Despues, el hermoso rio Carare, desembocando á la derecha, profundo, azul, con una vegetacion fresca y espléndida, navegable por vapor, y sirviendo ya de vía de comunicacion directa entre el Magdalena y los pueblos de la antigua provincia de Vélez, es decir de parte de los Estados de Santander y Boyacá. Ese rio tiene muy bello porvenir, y no muy tarde el comercio granadino le dará toda la importancia que merece.

Abajo del Carare aparece el Opon, rio bellísímo también, cuyas arenas cuajadas de oro sirven de lecho á una corriente mansa, profunda y cristalina. ¡Y qué de recuerdos al ver la embocadura de ese rio! Fué por allí que Gonzalo Jiménez de Quesada, conquistador del Nuevo Reino de Granada, penetró en 1536, dominando tan supremas dificultades é increibles peligros, que la historia, para ser justa, debe considerar esa expedición como la mas heróica, la mas extraordinaria que jamas conquistador alguno haya conducido y consumado.

Si los territorios de Yélez y Socorro envían al Magdalena su bello contingente en las aguas de los rios Carare y Opon, ámbos navegables y riquísimos, las tierras altas de Tunja y Pamplona contribuyen con su abundante rio de Sogamoso ó Colorada, que desemboca cerca del nuevo puerto de Barranca-bermeja. Allí, sumamente enriquecido el Magdalena con el caudal de tan hermosos rios, toma proporciones grandiosas que lo hacen imponente; miéntras que las preciosas islas que surgen de trecho en trecho, una de ellas muy considerable (la de Morales), le dan al paisaje, admirablemente iluminado, una increíble semejanza con el bajo Danubio, á juzgar por la parte que he navegado.

Abajo del Sogamoso el Estado de Antioquia contribuye (ademas de los rios La Miel y Nare) con el romántico y hermosísimo rio de la Cimitarra, que recuerda las eternas tempestades que reinan sobre los cerros minerales de una cordillera del mismo nombre que separa la region antioqueña de las de Simití y Majagual. Los bogas tienen mil extravagantes preocupaciones sobre ese escondido rio de lecho de oro en polvo y arboledas sombrías é impenetrables, y cuentan muchas leyendas, haciendo la señal de la cruz, sobre los buscadores del peligroso metal que, habiendo ido al interior por el curso del rio, no han vuelto á parecer mas en Mompos. Los habitantes de San-Pablo, pueblo situado á poca distancia de la confluencia del Cimitarra, hacen responsable al Mohán ó Huan, divinidad terrible de las grutas y de los grandes pozos de los ríos, de las fechorías cometidas por los jaguares, las serpientes y los zainos en perjuicio de los imprudentes buscadores de oro. Sinembargo, debo declarar que el tal Mohan no me parece un personaje tan absurdo como se cree, si se observa que en résumidas cuentas es el Diablo, pero un diablo poético, altamente romántico, y por lo mismo superior, bajo el punto de vista artístico y espiritual, al prosaico y vulgarísimo diablo en que nos manda creer la santa madre Iglesia.

San-Pablo (y de paso diré que de ahí para abajo casi todos los pueblos están santificados por un nombre), es un pueblecito gracioso, muy pobre y humilde, pero de un colorido local pintoresco. En primer término está la barranca rojiza que domina al Magdalena, salpicada de barracas de pescadores, de las mas extrañas formas; después el caserío, compuesto de dos calles rectas, con 40 ó 50 casitas de paja muy blanqueadas, todas separadas y á la sombra de una multitud de cocoteros, mangos y naranjos; detras de la faja gris oscura de la selva tupida, y en último término las lejanas serranías occidentales que separan al Estado de Antioquia del inmenso valle del Magdalena.

El vapor se varó en frente de San-Pablo, porque el verano había disminuido mucho el caudal de las aguas, y allí tuvo nuestro amable Irlandés la ocasión de poner aprueba sus sesenta años. El ancla fue arrojada á 50 metros de distancia, y todo el mundo, por gozar de las emociones del trabajo, fué á mezclarse con los marineros para darle vuelta al torno de proa y hacer salir el buque del banco de arena que lo rodeaba. La noche nos sorprendió jadeantes, empapados en sudor, pero alegres y triunfantes después de dos horas de esfuerzos; y á poco rato el canto melancólico de todos los marineros, hiriendo el eco de las selvas, nos dió una nueva impresion. A las diez de la noche el puente del vapor tenia un aspecto singular. Cada lecho estaba cubierto con un toldo para defenderse cada cual de los terribles zancudos ó mosquitos, y la apariencia general era como de un hospital de campaña, un campamento ó un cementerio flotante. El Irlandes, que después de trabajar como un Sansón habia tenido la prevision de beber como una bomba, dormía cerca de mí, y roncaba con la terrible majestad de las tormentas andinas. Entretanto, el buho solitario de la playa vecina respondía con su canto lúgubre al bramido lejano del jaguar errando entre las asperezas de la selva.

* * * * *

CAPITULO II.

* * * * *

EL BAJO MAGDALENA.