—Es muy sencillo. Adoro a mi excelente mujer y ella es muy buena y me quiere mucho. Pero tenemos la desgracia de no poder dormir juntos. Apenas le doy las buenas noches y me nace un hijo mas. ¡Somos tan fecundos!… pero somos pobres, y el temor de los hijos nos condena á una especie de divorcio íntimo.

Aquel hombre sincero, al hablar con esa candidez, trazaba en cierto modo la historia del hogar del pueblo pobre…. ¿Hay drama del corazón tan sublime como el del amor que se defiende de sí mismo, luchando bajo formas diferentes? Confieso que Juan López me hizo meditar bastante.

Nada mas curioso que el renombrado Albaicin. Hacia las faldas de la colina alcanzan todavía las tortuosas calles de Granada, construidas á la luz del gol andaluz, mas ó menos caprichosas, mas o menos divergentes, según que corresponden al estilo morisco, tan gracioso y desigual, ó al español posterior a la conquista de Granada (si eso puede llamarse estilo) pesado, maciso y sin coordinación artistica ó completamente empírico. Pero en las cimas de la loma la estructura cambia: allí ningún techo se destaca en el horizonte, de tal manera que si se mirase por detras y de lejos esa loma, no se creería que hay en ella una población. Y sinembargo, allí viven como seiscientas familias que pudieran llamarse una población de armadillos humanos, Allí está la vida, pero la vida subterránea y entre harapos.

Imagínese una serie de calles sin empedrado, caracoleando en anfiteatro al derredor de una colina por tres de sus lados. Cada una de esas calles es como un callejón profundo entre dos filas de rocas y barrancos; y sobre cada lado ó fila se ven como bocas ó respiraderos de hornos que sueltan bocanadas de humo en medio de pobres jardincitos y plantaciones reducidas de alóes enanos, de tunales tupidos cuajados de flores amarillas y frutas de carmín entre espinas, y de habas y judías. Si la superficie desigual de la loma ofrece el contraste de aquellas tristes sementeras, que parecen vegetar sobre centenares de cráteres, á juzgar por las columnas de humo que salen de la tierra, la vida social no se revela sino al observar las puertecitas que dan sobre las calles, de las habitaciones cavadas en los barrancos cascajosos ó las rocas calizas. En realidad el hogar del Gitano se manifiesta por la entrada y la salida: la puerta, á flor de tierra, en la calle, y la chimenea, á flor de tierra también, sobre los barrancos.

Cada una de esas cuevas es habitada por una familia y se compone generalmente de cuatro piezas: algunas solo tienen tres; otras cuentan hasta seis. Solo visité con mis compañeros unas cinco, al acaso, entrando en cada callejón á la primera quo se nos ofrecía. Una puertecita angosta, de unos 160 centímetros de altura, está ajustada á la roca y se abre sobre una salita cuadrada de poco mas de 2 metros por lado. A un lado hay una puertecita interior que comunica con la cocina, estrechísima y ahumada; en el fondo hay otra que conduce á la alcoba, y mas adentro se ve un dormitorio para los muchachos y alguna despensa ó cuarto particular. La altura de aquel edificio negativo, ó edificio hueco, es de tres metros á lo mas; y en varios puntos de los techos hay troneras oblicuas arregladas de modo que el aire se renueve, aunque laboriosamente, sin que penetran la lluvia y los rayos directos del sol. Los muros, enteramente desnudos, muestran á la roca viva á los sedimentos de arenisca levemente petrificada que componen el terreno, muy bien igualados y nivelados.

¡Pobres gentes! ¡Con qué gusto y buena voluntad, con qué candido orgullo de aseudosidad nos invitaban aquellas mujeres á visitarles sus grutas, desde la puerta hasta el último rincón. Una ó mas tarimas en el dormitorio, un triste mobiliario en la cocina, una muy escasa provision de habas, garbanzos ó judías en la despensa, y en la salita dos viejos taburetes de palo, una mesita coja, y algunos pequeños trastos con útiles de trabajo pendientes de los muros entre estampas de colores vivos, ya religiosas ya profanas; tal es el menaje de aquella sociedad subterránea. Pero lo que admira mas es la robustez relativa de esa gente, y el admirable aseo de sus habitaciones. Aunque casi todos los muros están ahumados, todo está limpio y en su lugar, y no se nota humedad ninguna ni aún en las piezas mas recónditas. Sinembargo, el corazón se siente oprimido en presencia de tal espectáculo. Al tender la vista sobre los pequeños huertos de esas pobres familias de proscritos, no pude menos que hacer una observación: hasta sus objetos de cultivo son tristes. La tinta medio gris de los aloes y de las plantaciones de habas coincide con la historia de esa extraña raza, así como las extensas y apretadas huertas de tunales y espinos. Esas familias casi no conocen el sabor de la carne; su alimento consiste principalmente en habas y judias, y Granada les compra los frutos rosados de millares de cactus. Aquella loma me parecía un calvario; aquellos millones de flores amarillas y de frutas carmesíes, creciendo entre las espinas y troncos sin hojas ó follaje (como son los cactus), me parcelan representar la historia de la raza gitana; y esas quinientas columnas de humo en un campo sin casas, me daban la idea de los campamentos variables de un pueblo nómada. Por último, las numerosas fraguas subterráneas de aquella raza de albéitares y estañadores, me hacían imaginar que visitaba el reino de Vulcano en caricatura.

Pero no se crea que los Gitanos aman mucho sus cuevas. Si la noche los obliga á entrar en ellas decididamente, las dejan desiertas durante el dia. Esos hijos de la India, que se creen Egipcios, aman el sol con voluptuosidad. Así, cuando no llueve, se les ve en grupos numerosos por las calles ó en medio de sus melancólicos jardines ó huertos, remendando trastos, cosiendo, calentándose en la ociosidad ó bailando á cielo abierto. Sí; esa raza de la proscripcion es la raza de las danzas vehementes por excelencia. Fue imposible conseguir una danza formal que nos prometiera el capitán, pero en los bosques de la Alhambra y en las calles del Albaicin pudimos ver algunas muestras. ¡Qué de agitación, de delirio artificial, de extrañas contorsiones, de locura reflexiva, de lubricidad aparente en una raza esencialmente casta! ¡Qué de sonidos atropellados, rudos y de salvaje melancolía!

Al pasar por aquellos callejones en caracol, las bandas de mujeres jóvenes y de muchachos nos rodeaban gritando; las mujeres con una amabilidad provocadora se ofrecían a bailar,—porque así ganan la vida muchas de ellas;—y los muchachos pedían en coro un chavito, como los de Toledo. El que juzgase á esas mujeres por sus apariencias se equivocaría completamente. Picantes y provocadoras para ofrecerse á bailar, seduciendo al extranjero, se hacen esquivas y severas, casi insolentes, cuando se les hace comprender que su amabilidad ha sido mal interpretada. La gitana casada es fiel por religion y tradición de raza; la soltera es casta por reflexion, por interés personal y de raza también, y por educación. Los Gitanos nunca se mezclan con los Españoles sino para especular; su hogar es puramente gitano; y jamas se ha conocido una hija de esa raza entre las mujeres perdidas de Granada. Aunque hablan todos el español, muy incorrecto en lo general, no se sirven en sus relaciones exclusivas sino de su lengua propia, corrompida en cada pais, es cierto, por la influencia de las lenguas de Europa que los dominan necesariamente.

Vivamente impresionados por el espectáculo de esa poblacion en cuyo seno todo es excepcional,—tipo humano, vestidos, lenguaje, costumbres, habitaciones y cultivos,—trepamos hasta la altura donde se ostenta el vasto edificio del Seminario, un poco abajo de la capilla del Monte-Santo. San Blas es el personaje de ese sitio histórico, donde se conservan capillas subterráneas muy curiosas; y el día de ese santo se hacen peregrinaciones en masa muy concurridas. Cuentan que allí fueron hallados los cuerpos de san Cecilio y sus once compañeros mártires, quemados en tiempo de Nerón. Parece que fue buscando minas metálicas que se dio con aquel tesoro por casualidad, encargándose el azar de hacer un curioso epigrama. En efecto, san Cecilio y sus compañeros eran una mina, porque sus restos calcinados han dejado, mediante la fe, muy buenas utilidades…á los capellanes del Monte-Santo.

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