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LA VIEJA CASTILLA.
Un cura en diligencia.—Las llanuras castellanas.—Un poco de diplomacia.—La provincia de Valladolid.—La capital; sus monumentos, curiosidades, costumbres é industrias.
Comenzaba á despuntar la aurora, extendiendo su vaga claridad sobre las cimas escarpadas y cubiertas de manchas de nieve de la Sierra de Guadarrama, cuando me llamaron á tomar asiento en la diligencia que debia conducirme á Valladolid. Habíame tocado el número 3º (único que estaba disponible) en el compartimiento que tiene el nombre aristocrático de berlina. Los asientos de los rincones (los ménos incómodos en todo caso) tenian por poseedores actuales dos personas de distinto sexo entre las cuales debia yo instalarme como mediador. La femenina se hallaba en la diligencia cuando entré, y me contestó con la gracia circunspecta que distingue á las castellanas, el atento saludo que le hice al instalarme á su lado.
Era por cierto una de esas mujeres que entre los Españoles merecen el calificativo muy honorífico de guapas mozas, aplicado frecuentemente á la reina para expresar la idea del garbo y de la distincion en el porte. Alta, elegante y bien formada, con una tez blanca y fina, ojos negros y severos, cejas finamente arqueadas; mirada sincera y bondadosa, y una expresion que reunía las señales de la reserva y la amabilidad sin oposicion alguna. Parecia tener unos veinticuatro años, y su vestido indicaba comodidad ó algo mas que medianía de recursos.
El compañero masculino me pareció ser un bulto que se hallaba envuelto en una ancha capa á algunos pasos de la diligencia, paseándose con abandono como si solo quisiese desentumir sus músculos un poco. El mayoral anunció la partida, y el bulto se apresuró á entrar á su rincón, sentándose á mi derecha. Al verme, mi aspecto juvenil le causó tan evidente desagrado, que no pudo reprimir un sordo gruñido, por via de contestación á mi saludo. Era un nombre de regular estatura, de mirada fria y austera, bien avanzado en edad y con la barba enteramente rapada. Un instinto secreto, que no acierto á explicarme pero que no me engaña nunca, me hizo sospechar que mi vecino tenia algun parentesco con la Iglesia. Sentí no sé qué olor de sacristía, y me propuse saber si mi impresión se confirmaba.
La diligencia rodaba á toda priesa, y como yo habia dormido, en vez de sueño sentia un vivísimo placer al aspirar el aire de la mañana, en medio de las colinas que van descendiendo como estribos de la serranía para disiparse al fin en las vastas llanuras de la Vieja Castilla. Pero el vecino tenia un sueño mortal, por haber pasado la noche en diligencia, y la vecina, que no parecia tenerlo igualmente, lo aparentaba; de modo que guardábamos completo silencio, con indiferencia recíproca en apariencia.
El vecino acabó por dormirse, pero algunos minutos despues la vecina hizo algun ruido al estirar una pierna, y el buen hombre se despertó sobresaltado y nos lanzó una mirada escrutadora en cuyo relámpago alcancé á ver un pensamiento de desconfianza. Al mismo tiempo, su brusco movimiento le hizo entreabrir la capa, y pude ver un cuello de raso bordado, distintivo del sacerdote. Desde aquel momento comprendí lo que había, tanto mas cuanto que, al mirar con impasibilidad á la silenciosa vecina, noté que bajaba los ojos con algun embarazo. Parece que ámbos adivinaron mi sospecha, porque inmediatamente el dormilon sobresaltado dijo, como queriendo explicar la situacion:
—Sobrina, ¿no tienes sueño?
—No, tio, respondió la vecina.