Eran las ocho de la mañana y el vapor que debia conducirnos á Cádiz, tocando en Gibraltar, se balanceaba suavemente hacia la salida de la pequeña ensenada de Málaga, lanzando por sus dos altas chimeneas rojas sus espesas columnas de humo, que la brisa desbarataba en ondulaciones caprichosas arrojándolas sobre los arbolajes y las vergas de los numerosas fragatas mercantes que estacionaban en el puerto. El puente del vapor se iba llenando con la población heterogénea de pasajeros que se dirigían á distintos puntos de las costas españolas y francesas y á Amberes, Rotterdam ó Hamburgo. El capitán, tipo vigoroso y simpático, marino frances pur-sang, pasó revista á su equipaje, y hallándolo completo, asi como su lista de pasajeros, hizo levar anclas. En breve Málaga, tan pintoresca vista desde el mar, desapareció, y comenzamos á navegar hacia Gibraltar.
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CAPITULO IV.
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EL ESTRECHO DE GIBRALTAR.
A bordo.—El golfo de Algeciras.—Escenas de la tarde,—La ciudad de
Gibraltar.—Situación y comercio.—La fortaleza.—Delante de Tarifa.
El cielo, de un azul pálido, tenia una limpidez admirable, y el sol brillaba con todo su esplendor meridional, produciendo sus reverberaciones en la moviente superficie de las ondas como la imagen de un incendio intermitente y fascinador. El Mediterráneo estaba tranquilo, y una brisa tibia y deliciosa rizaba sus menudas olas, cual si millones de ondinas estuviesen peinando y encrespando suavemente la inmensa cabellera del gigante dormido. Las barcas pescadoras vagaban dispersas, pareciendo de léjos como gaviotas errantes rozando apénas las espumas trasparentes y azulosas que el juego de las ondas producía. Los viajeros, divididos en grupos sobre el puente del vapor, contentos y comunicativos, como todo el mundo en un vapor cuando no se sufre el mareo, jugaban ajedrez ó dominó, contaban anécdotas de viajes, ó hablaban con interés de los sucesos de Italia donde la guerra había comenzado. Algunos, perezosamente reclinados, leían novelas y fumaban; otros dormían cabizbajos, apoyados en la baranda á la sombra del toldo. Yo disertaba con mis dos compañeros franceses sobre la historia de España, su porvenir, y el destino de ese mundo de fuego—el África—que nos enviaba sus ráfagas fortificantes.
Hacia la tarde teníamos á la vista, á corta distancia, dos poblaciones que asomaban sucesivamente sobre la costa española, en situaciones pintorescas: Marbella y Estepona. La primera, de origen moruno, graciosamente asentada al de la Sierra-Blanca, es una villa de unos 6,500 habitantes, perteneciente á la provincia de Málaga, no poco industriosa, con bastantes fábricas, productora de vinos y azúcar, y en general de los mismos frutos agricolas que Málaga. Estepona yace hácia el nordeste de la Sierra-Bermeja, que desciende sobre la costa, toda surcada desde Málaga hasta Cádiz por contrafuertes y estribos de numerosas sierras. Estepona tiene mas de 9,000 habitantes, y su industria y producciones son análogas á las de Marbella.
A las tres de la tarde veíamos muy distintamente ese estupendo y curioso peñón de Gibraltar, cuyo nombre es un epigrama para los Españoles, que hace tan importante papel en el mundo europeo, tanto por su significación militar y mercantil como por su geografía, y que, correspondiendo á su misterioso y providencial destino, como centinela de Europa vigilando al Africa, ejerce una extraña fascinación sobre el viajero que lo admira. En efecto, es tan particular la forma de ese gigantesco peñasco, y concurre de tal modo á multiplicar el efecto la configuracion que tiene allí el estrecho y la del golfo de Algecíras, que mientras mas se mira la mole y mas se acerca uno, ménos se comprende su verdadera posición. Tal parece (al que no está habituado) que á medida que se cambia de posición ó dirección, el peñasco varia también de aspecto, presentando siempre la misma faz, pero bajo reflejos y sombras diferentes. Es al llegar á la entrada misma del golfo de Algeciras que se tiene la idea exacta de aquella península de granito, avanzada en punta hacia el sur y bruscamente empinada como un castillo ciclópeo, cual si quisiese al mismo tiempo penetrar en el flanco de la tierra africana y hundir su parda cabeza en el éter para lanzarle á Europa las primeras reverberaciones de un cielo abrasador.
El golfo de Algecíras, que es una de las formaciones oro-hidrográficas mas curiosas de la Europa meridional, tiene la forma de una herradura profunda ó alargada hácia el centro. El peñon de Gibraltar, abrupto y formidable, y ligado al continente ó la España por un istmo angosto, bajo y pantanoso, cierra el golfo al nordeste, batido por las violentas olas de un mar comprimido entre montañas que lo rodea casi totalmente. Al sudoeste se destacan los promontorios rocallosos de los cerros á cuyas faldas demora la ciudad de Algecíras, á alguna distancia de su puerto y arsenal; y las fortalezas británicas y españolas se miran allí de un lado á otro por encima de las ondas, coléricas á veces, cual si representasen la lucha permanente ó el desafío mudo entre el despecho de una vieja conquistadora de mundos, vencida por sus propias faltas, y el orgullo tranquilo de un gran pueblo que ha encontrado su fuerza en la libertad y simboliza todo su genio progresista con el cosmopolitismo de su comercio, soberano de los mares. Por todas partes las altas cimas de las montañas, tristes y desnudas, los grupos y escalones de colinas pintorescas dominando angostos valles, y un paisaje de la mas hermosa melancolía, en el territorio español; mientras que el peñón británico hace contraste por sus rocas ennegrecidas y colosales, su pintoresca ciudad, sus alegres jardines, sus estupendas fortificaciones, sus puertos animados y sus numerosos navíos mercantes y de guerra anclados al pié de las murallas ó en el centro del golfo, blandamente sacudidos por las ondas de un verde cristalino admirable.