Almuradiel, situada al lado setentrional, es la primera. Las otras seis, correspondientes á la alta Andalucía (provincia de Jaen) son: Santa-Elena, las Navas-de-Tolosa (célebre por la batalla que en 1212 ganó allí el rey Alfonso VIII contra el rey moro Aben-Mahomed), la Carolina (que recibió su nombre de Cárlos III), Carboneros, Aldea-del-Rio y Guarroman. La poblacion total de las seis colonias andaluzas asciende á 7,400 individuos, de los cuales 4,728 corresponden á Carolina. Nada mas interesante que el contraste de esas poblaciones y sus campos vecinos, con el aspecto del país que la vista registra en todas direcciones. El espectáculo es hermoso y suministra la prueba del poder del hombre para crear la riqueza, aún en medio de una naturaleza ingrata, cuando se tiene voluntad para luchar y vencer los obstáculos.

A derecha é izquierda los ojos no descubren sino cerros desnudos y tristes, contrafuertes formidables de la Sierra, destrozados, revueltos, tajados en sus inmensas moles graníticas, ó multiplicándose en laberintos de rígidas colinas y laderas. El panorama parece casi todo un océano de arrecifes, negros, pardos, grises, y a veces rojizos, como si antiquísimas conmociones volcánicas los hubiesen desparramado entre abismos. Al frente, á mas de 240 kilómetros de distancia, se ve la grandiosa Sierra-Nevada, corriendo de oriente á poniente, semejante en todo (ménos en sus nieves blanquísimas) á la Morena; y se alcanza á columbrar vagamente el sitio en que demora la morisca ciudad de Jaen, recostada al pié de uno de los prolongados contrafuertes de la estupenda y escarpada barrera. En el fondo se ve una vasta extension de terreno desigual surcado por el turbio Guadalquivir, donde alternan las colinas multiformes, las pequeñas planicies, los planos inclinados, las angostas llanuras entrecortadas por barrancos y los risueños vallecitos que forma el rio en sus vueltas y revueltas caprichosas, descendiendo por un cauce profundo y arcilloso, entre grandes y tajadas rocas graníticas en varios trechos.

Por último, si se mira mas cerca, retirando la vista de la faja tortuosa del Guadalquivir (á cuyas márgenes demoran Ubeda, Baeza y Andújar), se registra una serie de planos inclinados, colinas y fértiles cañadas de lujosa vegetacion y esmeradísimo cultivo, por donde gira la carretera en busca de Baylen. Por todas partes graciosos cortijos con vastas arboledas que orillan el camino ó deslindan las heredades; corrientes cristalinas y bulliciosas que parecen dejar con alegría las asperezas de la Sierra para ir de salto en salto á llevarle al Guadalquivir sus murmurios y sus perlas líquidas; extensos viñedos sobre las mas desnudas colinas y los cerros; innumerables plantaciones de hortalizas, cereales y semillas; considerables extensiones pobladas de hileras simétricas de olivos; árboles frutales á la vera de la ruta y en los alegres huertos; aquí un molino de olivas, allá unas vacas paciendo en el barbecho, cerca de la casita pintoresca; grupos de labradores sencillos y contentos, trabajando juntos hombres y mujeres, ancianos y niños; en todas partes verdura, aguas saltadoras, flores, un sol vivificante, sombras deliciosas, trabajo, actividad, robustez, vida, alegría y bienestar.

El viajero desciende con placer por aquellos planos inclinados, saludando á la Andalucía como una tierra de amor y prosperidad; y aunque se echa de ver que hay mucho aún que mejorar ó hacer, y que aquellas poblaciones están apénas en la infancia, se les perdona todo defecto en gracia de las cualidades que revelan. Cuando las razas han cumplido su mision, en sus épocas respectivas, segun la medida de su temple y su índole, necesitan, para no deteriorarse, de cruzamientos que las rejuvenezcan y les impriman nuevo aliento. La grande obra de la raza española en la civilizacion fué la conquista del Nuevo Mundo. Cumplida esa grandiosa y trascendental epopeya, el pueblo español ha debido buscar su fuerza y sus elementos de actividad en alianzas con otras familias de la humanidad, so pena de descender. Esta verdad se revela en España así en lo grande como en lo pequeño. Donde quiera que hay mezcla de razas,—en Cataluña, en Andalucía y las provincias vascongadas,—se ve la fuerza, la actividad, la vida; así como la debilidad y el estancamiento se manifiestan en las Castillas, Galicia y las Asturias, donde la raza se ha mantenido casi totalmente pura.

En las poblaciones de la Sierra-Morena hice, en pequeño, la misma observacion. Allí la sangre alemana se ha mezclado con la hispano-arábiga, resultando un conjunto de familias robustas, inteligentes, laboriosas, pacíficas y de hermoso tipo. Yo me complacia en mirar, de paso, los graciosos grupos de chiquillos, vestidos con bastante aseo, rosados, rubios, ligeros, saltando como pajarillos al derredor de la diligencia, en las calles principales de Carolina y las demas poblaciones, ofreciéndonos á los viajeros flores y frutas; en tanto que las abuelas y mamás, sentadas á las puertas de sus casas, nos miraban con una curiosidad benévola, sin suspender por eso las labores de mano ó el movimiento del huso infatigable. Allí no nos pidieron limosna, no obstante que en Andalucía, por causas que luego indicaré, hay también en las ciudades y villas gran número de mendigos.

Fuera ya de los contrafuertes de la Sierra y casi en el fondo del valle onduloso del Guadalquivir, demora la antigua villa de Baylen, sobre un plano inclinado, rodeada de altas colinas y en medio de vastos olivares que constituyen allí la principal riqueza. Baylen es un poblachon feo, desigual, sucio, de calles tortuosas (tipo español antiguo legítimo, pues data nada ménos que del año 729), con una poblacion de poco mas de 8,000 almas, algunas fábricas de objetos muy secundarios, una fuerte produccion de aceite (muy mal preparado, como casi todo el de España) y numerosos telares de lienzos comunes. Allí se almuerza mal, se come peor, el vino es malejo, y se desea seguir la marcha apriesa.

Muy cerca de la villa se extiende el campo desigual donde tuvieron lugar el 16 y 19 de julio de 1808 el combate y la famosa batalla de «Baylen», que fueron las bases de la independencia española en la lucha contra Napoleón. Si se tienen en cuenta la mediana capacidad militar del General Castaños, vencedor allí, la mala calidad de sus tropas, la enorme superioridad de las francesas, por su número, calidad y posicion en el campo de batalla, y las aptitudes del mariscal Dupont, que las mandaba, se hallará que acaso no ha carecido de fundamento la opinion de que la pérdida completa del ejército frances se debió á la traicion. Allí quedaron 40,000 franceses vencidos casi sin combatir: 3,000 muertos, 20,000 prisioneros, entre ellos siete generales, muchos miles dispersos, 45 cañones y todos los pertrechos en poder de Castaños.

Mis dos compañeros, como leales franceses, suspiraban al atravesar el campo de Baylen.

—No crea U.,—me decian ámbos con noble sinceridad,—que nos hace suspirar el recuerdo de la derrota; no. Es que Baylen no es para nosotros sino una página vergonzosa de la historia de Francia, manchada por una guerra inícua, de perfidia y usurpacion, empeñada contra un pueblo hermano, á despecho de la nacion francesa.

—Entónces no hay por qué recordar el suceso con pesar. Esa iniquidad no puede gravar la conciencia de la Francia revolucionaria; ella pesa sobre la memoria del déspota que, nacido de la revolucion, le volvió la espalda y oprimió al mundo con el peso de su espada.