Y me volvió la espalda con soberana indiferencia, seguro deque no habría negocio. El Gitano es así. Cuando espera ganar tratando, su palabra es melosa y su fisonomía elástica; pero cuando no se promete nada del que se le acerca, su mirada se apaga, su frente se contrae revelando un orgullo brutal y egoista, y vuelve á su silencio, que parece encubrir la antipatía instintiva de una raza respecto de todas las europeas.

Aquellas vocea ásperas y fisonomías bronceadas y casi repelentes nos llamaron mucho la atención. El color del gitano español, único tipo de esa raza que hasta ahora he visto, es semejante al de una pasta de café bruñida, por regla general, aunque algunos tienen una tinta mas oscura, Labios muy delgados, llenos de astucia y malicia, mirada rápida, movimientos fáciles, y en toda la persona un aire de tristeza profundamente concentrada; un no sé qué sombrío, algo que parece vacilar entre la indiferencia y el desden, el odio y el pesar: tales son sus rasgos. ¡Pobre raza, llena de cualidades enérgicas, que la Europa no ha pensado en educar y mejorar, sino en proscribir, condenándola á los vicios de la vida nómade! ¡Qué de misterios en esa extraña raza, perpetuándose sola al través de los siglos, como privada de la atmósfera común de la civilizacion, y sin patria ni hogar!

Antes de observar la casa del Gitano dejémosle en sus tratos y penetremos en la Cartuja.

El edificio en su conjunto no tiene nada que llame la atencion. Data del siglo XVI, y es un antiguo convento suprimido, que pertenece á una opulenta y piadosa granadina. La mayor parte quizá de lo que componía el convento ha desaparecido, ó solo quedan sus vestigios. Solo se conservan la iglesia, la sacristía y los claustros y algunos salones desiertos, con unas cuantas celdas felizmente sin capuchas vivientes. Los cuatro claustros contienen, en detestables cuadros sin ningún valor artístico, toda la historia de San Bruno, fundador de la orden mas prodigiosa (la de frailes mudos, sobrios y trabajadores), y de los martirios de los cartujos de Inglaterra. Al recordar las reglas de ese singular instituto se comprende por qué fueron tan raras las Cartujas en Europa y en todo el mundo católico, y por qué sus templos llegaron á ser maravillas de arte.

La iglesia y la sacristía, como todo el conjunto del edificio, es del estilo del Renacimiento. Al contemplar el interior se pasma uno admirando tantas delicadezas de arte, en que se manifiestan la inspiración del artista español profano, el gusto mas esmerado, la riqueza del convento y la increíble paciencia de algunos frailes. ¡Si todos los frailes tuvieran paciencia!… Aturde aquella profusion de dorados y relieves, de estucos primorosos y mármoles. Aquella capilla es una inmensa filigrana de infinitos primores, en que todo interesa. Los frescos riquísimos de Palomino, en la capilla, y de José Hermoso en la cúpula de la Sacristía, bastante notables; un Ecce Homo admirable de Murillo, una preciosa Vírgen de Alonso Cano, y otros cuadros; el Sancta-Sanctorum y su sagrario, todo en marmol purísimo y oro macizo del gusto y el esplendor mas completos; dos enormes ágatas, sin rivales en Europa, y mil otras preciosidades, hacen de aquel santuario un tesoro inestimable para el artista. Pero nada impresiona tanto como las puertas y vastos armarios de la sacristía, de ébano superior y con los mas maravillosos embutidos de nácar y plata. ¡Cuarenta años gastaron dos frailes en trabajar aquellos portentos de habilidad, de gusto y de paciencia! ¡Pobres monjes de otras épocas (excepcionales es verdad) que con sincera concurso de su trabajo industrial, al menos vivian en el recogimiento y las pacientes labores, sin dar alimento a las pasiones turbulentas del mundo. ¡Los frailes del siglo XIX son mas civilizados; ellos hacen elecciones, dirigen á los reyes, conquistan territorios, son accionistas de ferrocarriles y empresas comerciales, negocian con loterías piadosas, juegan en las Bolsas, hacen fortuna y viven contentos y satisfechos. San Ignacio ha derrotado á San Bruno.

Comenzamos á trepar la alta colina donde tiene su asiento el Albaicin, Servíanos de guia un hombrecito muy pobre, de setenta y dos años, llamado Juán López Salcedo, cuya conversación nos agradaba y divertía mucho. Había estado en Francia en tiempo del Directorio, combatido contra Napoleón en la guerra de la independencia española, y acompañado á Diego y Quiroga en su heroica revolución. Miserable y decrépito y con ocho hijos pequeños, aquel hombre nos resumía por sus cualidades el tipo del viejo español puro. Su fisonomía aragonesa tenia la rigidez del carácter enérgico, y su tenacidad de sentimientos y opiniones se conservaba á despecho del tiempo y de las privaciones. Era un liberalote de puño cerrado, humilde, convencido, bondadoso y prudente, con el corazón joven y el espíritu lleno de esa filosofía que se atesora con las duras pruebas de la vida. Trepabá por todas partes con la agilidad de un muchacho dé quince años, sin fatigarse nunca, embozado en su capa é impasible. El clero y los militares era su pesadilla permanente; la república su idea fija.

Un dia, al subir al Jeneralife, después que le hubimos obsequiado en una fonda de la Alhambra, las copas de generoso Málaga le desataron la lengua, y nos contó su historia, á invitacion nuestra, con detalles interesantes sobre episodios de la historia moderna de España. Al concluir su relato nos dijo que se había casado con una mujer joven y bonita hacia nueve años, y dejó escapar un suspiro. Temeroso de que ese suspiro revelase algún drama doméstico, le dije:

—Supongo que U., en lo posible, será dichoso.

—Ah, señor,—soy tan feliz como infeliz

—No comprendo….