La famosa casa del cruzado sevillano tiene dos patios, el primero común y sin obras de arte, y se compone de dos pisos, con galerías superpuestas, en forma de claustros. El patio interior, perfectamente cuadrado (forma general en la arquitectura oriental), está todo pavimentado con bellas y grandes baldosas de mármol negro y blanco, y tiene en el centro una primorosa fuente que hace juego con cuatro estatuas romanas colocadas en las esquinas. Las galerías están sostenidas por veinticuatro columnitas, también de mármol, de mucha gracia y ligereza, y en todo el derredor se ven en los muros los bustos de los emperadores romanos muy bien trabajados. Si en los pavimentos de las galerías y la parte inferior y central de las paredes brillan los primorosos azulejos (que son los mosaicos del arte oriental), en la parte superior hay un gran lujo de arabescos ó relieves, blancos y de colores, que imitan ó reproducen los primores plásticos y los bellos estucos de la Alhambra y el Alcázar,—siempre serviles, sin originalidad ó variacion notable, pero siempre graciosos. Por último, al derredor del patio, sobre las galerias bajas, se hallan cuatro salones cuyos azulejos, arabescos y artesonados son de mucho gusto por la ejecución esmerada y el colorido. Lo demás de la Casa de Pilato, aunque mas ó ménos curioso, llama poco la atencion, siendo de notarse que la distribucion del edificio es de extrema sencillez.
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Sevilla es una ciudad célebre por muchos motivos, entre otros por los hombres eminentes ó personajes históricos que ha producido. Allí tuvieron su cuna los emperadores romanos Adriano y Teodosio, el ilustre Las-Casas, los pintores Murillo, Herrera (el viejo) Roelas y Pacheco, el famoso historiador Herrera, llamado el divino, y los poetas Rioja y Jáuregui. De allí partió Magallanes para hacer su primer viaje al derredor del mundo, en 1519; y Sevilla le disputa á Granada la cuna de Lope de Rueda, tan ilustre actor como escritor dramático; especie de Molière español.
Cada uno de los nueve arrabales de Sevilla es notable por algún monumento ó fábrica importante. Pero el de Triana es de una especialidad puramente social. Está ligado á la ciudad, como he dicho, por un hermoso puente colgante, que interrumpe ó sirve de límite á la navegación del Guadalquivir marítimo. Sus muelles hacen frente á los del puerto principal de Sevilla, así como á las fortalezas que dominan el río y la estación del ferrocarril que conduce á Córdoba. Si las primeras calles de Triana que avecinan al puerto tienen la estructura general de las de la ciudad, al avanzar hacia el interior de ese arrabal se encuentra el aspecto complejo de la vieja España y de las poblaciones gitanas. Triana es la residencia de todos los gitanos de Sevilla, cuya suerte se parece bastante á la de los judíos en Roma, en Praga y otras ciudades europeas. Así como en estas hay un Ghetto ó barrio donde los israelitas viven ó vegetan, confinados en unas partes (como en Praga) ó proscritos y cruelmente tratados (como en Roma), los gitanos tienen su Ghetto en cada ciudad de España, sin habitar nunca los demás barrios.
Pero hay una diferencia muy sustancial. El judío es proscrito en Europa, especialmente en Roma, por espíritu de persecución é intolerancia, ó por tradición ó costumbre; en tanto que el gitano no es en España objeto de persecución. Él se confina a un solo barrio, se proscribe á sí mismo, por espíritu de raza (orgullo, resentimiento é interés en el aislamiento); y por eso se ve á los gitanos formando una comunidad aparte, lo mismo en Madrid (hacía la puerta de Toledo), que en Granada (en el Albaicin) y en Sevilla en el arrabal de Triana. Aquí se revela quizás con mas energía uno de los rasgos distintivos del gitano. En Granada es casi natural la arquitectura subterránea de esa raza, porque el terreno parece indicarla en el Albaicin. Pero en Sevilla no se comprende en el primer momento por qué razón los gitanos siguen el mismo sistema (aunque notablemente variado en la forma), no obstante que el terreno de Triana es enteramente llano. El aspecto de las calles es tristísimo. Raras son las casas que tienen un piso alto; casi todas son muy bajas, con puertas y ventanas mezquinas, pequeños patios desiertos, paredes y techos lamentables que revelan suma pobreza y abandono. Las calles, malísimamente empedradas, están desiertas por lo regular, y al andar por ellas apenas se oye el ruido subterráneo de objetos metálicos ó del martillo del zapatero remendón,—ó se ve muy rara vez alguna cara femenina, en una ventana, ó un pequeño grupo de muchachos sucios en un zaguán ó un patio, tristes, pobremente vestidos y con fisonomías repelentes y ásperas en lo general.
Es rarísima la casa de gitano que no tiene un piso subterráneo que se registra desde la calle. La puerta da inmediatamente sobre una especie de sótano (que es el lugar de trabajo), sea por medio de un pequeño zaguan inclinado, sea por medio de una gradería casi abrupta. Las habitaciones que están al nivel de la calle sirven para dormitorios y demás usos; las profundas ó cavadas en la tierra contienen los obradores, talleres y fraguas. Evidentemente hay en los Gitanos una tendencia á la vida subterránea, que no se concilia en apariencia con las costumbres nómades. Hasta en el modo de preparar los alimentos el gitano se sirve de hoyos cavados en la tierra,—procedimiento ingenioso que se presta al misterio y favorece el rápido cocimiento de las sustancias animales y vegetales. Acaso haya algun principio etnológico que determine esas tendencias á lo subterráneo; pero la explicación mas sencilla me parece estar en la naturaleza de la industria y las costumbres de los Gitanos. Raza de herreros y estañadores y de gentes que no tienen una nocion regular de la idea de la propiedad, tradicionalmente habituadas á los fraudes, los robos rateros, las mistificaciones y los procederes hipócritas,—los Gitanos han comprendido sin duda que sus habitaciones debían ser apropiadas á la ocultación y el disimulo. Así, cuando llevan vida nómada, sus hogares cambian de la noche á la mañana, en cuanto al lugar, y son siempre establecidos en los sitios mas solitarios; y cuando se ven forzados á una residencia fija construyen sus habitaciones del modo menos ostensible, á fin de burlar la vigilancia social.
Nos habían dicho que en el arrabal de Triana veríamos cuadros curiosos y animados de la población gitana, que es bastante numerosa. Pero no encontramos sino tristeza, soledad y silencio. Acaso escogimos mal la hora ó el día para satisfacer nuestra curiosidad. Lo que sí pude obtener con seguridad fue la conviccion de que en el pueblo español no hay odio ni preocupacion ninguna respecto de los Gitanos (raza que me parece mucho ménos incorregible de lo que generalmente se piensa); pero que no se hacen los esfuerzos convenientes para producir una asimilacion ó fusión completa. Hay muchos gitanos católicos en España, y sinembargo se les ve persistir en sus hábitos de aislamiento. Y lo mas curioso es que los gitanos católicos (que lo son por el bautismo y sin conciencia ninguna de las doctrinas cristianas y católicas) se distinguen en España por la brutalidad de su fanatismo, en los momentos de exaltacion religiosa. Eso prueba que el fanatismo es siempre compañero de la ignorancia, y que toda la fuerza de los tartufos consiste donde quiera en el dominio que ejercen sobre las masas bárbaras que obedecen maquinalmente al impulso que se les da. El mundo no se librará de los conflictos religiosos sino el día que haya desaparecido de las sociedades «el elemento bárbaro». Por eso se comprende el horror con que los tartufos explotadores de la religión miran toda tendencia hacia la instrucción y educacion de las masas. * * * * *
Sevilla no es solo un centro comercial y agrícola de primer órden en España: es tambien una ciudad fabricante en vasta escala, aunque poco manufacturera. Las grandes fábricas, llamadas propiamente manufacturas, que en otras ciudades europeas reúnen á centenares y aun millares de obreros y dan al consumo enormes masas de productos, no existen en Sevilla, donde la maquinaria (como en casi toda España) está muy atrasada todavía. Lo que hay allí es la pequeña fabricacion y el artefacto, cuyos productos son muy considerables por razon de la masa de trabajadores y la multiplicacion de los talleres. Allí existe una organizacion de trabajo en detall que produce resultados visibles. Como el establecimiento de una pequeña fábrica no exige un tren costoso, es muy accesible á los hombres de la clase media y aún á los obreros la adquisición de uno ó mas telares, un taller ú obrador, y por lo mismo se hace mas fácil que en las ciudades manufactureras el paso de la condición de obrero á la de maestro, empresario ó propietario. Con la pequeña fábrica ú obrador las aglomeraciones de obreros son muy reducidas, el artículo trabajado es frecuentemente mas correcto y artístico, la moralidad gana, el artesano ú obrero tiene interes en la obra y trabaja en su propio hogar, y su bienestar es mayor y acaso menos expuesto á las crisis comerciales que afectan á las manufacturas en grande. Ademas, el obrero tiene mas independencia y dignidad trabajando por su cuenta ó en escala reducida.
Los economistas en lo general (acaso olvidándose bastante de los intereses de la moral por atender de preferencia á los de la riqueza) han llevado hasta la exageracion el entusiasmo por las manufacturas. La economía de produccion, que disminuye el precio de los productos y en definitiva favorece á los mismos obreros, les ha hecho desatender ciertos intereses de la moral (pureza, dignidad é independencia del obrero) que se ven seriamente comprometidos en las grandes fábricas. No pretendo examinar aquí una cuestión económico-moral tan importante; pero sí haré notar la observacion hecha respecto de las poblaciones obreras en Europa. En las ciudades principales de España, así como en las de Suiza, en Lyon y otras de Europa, cuyos mas valiosos productos son el resultado de la fabricacion en detall, he notado mas independencia y bienestar, mas dignidad y sentimiento de personalidad en el obrero, que en las ciudades estrictamente manufactureras donde las grandes aglomeraciones de máquinas (humanas y de fierro) tienden á sustituir la fuerza colectiva en la producción á la fuerza individual ó limitada á pequeños grupos de obreros. Acaso sean otras las causas predominantes; pero el hecho es patente, y lo cierto es que en España, donde la gran fábrica es muy rara (exceptuando unas pocas ciudades catalanas), la noción de la personalidad es profunda y general en el pueblo.
Sevilla, como he dicho, es una ciudad artista y artística por excelencia, y sus industrias lo revelan enérgicamente. No hay una calle donde no se vean numerosos talleres y obradores de escultura (principalmente en yeso), de pintura, de joyería y platería, y de toda clase de objetos curiosos. Allí se fabrican por valores muy considerables armas, herramientas y todo lo que corresponde á la quincallería, instrumentos de música (especialmente las elegantes y finas guitarras y bandolas), gran cantidad de telas y artefactos de seda y lana, sombreros, etc., etc. La produccion de loza fina es considerable, y se hace notar bastante la de pieles curtidas, que imitan los bellos tafiletes y cueros marroquíes. Sevilla, como centro agrícola de la baja Andalucia, hace fuertes exportaciones de aceite y vinos, y centraliza grandes valores en granos y frutas de todas clases. Es incalculable el desarrollo agrícola, industrial y comercial que puede alcanzar España, y particularmente las provincias andaluzas, el día que en ese país se renuncie al régimen inepto del egoísmo (que se traduce en prohibiciones y monopolios), y se acepte el libre cambio con todas las regiones del mundo.