Al pié mismo de la torre de la Giralda veiamos la masa estupenda y romántica de la catedral, cuyas formas góticas y color sombrío la hacian parecer una montaña de granito despedazada en cien picachos, agujas, arcos atrevidos y enormes grietas. Era como un volcan extinguido, imponiendo miedo por la sola majestad de sus grandiosos escombros ennegrecidos por el tiempo. Al lado de la catedral, el espléndido palacio de piedra y mármol llamado la Lonja ó Bolsa, que fué la famosa «Casa de Contratacion» para el comercio de las Indias. Algo mas léjos el precioso monumento morisco llamado el Alcázar, rodeado de jardines deliciosos que por sí solos son un tesoro para Sevilla. Y mucho mas léjos aun, el inmenso edificio de la manufactura de tabacos, y el elegante palacio moderno de San Telmo (propiedad del duque de Montpensier) á la vera de un vastísimo y bello parque que se extiende sobre la márgen izquierda del Guadalquivir.

Mirando en otra direccion, se ve en el arrabal de San Roque el monumento llamado Caños de Carmona, admirable acueducto romano de 410 arcos, y á un lado la gran fábrica de salitres; en el arrabal de la Resolana el hermoso hospital de la Caridad y la Maestranza; en el de Macarena el espléndido hospital militar; y en el de San Bernardo la famosa fundicion de cañones de bronce. Lo demas es un laberinto de calles tortuosas y estrechas, de edificios desiguales, caprichosos, muchos de ellos de formas extravagantes, de cuyo enjambre se destacan algunos cocoteros centenarios é históricos, multitud de palacios ó casas primorosas del mismo estilo que las que observé en Cádiz, y una masa informe de miradores, azoteas, torrecillas y construcciones moriscas, en cuyo fondo parduzco brillan las torres y las cúpulas de numerosas iglesias de estilo arábigo, lucientes y pintorescas á causa de los techos en forma de escama formados con pequeñas tejas de colores entremezclados.

Agréguese al interes de esos mil pormenores el primor de la vegetacion interior, y se comprenderá la hermosura de aquel pangrama semi-oriental y semi-español al mismo tiempo. Los huertos y jardines son innumerables, no solo en los arrabales sino tambien en el centro de la ciudad, mantenidos con esmero en los patios interiores. Así, se ven las moles de los edificios como un inmenso reguero de peñascos desiguales en medio de un mar de granados, naranjos, limoneros, jazmines y millones de flores que inundan el aire de perfumes. Sevilla merece bien su fama: es un paraíso de verdura y curiosidades de todo género.

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Despues de tener una idea general de la metrópoli andaluza, como objeto material, descendimos de la Giralda para ir á observar las costumbres de su sociedad. Recorriendo las calles, penetrando en los cafés y los hoteles, visitando las casas elegantes y los preciosos jardines, y escudriñando los objetos monumentales en que abunda Sevilla, se reconoce al punto el tipo esencial ó característico de esa sociedad, ardiente y poética por su sangre y su clima, independiente y altiva por el bienestar que el trabajo activo le procura, y apasionada en alto grado. Sevilla es un inmenso museo, en toda la fuerza de la palabra, así en lo material como en lo moral. El sentimiento artístico es el fondo del carácter sevillano, en todas las clases de la sociedad,—ora se revele en construcciones de suntuosa elegancia, ora en las cándidas manifestaciones populares,—ya predomine el buen gusto (sencillo ó refinado) en las costumbres y los usos, ya simplemente lo pintoresco y rudimentario. El adjectivo pintoresco es sin duda el que cuadra mejor al tipo sevillano. Hay en el fondo de todo lo que allí vive y se agita, como de lo inanimado, una manifestacion vigorosa de poesía, de tendencia á lo maravilloso, de expansión sentimental, que no puede escapar al observador.

No hay un rasgo que no concurra á impresionar al extranjero en ese sentido.—Los mil primores de las casas pertenecientes á familias ricas, donde el mármol, las flores y los adornos y colores vivos y seductores están prodigados; la gracia y la frescura de los millares de patios, que las noches de verano hacen convertir en salones; el esmero con que se conservan los innumerables jardines y los perfumados huertos, donde las aguas saltadoras no dejan de abundar jamas; el entusiasmo que todos manifiestan: por los cuadros de pintura y los objetos de escultura, cualquiera que sea su calidad; los mil graciosos caprichos de todos los portales, los balcones y gabinetes, los miradores aéreos y las ventanas enrejadas (que hacen tan importante papel en las aventuras amorosas ó de mera galantería); el lujo y artificio de las tiendas y los almacenes, resplandecientes de primores, joyas, sederías, objetos de arte y bagatelas; el gusto por el abanico que, aparte de la exigencia del clima, constituye todo un arte, sea por su fabricacion, sea por su uso; la pasión por la tauromáquia, el teatro, la equitacion, ios juegos funámbulos y toda clase de espectáculos; el amor al juego, bajo casi todas sus formas, pasion en que funcionan el arte, en cierto modo, y el gusto por lo maravilloso, inesperado ó azaroso; la singular energía de inclinación a lo pintoresco y sobresaliente, que se manifiesta en los vestidos populares, sea por sus formas, sea por sus adornos ó por la combinación de los colores vivos y lucientes; el encanto con que todos aman la música alegre y apasionada, las danzas vehementes, las cabalgatas y carreras, las ferias, las procesiones, etc.; las formas extrañas y los adornos de los aparejos de montar, las armas y los instrumentos de música; la suma abundancia de talleres, fábricas pequeñas y obradores, dónde millares de obreros trabajan (aislados ó en pequeños grupos) en la confeccion de mil objetos de arte: todo eso y algunas otras circunstancias que paso por alto, manifiestan el sentimiento profundamente artístico de los sevillanos.

Y no puede ser de otro modo, si se considera cuán poderosa es la influencia que ejercen en la educación moral de un pueblo la naturaleza y los objetos que le rodean é impresionan constantemente. El sevillano, al nacer, halla la noción de lo bello y la inspiración de la poesía en todo lo que tiene á la vista. Un cielo admirable con un sol que calienta y vivifica la sangre.; una tierra de fertilidad prodigiosa, que da cuanto se le pide; una vegetación esencialmente poética; como son los olivos y naranjos, los limoneros y granados; aguas y perfumes en abundancia para dar alegría y placer; una vida fácil, gracias á las condiciones topográficas del pais; el vino (ese gran tentador que incita al placer) bueno, vigoroso y en abundancia. Y por otra parte, los monumentos y la raza predisponen al amor del arte. Desde que se comienza á marchar, á vivir, se ven por todas partes admirables monumentos, bellos en su exterior y repletos de tesoros en su interior, y se observan fisonomías hermosas. No he visto jamas una raza tan enérgicamente hermosa como la de Sevilla, y creo que no tendrá rival en Europa, si no es en algunas regiones orientales, en Hungría y en algunas provincias de Italia.

La hermosura es tan general en los tipos sevillanos que es casi vulgar. Allí no se ve la severa majestad de la belleza castellana, ni la hermosura impasible y fria de las inglesas, ni la gracia artificial (intencional en cierto modo) de la francesa, ni la áspera y casi brutal belleza de las valencianas. El hombre es generalmente de talla alta,—la mujer de regular si no pequeña estatura.—A pesar de las diferencias que el sexo determina en todas partes, hay ciertos rasgos que son comunes á hombres y mujeres en Sevilla: formas esbeltas y delgadas pero vigorosas; cabellos negros, sedosos y lucientes, rara vez encrespados; cejas negras y primorosamente arqueadas; dientes superiores y de suma blancura; una tez de color moreno suave y sonrosado, muy atractiva; ojos muy oscuros, vivísimos, inteligentes y que pasan con 1a mayor rapidez de la ardentía mas apasionada á la dulzura mas risueña y cordial; un andar lleno de abandono y donaire, naturalmente dengoso y como tentador sin malicia; la voz cadenciosa, suave y sonora, notablemente acentuada en los finales de dicciones; y siempre las interjecciones vehementes y la sal de los modismos provinciales,—sin contar la pronunciacion popular que cambia el sonido de 1a r, 1a l, 1a s, 1a z, etc. del modo mas original y picante,—tales son los rasgos generales del tipo sevillano.

La mujer es dulce y simpática, aunque hay en su fisonomía un no se qué de varonil sin afectacion. El hombre tiene algo de rudo, de muy oriental, que atrae ó asusta según la manera como se le trata. Si buscáis á un andaluz sevillano por las buenas, con finura y afabilidad, aunque pertenezca al vulgo, le hallareis cordial, expansivo, muy atento y obsequioso. ¡Pero cuidado con andar por las malas! Entónces, si es torero, ó matón ó campesino, jinete ó cosa parecida, os echa por lo pronto una granizada de interjecciones de á libra, y va sacando la navaja ó arremangándose los puños para decidir la cuestion por la vía ejecutiva. Mas, si en vez de uno de esos genios atrabiliarios se da con un andaluz del tipo fanfarron (que abunda muchísimo), el altercado tiene otras proporciones: es uña lucha de palabras-montañas en que el extranjero que no conoce bien el país puede ser completamente mistificado. Al oir al andaluz echando bravatas, le creeríais capaz de tragarse la Sierra-Nevada y desquiciar el mundo de un puntapié. Se formaliza, se crispa, grita, amaga, ruge como un cañon y parece una furia…. Le cojeis la palabra, mostrándole que no tenéis miedo, y entónces el leon se hace cordero, os hace mil zalamerías, rie, lo vuelve todo chanza («jarana») y os convida á tomar un trago con la mayor cordialidad.

El andaluz, y acaso mas que todos el sevillano, es franco y chancero, pero ligero de cascos: una mala palabra, una mirada burlona, un gesto dudoso es suficiente para provocar una querella ruidosa. Por fortuna, aunque muchas veces el negocio se arregla a cuchilladas ó por lo menos á los mas bofetones y golpes, generalmente la tempestad de roncas y baladronadas termina por una reconciliacion en la taberna, jurada sobre la botella entre una nube de humo de tabaco, quizas al son de la guitarra. Sinembargo, hay una cuestión que no se arregla nunca (á lo ménos en el mundo de los toreros, los majos y las manolas) sino por vias de hecho ó mediante la desistencia absoluta: es la cuestion de amor, que muchas veces no es sino cuestión de vanidad ó puntillo. El sevillano de aquella clase no soporta ni una mirada advenediza dirigida á su chica ó su guapa moza, como las llaman. Si como marido es á veces tolerante y se humaniza, como amante lleva los zelos hasta la ferocidad ó el ridiculo. Eso prueba que la vanidad entra por mucho, y muy poco el amor verdadero, en la energía con que defiende su posesion ó monopolio. Le miráis su «chica» ó pasáis por el pié de su ventana una vez y se pica; á la segunda os pone el ceño hosco; á la tercera os dice con enfado y acento provocador: