El comercio qué hace Gibraltar es muy considerable, Aquella plaza no solo es un punto de escala importante para la navegacion entre el Mediterráneo y el Atlántico, sino el depósito general de los cambios que hace la Europa occidental con el imperio de Marruecos. Ademas, es un elemento de comercio clandestino con España, muy considerable. España, como todo el que peca, tiene en los resultados de sus propias faltas el castigo y contragolpe de ellas. Egoísta por sus instituciones económicas ó fiscales, se ha rodeado de todas las trabas propias de un sistema rigoroso de prohibiciones, reglamentos y derechos diferenciales; y eso le cuesta caro. El contrabando es inmenso, por todos lados,—lo mismo por sus costas, que por las fronteras de Francia y Portugal; pero en ninguna parte se hace con proporciones tan visibles como en Gibraltar. El valor de los cambios que se verifican allí es tan considerable, que en los últimos años no exportaba Gibraltar hacia Europa y África menos de 22,000,000 de pesos fuertes ó 440 millones de reales de vellon.

Prescindiendo de los grandes almacenes de depósito, nada mas curioso que las tiendas de Gibraltar, repletas de las telas, los artefactos y objetos mas heterogéneos, procedentes de muy diversos paises. Lo que mas llama la atencion es el conjunto de artículos de la industria marroquí, tan graciosos y originales como pintorescos. Los preciosos y bruñidos tafiletes, los grandes chales de algodon y seda, de colores vivos sobre fondo blanco, ó mezclados; los mil caprichos de dibujo y bordado en las mantas rojas de lana, en los cojines y sandalias; los bellos turbantes; la infinidad de joyas y objetos de adorno, de plumas, corales, rosarios, filigranas, cigarreras bordadas de hilo de oro y plata, y mil objetos de uso manual,—todo eso despierta la curiosidad por sus particularidades, sus vivísimos colores y sus caprichos de forma, que dan idea del estilo de la industria en Marruecos y los paises vecinos. No menos curiosos son los pequeños objetos de diversa aplicación que se fabrican con mármol y granito en Gibraltar, en Ronda, en Tánger y otros lugares para tener su espendio en aquella plaza de cambio universal.

Cuando habíamos recorrido las calles de Gibraltar y visitado muchas de sus tiendas, pasamos de la ciudad al vasto recinto de la ciudadela. Sin cuidarnos de observar muy atentamente las fortificaciones estupendas que se destacan por todas partes en laberinto, cruzamos los primeros jardines para trepar hasta las alturas del peñón, pasando por inmensos patios repletos de pirámides de balas, bombas y granadas, y filas interminables de cañones estupendos. Aquel enjambre de proyectiles é instrumentos de muerte, en medio de tanta verdura artificial, de tantas flores y perfumes, y árboles frutales, y fuentes de aguas saltadoras, y puentecitos rústicos, y estatuas y arcos y muros abrumados de enredaderas y pámpanos;—aquellas fortalezas y fragatas amenazantes, en presencia de un golfo bellísimo y bajo un cielo admirable de oriental hermosura; aquel silencio traidor de tantas bocas de hierro y bronce, abiertas sobre las murallas y prontas á vomitar ondas de fuego sobre las verdes ondas del golfo,—mientras que en la ciudad todo era bullicio y animacion mercantil;—todo formaba un conjunto de contrastes que hacia meditar con tristeza ó reír de las locuras del mundo. Todavía pasarán muchos años antes de que el cañón, trepado insolentemente sobre su cureña, deje de ser un argumento; pero hay que esperar que llegará un dia en que una plaza mercantil y un estrecho de mar no tengan otra defensa que el interes del progreso y la nocion de la justicia.

El panorama que se domina desde las alturas superiores de Gibraltar es incomparable, como cuadro marítimo. Con el auxilio de un anteojo veíamos claramente los mas lejanos objetos, abarcando un conjunto encantador. Encima un cielo de fuego y los pardos picachos de granito, de una majestad imponente. Al derredor jardines primorosos y vastísimos, surcados de calles en zig-zag, que van caracoleando hasta la cima, tan bien niveladas que los coches suben y bajan sin dificultad ninguna; y todo el recinto erizado de fortificaciones, de rocas graníticas, de palacios y lindas casas de campo, de estatuas de personajes ingleses y grandes y hermosos árboles. En el fondo, el golfo incendiado por el sol africano, la costa de Algecíras y San Roque, con sus graciosas poblaciones, la Isla-Verde con su hospital, las fortalezas españolas y la faja de montañas cerrando el horizonte al sud-oeste. Por último, al sur y sud-este el Mediterráneo, las montañas y costas africanas, y después de la «Punta de Africa», que hace frente al Peñón de Gibraltar, Ceuta en el fondo de su pequeño golfo, semejante á un nido de gaviotas; y mucho mas léjos, como un punto blanco, el puerto y la ciudad de Tánger, mostrándose vagamente detras de un velo de ardiente gasa producido por las reverberaciones del aire inflamado. Aquel panorama es de los que no se olvidan nunca. Al describirlo en masa, me parece que lo estoy viendo, con el ojo enardecido por un sol devorador, después de ocho meses trascurridos desde que visité á Gibraltar.

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A las cinco de la tarde nuestro vapor levó anclas haciendo rumbo hácia Cádiz. Poco después, al volver la punta de Algecíras, la mas avanzada de España en el Mediterráneo, perdimos de vista el golfo y el peñón de Gibraltar. Salíamos ya casi del estrecho y empezábamos á ver la lucha infatigable entre las grandes ondas del Océano y las menudas olas del Mediterráneo,—las primeras lentas, formidables, inmensas, invadiendo el canal con majestad,—las otras inquietas, rápidas, revolcándose sobre la gran sabana líquida y queriendo salir al ancho espacio. Parecian innumerables rebaños de carneros empeñados en trepar sobre colinas y montañas formidables.

Las sombras de la noche caían cuando pasábamos por en frente de Tánger y Tarifa, tan cerca de la segunda que casi tocamos con la roca ó islote del mismo nombre, ligada por un estrechísimo istmo al puerto. Hoy Tarifa no es mas que un escombro, una memoria. La poblacion yace triste y solitaria al pié de una colina, y las fortalezas históricas nada valen. Pero eso grupo de piedras tiene un mérito moral inmenso. Al contemplarlo me parecia ver sobre una almena la sombra sublime de Guzman el Bueno, dominando las vagas sombras de la noche, con el brazo extendido mostrando el Africa, y recordando al mundo que la abnegación suprema es una virtud para la cual no debe haber ni época ni posteridad….

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CAPITULO V.

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