortinas de humo, saludándole con los silbidos de la locomotiva.
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La noche ofreció una escena admirable, como para aumentar los incidentes del contraste. En el vapor Bogotá nos habíamos reunido personas de paises muy distintos. El capitán era un bravo Genoves, republicano, franco, sencillo y de trato cordial, y entre los pasajeros había no solo unos cuantos Granadinos, sino Ingleses, Franceses y Alemanes. La cordialidad se estableció pronto, como sucede siempre en todo viaje, y un Irlandés de 62 años, grande como una torre, alegre como un muchacho, bebedor de primer orden, como era de su deber para honrar su nacionalidad, y burlon y retozon como todos los Irlandeses (salvo los que son serios), introdujo un delicioso desórden sobre cubierta. Cantó, bailó solo, tocó violin y tambor (instrumentos que según entiendo no están ligados por una íntima fraternidad), y acabó por comunicarnos á todos su excelente humor. Pocos momentos después la vecina selva resonaba con el ardiente coro de todos los pasajeros cantando (cada cual en el tono en que podio) ya la Marsellesa, ese himno sublime de guerra y libertad, ya el God save the Queen los Ingleses, ya las canciones mas ó menos populares de Nueva Granada, de Alemania y de Irlanda. Una hora después de esos cantos de la civilización, y cuando todos reposábamos en nuestras hamacas, en medio de las sombras y el silencio, un himno enteramente diferente, salvaje y de una melancolía llena de misterio, de grandeza y de ruda poesía, estalló de repente, sostenido por cincuenta voces roncas y pesadamente acompasadas, en medio de un bosque secular de la vecina playa. El asunto, la entonación, el estilo y el misterio de ese canto venían á contrastar admirablemente con las ardientes canciones que poco antes habian salido de entre los flancos del vapor Bogotá.
Aunque el espectáculo no me era desconocido, no pude resistir á la tentacion de contemplarlo de cerca. Así, salté de mi hamaca, convidé á dos amigos y me fui á tierra, tomando la direccion que nos indicaban el canto mismo y una luz rojiza que brillaba entre las sombras espesas de la selva. La playa estaba desierta y ni un solo boga dormía sobre las toldas de los champanes amarrados á una ancla de hierro y algunos gruesos troncos. Despues de andar por un trayecto de doscientos metros, por enmedio de las arboledas, descubrimos un espectáculo en extremo interesante.
Bajo el follaje de un enorme cedro, en una área limpia y arenosa, había una grande hoguera alimentada con troncos gruesos, ramas resinosas y grandes trozos de un ámbar amarillo, subalterno, que abunda mucho en aquellas selvas interminables. La llamarada era espléndida, el perfume riquísimo, y las sombras que proyectaban los arboles hadan juego con la luz de un modo admirable. Al derredor de la hoguera estaban arrodilladas en confusión como cincuenta personas,—hombres y mujeres, viejos y muchachos, habitantes del lugar y bogas,—y todos á un tiempo con una voz ronca y acompasada, pero excesivamente expresiva por su acento, cantaban un himno mortuorio!… Era el novenario de un vecino que habia muerto tres dias antes, y cuyo cuerpo estaba sepultado á poca distancia de allí.
La canción era un conjunto de oraciones en verso, extravagantes, compuestas por los bogas y usadas siempre en todo novenario; y el estribillo, tan incomprensible en su lenguaje como enérgico en su entonación, se componía de una especie de cuarteta de versos de seis silabas. Tres hombres cantaban primero una estrofa; todos respondían con el estribillo, y luego tres mujeres cantaban otra, y así sucesivamente.
Confieso que en aquella escena salvaje, pero llena del encanto de la fe y la piedad, encontré mas poesía y mas religión que en los cantos del vapor Bogotá. La entonacion era profunda y sombría, solemne apesar de su rústica armonía, y yo encontraba en esa escena una grande impresión y una enseñanza. La poesía es sin disputa la mas sublime de las manifestaciones del alma en sus relaciones con Dios, el hombre y la naturaleza.
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