La provincia de Córdoba, la décima octava en el órden de la poblacion, cuenta 361,536 habitantes, la mayor parte distribuidos en pequeñas poblaciones, como sucede generalmente en los paises fértiles y casi exclusivamente agrícolas. Apénas cuenta esa provincia tres centros sociales de alguna consideracion, á saber:

Córdoba, con 43,000 habitantes;

Montilla, con 14,654, célebre por haber sido la cuna del famoso capitan Gonzalo de Córdoba, y por sus renombrados vinos cuya energía espirituosa reanima la de otros vinos andaluces;

Aguilar-de-la-Frontera, de pintoresca situacion, con 11,836 habitantes.

Córdoba tiene una posicion abierta y desembarazada, con vastos horizontes. Está situada á la márgen derecha del Guadalquivir, en el centro de una llanura, casi al pié de los montes «Marianos», contrafuertes de la Sierra-Morena, rodeada de bellos paisajes melancólicos y batida por aires libres y saludables. La Corduba de los Romanos, fundada por ellos segun parece, no solo ha sido una de las mas famosas sino tambien de las mas considerables ciudades de la vieja España. Fortificada por los Romanos, que la rodearon de murallas, los Godos la conquistaron en 572, y á su turno los Moros, en 692, conducidos por el famoso Abderraman, fundador del califato de Occidente. Los Moros restablecieron las murallas y dotaron á Córdoba de todos los bellos monumentos que embellecieron la residencia de la corte de los Ben-Omeyas; pero la ciudad fué en gran parte destruida por las huestes de Fernando III de Castilla, al rescatarla en 1236.

Hoy la antigua capital de ese reino morisco no es en su gran masa sino un gran poblachon,—fea, triste, casi solitaria y en muy notable decadencia respecto de su pasado. Sus murallas están en ruina (de lo cual no hay motivo para lamentarse) y en medio de los escombros crecen los naranjos y granados como para mantener la poética tradicion del mundo oriental que yace allí convertido en osamenta y polvo. Sinembargo, se conserva en todo el aspecto de la ciudad el aire arábigo, tanto por la estructura de las calles y del conjunto de las casas, como por las formas de los monumentos mas notables, la naturaleza de fabricacion y cultivo, y sobre todo la fisonomía de la raza.

Córdoba es por excelencia una ciudad pretérita—un santuario de recuerdos múltiples, pero orientales principalmente. Excepto la estacion del ferrocarril, que hace pensar en lo porvenir, todo lo demas incita á dejar vagar el espíritu en la region de lo pasado. Si, subiendo á la alta torre que domina el gran patio de la mezquita-catedral, se contempla toda la ciudad y sus campos vecinos, el espectáculo es bello pero triste. Cada objeto es una evocacion. Las murallas, en mucha parte romanas, hacen recordar que Córdoba fué la patria de los dos Sénecas y Lucano,—como lo fué muchos siglos despues de Góngora (que ha servido de modelo á tantos escribidores, que no escritores), de Céspedes, Zambrano y otros hombres notables. Si se observa la catedral, se recuerda á su fundador Abderraman, lo mismo que al reparar en el famoso puente del Guadalquivir, obra del siglo VIII. Y si se tiende la vista sobre la multitud de iglesias y conventos que pueblan la ciudad, y sobre las sombrías arcadas de la Plaza-Mayor, se reconoce el genio español que ha presidido á los destinos del país desde los tiempos de la reconquista en el siglo XIII. Donde quiera algo del sello de cuatro civilizaciones sucesivas modificando mas ó ménos profundamente la fisonomía social. Y con todo, el tipo que predomina es el mas útil, el mas social, el mas industrial: el arábigo,—porque ninguna dominacion fué tan fecunda ni comprendió tan bien las necesidades de la vida como la morisca. Hasta en la vegetacion de Córdoba predomina ese tipo. Hay allí algunas palmeras antiquísimas que son verdaderos monumentos. Una de ellas pasa por haber sido plantada por Almanzor. Los siglos han pasado por encima de sus flotantes penachos, y estos al balancearse murmuran todavía las leyendas de la época oriental.

¡Extraña ciudad para el que observa en su primer viaje las condiciones de la arquitectura y la estrategia morisca! Córdoba es un vasto laberinto de callejuelas estrechísimas, tortuosas, enredadas, tristes, desiertas, empedradas con guijarros y orilladas por casas pintorescas unas y cuajadas de balcones y celosías, otras desmanteladas ó como truncas; y un laberinto de plazuelas mezquinas é irregulares, de iglesias y conventos, de murallones y patios de aspecto desolado, rodeado de jardines y huertos, de escombros y cortijos. Un bello paseo público, una plaza con pretensiones de elegancia, algunas casas de estilo moderno y uno ó dos periódicos,—he ahí lo que en Córdoba da alguna idea de la vida actual.

El tipo de la raza hace un vivo contraste con el de la ciudad. Donde quiera, en la segunda, la soledad, el abandono (excepto en el paseo público de extramuros); en tanto que en la raza se ven la vida, la robustez, la hermosura, el desembarazo y la viveza de imaginacion. Es el mismo tipo sevillano, aunque un poco ménos expansivo y jovial. Fisonomías ardientes y poéticas, pero con un no sé qué de cadencioso en el andar y en las formas y la expresion, de mas árabe, de mas soñador que en Sevilla, donde el movimiento comercial y social ha producido mas sensibles modificaciones. Las mujeres son generalmente bellas, pero de una hermosura algo severa, que seduce sin irritar, que atrae con encanto. La curiosidad y la pereza son bastante generales. No es posible dar un paso en la calle sin que las graciosas caras femeninas y las de las viejas noveleras asomen en las ventanas, las celosías y rejas de fierro, atisbando al forastero que pasa. En los meses de calor, despues de la comida (que se hace generalmente á las dos de la tarde), cada hijo de vecino duerme la siesta, y por cierto no corta. En eso concuerdan las costumbres canonicales de la España católica con las dulzuras de la pereza oriental.

A decir verdad Córdoba no es hoy interesante sino por su agricultura y sus objetos de arte. La industria, que en otro tiempo fué tan considerable, está hoy reducida á algunos tejidos de seda, hilo y lana, muy subalternos pero de estilo bastante gracioso, varias pequeñas fábricas de papel, etc., bellos trabajos de joyería y platería y una preparacion valiosa de aceitunas. La produccion de Córdoba es considerable en frutos agrícolas, especialmente el aceite, los vinos y trigos. La cantidad de aceite que centraliza Córdoba es verdaderamente enorme, y tanto que su trasporte ha sido el objeto principal del ferrocarril que conduce á Sevilla y Cádiz. De cualquier lado que se tiende la vista se ven las montañas vecinas, las llanuras, las vegas y colinas cubiertas de inmensos olivares, viñedos y trigales, pero siempre los primeros en mas vastas proporciones. Casi está por demas el hacer mencion de las numerosas crias de caballos que le han dado tanta reputacion á Córdoba. Los caballos cordobeses merecen sin duda esa fama, en cuanto á su fuerza y valor, su brio y resistencia y la belleza relativa de sus formas; pero en lo general carecen de suavidad de boca, y léjos de ser delgados y de contornos ligeros tienen una redondez que no me parece graciosa.