A medida que la diligencia va subiendo las faldas de la serranía, el paisaje toma un aspecto mas y mas severo, melancólico y desolado. Donde quiera lomas escarpadas, sin vegetacion ninguna, enormes peñascos graniticos, de tinta oscura, campos desiertos y sumamente accidentados,—ausencia de poblacion, de cultivo y de vida. Todo aquel país tiene mucha semejanza en su aspecto general (aunque no en las especies de sus malezas ni en su estructura geológica) con las altas regiones llamadas páramos, tan tristemente hermosas en las cordilleras de los Andes. Apénas llamaban la atencion algunas canteras de piedra y los trabajos de nivelacion que se hacian para el ferrocarril del Norte, que debe ligar á Madrid con Bayona, pasando por el Escorial, Valladolid, Búrgos é Irun. Fuera de Madrid no se ve sino el desierto: un mar de rocas,—la soledad y el abandono.

Así, apénas merecen mencion los cuatro pueblos miserables que median entre el del Escorial-de-arriba y Madrid (Aravaca, Rosas, Galapagar y Escorial-de-abajo) con una poblacion total de 1,500 habitantes. El Escorial-de-arriba, término de la via en diligencia, contiguo al Real sitio de San Lorenzo, apénas cuenta 1,510 vecinos que, vegetando en la mayor pobreza, solo pueden rumiar lo que les dejan los viajeros y curiosos que van á visitar la famosa obra de Felipe II. Si las cercanías de aquel pueblo son bellísimas y el aspecto exterior de los edificios (todos de muros de granito) ofrece una engañosa apariencia de bienestar, la realidad es bien triste y el contraste irritante.

Aquellos 1,500 vecinos viven en la mayor pobreza, sin un rincon de tierra que cultivar, sin hallar siquiera donde recoger alguna leña para su hogar. Aires purísimos, inmensas canteras graníticas sin valor y aguas deliciosas y abundantes,—he ahí todo lo que tienen á su disposición aquellos contempladores de la grandeza real. Pero como hasta ahora no se ha demostrado la posibilidad de que ningun cuerpo viviente se mantenga con aire, agua y rocas graniticas, resulta que los vecinos de la «Octava maravilla» viven poco mas ó ménos muertos de hambre, sin que les valga la protección de San Lorenzo. Decididamente un real sitio es una mala vecindad en España.

Lo que allí se llama el «Real sitio do San Lorenzo» es en verdad un paraíso,—un oásis encantador de verdura, corrientes bulliciosas, lustrosos rebaños y primores, en medio de una vastísima soledad de peñascos y lomas estériles. Los parques y las dehesas del Escorial tienen una frescura que arrebata al viajero, encantado con la contemplacion del panorama que se desarrolla á sus piés, hácia Madrid, por las faldas ondulosas ó abruptas de la Sierra de Guadarrama. Todo lo que puede ser cultivable ó aprovechable de algun modo en aquellas eminencias; pertenece á la casa real. Lo demas á los vecinos de los dos Escoriales, tan bien librados los unos como los otros.

Así como las fronteras nacionales tienen sus jefes de aduana sin cuyo pase no es posible entrar, el real sitio de San Lorenzo posee un interesante personaje (nada antipático por cierto) sin cuya compañía es de todo punto inútil, si no imposible, visitar los monumentos, los jardines y demas bellezas del lugar. Ese personaje es un ciego, llamado Cornelio, de reputacion mas que europea, anciano muy bondadoso y atento y de una memoria prodigiosa apesar de sus setenta y seis años. Cornelio es el guia ó cicerone obligado de todo el que visita el palacio del Escorial. El siglo XIX lo encontró ya privado de la vista, y durante cincuenta ó mas años el pobre ciego ha recorrido por lo ménos quince mil veces todos los claustros, salones, galerías, escaleras y patios del inmenso edificio, y relatado dia por dia los mismos hechos y las mismas cosas á centenas de miles de curiosos visitadores. Él ha conversado con los reyes y príncipes, los generales y diplomáticos, los sabios y eruditos, los artistas y estudiantes, los viajeros de todas clases y de todos los paises civilizados. Cornelio ha servido de guia á Prescott y Washington Irving, á Victor Hugo y Alejandro Dumas y á personajes innumerables.

Aquel anciano singular es una enciclopedia en su género. Tiene tan prodigiosamente desarrollada la memoria, como el tacto y el oido (á virtud del hábito y de la falta de la vista), que conoce muchas veces las nacionalidades por el acento, aún respecto de razas muy lejanas y heterogéneas,—porque recuerda cómo hablaban el Ruso tal y el Griego cual, este Americano y aquel Escandinavo ó Aleman, mucho tiempo ántes. Inmediatamente que supo mi orígen, me preguntó por todos los Colombianos que habian visitado el Escorial, y muy particularmente por el señor José Ignacio París, el colonel Joaquín Acosta Y otros sujetos muy notables que no existen.

Cornelio tomó un baston y echó á andar con el mayor desembarazo en direccion al palacio y convento del Escorial, situados en una eminencia que domina todo el panorama. Cárlos V legó á Felipe II el encargo de consagrar la memoria de la batalla de San Quintín por medio de un monumento que, bajo la advocacion de San Lorenzo, sirviese de mausoleo á los restos del emperador-fraile que tanto conmoviera al mundo. Felipe II encomendó la obra á los famosos arquitectos Juan de Herrera y Juan Bautista de Toledo, y, á fuer de rey piadoso, quiso que no solo se construyese un palacio admirable, sino tambien un esplendido convento y una iglesia maravillosa. Para hacer mas vivo el recuerdo de San Lorenzo se dió á esos monumentos la forma general de una parrilla, símbolo del suplicio del Santo.

Supongo que el lector no se prometerá la descripcion detallada de ese colosal monumento, repleto de primores artísticos, tarea que exigiría un grueso volúmen y sólidos conocimientos de arte. No me es posible detenerme sino en algunos de los rasgos mas salientes. Para que se tenga una idea general baste saber que el edificio en masa, comenzado en 1563 y terminado en 1584, y que dió ocupacion á los mas eminentes artistas de la época, es integramente de granito, constituyendo una mole inmensa y formidable dividida en varios cuerpos. El palacio, que hace frente á tres grandes edificios accesorios (construidos para el servicio de los ministerios cuando la Corte residia allí), se comunica con ellos por medio de un estupendo subterráneo, que por sí solo es una obra de gran mérito.

El palacio propiamente dicho tiene: 16 patios, 9 torres, 76 fuentes, 80 escaleras y 10,032 puertas y ventanas, de las cuales 1,110 exteriores. El patio principal está dominado por la gran fachada que mide 744 piés de longitud, formándose allí una gran plazuela cuadrilonga; miéntras que por la fachada del sur el otro patio mide 580 piés. Esa fachada (llamada de los Reyes) es por sí sola un monumento admirable. Aparte de sus obras de arquitectura, llaman allí la atención las estatuas de San Lorenzo y los reyes bíblicos (David, Salomón, Isaías, Josafat, Ezequiel y Manasías), cuyas cabezas y manos son de mármol blanco de Carrara, los cetros y coronas de bronce dorado y los cuerpos de granito. Cada una de las siete estatuas, de un bello trabajo, tiene 8 piés de altura, y todas ellas salieron de un solo trozo de granito, sobrando bastante material aún. Por eso el escultor (Bautista Mornedro) hizo escribir en la portada estos versos macarrónicos alusivos á la bienaventurada piedra:

«Dichoso canto
Que dísteis
Para seis reyes y un santo,
Y sobró para otro tanto.»