En el fondo del golfo, cerca de la costa, se ve en el valle un pequeño pueblo llamado Liña, rodeado de plantíos, y mas alto, sobre una baja colina, la pequeña ciudad de San Roque (fundada despues de 1704), perteneciente, como Algecíras, á la provincia de Cádiz. El golfo tiene á la entrada como 16 kilómetros de anchura y una longitud hácia San Roque como de 20 kilómetros, miéntras que la distancia que media entre los lados (ó Gibraltar y Algeciras) es de unos 9 ó 10. La poblacion total que cubre aquella costa en herradura es como de unos 46,000 habitantes (sin contar las guarniciones militares), correspondiéndole 15,000 á Gibraltar, 16,000 á Algecíras y el resto á San Roque y Liña.
Eran las cuatro de la tarde cuando nuestro vapor fondeaba á doscientos metros del puerto de Gibraltar. El cuadro que se ofrecía á nuestras miradas era tan pintoresco y magnífico al mismo tiempo, que permanecimos durante mas de una hora contemplándole embelesados. Quisimos saltar á tierra, pero sabiendo que las puertas de la ciudad serían cerradas á las seis y nos faltaría tiempo, preferimos esperar basta el dia siguiente. Un enjambre de muchachos desnudos retozaba en las ondas de color de esmeralda y lázuli, nadando con voluptuosidad ó inquietud alternativamente y haciendo evoluciones por entre los vapores y bergantines del puerto, siguiendo los giros de los ligeros faluchos. Entre tanto atravesaba el golfo un pequeño bote lleno de banderolas, que venia de Algecíras á Gibraltar, trayendo á bordo una numerosa banda de paseantes alegres entre los cuales habia como cinco ó seis músicos. Sus sonatas eran de un efecto encantador en el fondo de aquel golfo murmurante rodeado de preciosos paisajes. Gibraltar, asentada en su roca monumental y prolongándose en anfiteatro hácia la cima hasta perderse entre picos abruptos, fortalezas y bosquedllos artificiales, tenia, á la luz ya vacilante de las seis y media de la tarde, no sé qué de fantástico y severo por su conjunto, y al mismo tiempo mucho de oriental, de voluptuoso y poético por sus rasgos y melancolía del momento.
Al fin las sombras de la noche lo cubrieron todo y el silencio fué absoluto. De aquel panorama lleno de luz, de vida y de capricho no quedaba sino un cielo sereno pero opaco, la vasta sombra movediza del mar, sus sollozos profundos sobre el horizonte de tinieblas, destacándose á distancias casi iguales, los grupos de luces que indicaban la posición de Gibraltar, San Roque y Algecíras, haciendo contraste con las negras moles de las fragatas de guerra y de comercio que parecían surgir, en derredor, de entre las olas adormecidas en un concierto de suspiros. Paseándonos á lo largo del puente, mis dos compañeros y yo conversábamos sobre la literatura francesa, tema que insensiblemente se nos vino á las mientes á propósito de una cancioncilla que preludiaba el capitán en uno de los camarotes.
—¡Qué de servicios no ha hecho á la literatura en general, decíamos,—este monumento flotante que se llama un buque!—El navio, cualquiera que sea su dimensión, es por sí solo una literatura, porque es toda una civilizacion. No solo ha creado la literatura marítima, muy especial y acaso la mas grandiosa,—poesía sin igual, llena de misterios, y viajes, descubrimientos, conquistas, colonizaciones, cambios de ideas entre los pueblos, astronomía y geodesia, guerras maritimas, etc., etc.: no solo ha creado esos géneros de elementos literarios, decíamos,—sino que ha desarrollado inmensamente la literatura continental ó terrestre, multiplicándole sus medios de expansion y regeneracion de una manera prodigiosa. ¡Qué admirable cosa es un buque! No es solo una concha de madera y hierro que lleva en su seno una porción de la fuerza vital de la humanidad; es mas todavía: es una civilización aparte;—es el símbolo del poder misterioso del hombre para duplicar la superficie habitable de su planeta y someter á su servicio todos los elementos; es un pedazo del hogar de cada pueblo (accesorio pero no ménos real) buscando en la inmensidad de los mares el saludo fraternal de otras porciones flotantes de pueblos. El mar no es el límite de las naciones, de los continentes y las razas. No; al contrario, es él quien suprime las fronteras, quien mantiene en la unidad del elemento líquido (abrazando y envolviendo á todo el orbe, y recibiendo con igual hospitalidad el tributo de todos los pueblos) la imágen de esa unidad divina y eterna del Hombre con el Hombre, deducción lógica de la unidad del Ser creado con el Creador y la Naturaleza…. Un día la Humanidad será una sola familia, el Océano el lago común de millones y millones de vecinos y hermanos saludándose desde cada playa, y el buque, sin bandera nacional, surcará ese lago universal, tan anónimo como el coche que rueda hoy por las calles de una ciudad sin distincion de domicilio.
Al dia siguiente, á las siete de la mañana, saltábamos á un falucho para ir á visitar á Gibraltar. Al poner pié en el estrechísimo puerto, cerca de las primeras murallas y la gran puerta, y en medio del alegre bullicio de una plaza de mercado, fue preciso pedir la licencia de entrar, escrita. Los funcionarios británicos no la niegan jamas, y las transacciones se hacen allí con toda libertad. ¿Para qué la licencia, pues? ¡Cómo no, si Gibraltar es también una fortaleza! Así, esa noble libertad personal que es el orgullo del Inglés, y pugna con los pasaportes, las cuarentenas implacables y las cortapisas, sufre una excepcion en Gibraltar, por el solo hecho de haber allí un conjunto de máquinas de barbarizar al mundo. Aquel sencillo ejemplo está probando que las fortalezas, las guarniciones, los buques de guerra, y todo lo que tiene el carácter de armado, no son sino perturbaciones flagrantes del orden social.
Apesar de su origen antiguo y de las dominaciones morisca y española, Gibraltar es una población que no tiene la tristeza y monotonía de las ciudades de tipo análogo: se ve bien que el genio británico ha modificado profundamente la condicion social y la fisonomía de esa plaza de carácter complejo. Las calles son generalmente claras, limpias y regulares; los casas de solo dos ó tres pisos, alegres, caprichosas con gracia, casi todas pintadas de amarillo y otros colores, y adornadas de balcones, celosías, ventanas ó miradores, según que preside en cada cual la sencillez inglesa, el estilo oriental, ó el empirismo español á veces pintoresco. Los cafés y hoteles abundan; las sinagogas alternan con las iglesias católicas y las anglicanas; las filas de ricas tiendas llenas de curiosidades son interminables, principalmente en la «Calle-Mayor;» y donde quiera hay una confusion de tipos y una animación de curiosos y negociantes que llama mucho la atención, haciendo ver que aquella ciudad es una colonia cosmopolita, donde viven fraternalmente y cambian sus productos el Español, el Inglés, el Italiano, el Israelita y el Moro tangerino ó tetuanés.
Nada mas pintoresco y curioso que el conjunto de grupos sociales y de almacenes y tiendas de Gibraltar. Apesar de la confusión en que las gentes hormiguean, cada tipo llama la atención al primer golpe de vista, impresionando vivamente los contrastes á causa de la pequeñez del escenario. El inglés se pasea en marcha mesurada, sin altivez pero con el aire de seguridad que tiene siempre el que puede decir; «Aquí mando yo.» Su rubia cabellera, sus ojos azules, su vestido holgado, libre y de una uniformidad elegante pero monótona que lo presenta como de una sola pieza; su impasible fríaldad, si es un simple negociante,—ó su orgullo aristocrático, si es algún oficial de la guarnicion ó la marina británica,—todo le distingue fuertemente de los demás tipos.
Entre tanto se ve en las demas fisonomías el sello de la dependencia, aunque sin degradación. El español, mozo de cordel en el puerto, artesano, carretero ó negociante en detall, se muestra reservado, como si le oprimiese constantemente la idea humillante de que habita una ciudad fundada en el suelo de la Península, pero dominada por un poder extranjero. Los italianos (que eran muy numerosos), muchos de ellos refugiados, huyendo de la tiranía y la miseria, maniestaban el pesar del expatriado, al mismo tiempo que la satisfacción instintiva del que se siente libre bajo un cielo semejante al de su patria, y su conversación era simple, insinuante y ruidosa. El judío y el moro, vagando silenciosos y como soñadores por las calles de Gibraltar, con sus vestidos pintorescos y sucios, sus capuchones y turbantes, sus piernas desnudas y sus anchas sandalias, parecen estar evocando allí todas las tradiciones orientales y la historia de dos razas proscritas. Aquellos hombres, con sus mantos flotantes como sudarios, parecen fantasmas del mondo africano, ó cadáveres ambulantes de las generaciones que le trasmitieron al mundo cristiano el depósito de la civilizacion. Yo no podia mirar sin profunda tristeza ningún israelita ó moro de los que pueblan á Gibraltar. No sé si mi inclinacion hacia todos los débiles y proscritos del mundo me dominaba; pero sentía mas simpatía por los judíos, italianos y moros que por los ingleses mismos y los españoles.
Y sinembargo, nada hay que haga resaltar tanto como ese áspero peñón de Gibraltar la gloria relativa de las libres instituciones y las costumbres hospitalarias del pueblo inglés. En Lóndres, donde hay tantos miles de proscritos que viven bajo él noble amparo de una patria adoptiva, todo pasa desapercibido, porque la inmensidad de esa metrópoli esconde los pormenores. Es en Gibraltar donde se revela mejor el genio liberal, comercial, cosmopolita y tolerante del pueblo inglés. El español y el italiano, el israelita y el moro, el inglés y el extranjero de cualquier pais, todos son igualmente libres, se toleran en su religion y sus costumbres y viven fraternalmente. Gibraltar me pareció una especie de modelo (aunque imperfecto) de esa unidad en el derecho y el progreso, á que tiende la Humanidad, impulsada por el sentimiento del amor y la justicia que es el verdadero ideal de la civilización. Aquel peñasco hospitalario, que admite á todas las razas y religiones, colocado entre la España católica,—intolerante y fanática por sus instituciones papales,—y el África mahometana,—intolerante y fanática por resentimiento y por su atraso en la civilizacion;—aquel peñasco, digo, me parecía allí, azotado por las ondas balanceándose entre dos mundos enemigos, como una arca de salvación que llevaba en su seno la idea redentora de la libertad, del derecho y la fraternidad!
Si yo fuese español, acaso miraría con despecho flotar el pabellón británico sobre la roca de Gibraltar: el patriotismo (que muchas veces es un sofisma) me haría pensar así. Pero, hijo del Nuevo-Mundo, imparcial entre las dos potencias y amigo de la justicia y el progreso, bendigo hoy (todo es relativo) la dominación de Inglaterra en Gibraltar. Ella es la garantía de la libertad del comercio en el Mediterráneo; es el lazo de unión entre la civilizacion europea y la semi-barbárie africana; es una promesa de progreso, y una enseñanza severa y elocuente para las naciones que rechazan todavía los consejos de una política de tolerancia y equidad. Todos esos intereses se verían comprometidos el dia que Gibraltar volviese á la dominación de España,—de España, donde todavía, en 1859, mientras se llevaba la guerra á Marruecos en nombre de la civilizacion, se condenaba á nueve años de prisión á un ciudadano de Inglaterra, por haber vendido en Cádiz la Biblia (el libro de Dios!) en edición británica….