A medida que uno se acerca á Bilbao, el paisaje tiene un aspecto, mas animado todavía. Comienzan los arrabales de la ciudad, formando una gran calle, cuya base es el Nervion, orillado por dos largas hileras de casas pintorescas que dominan los muelles. Al subir el vapor todas las gentes se asoman ó detienen, saludan, gritan alegremente y le dan al cuadro entero el aspecto mas interesante, y simpático. Francia y Suiza parecen estar igualmente representadas allí.

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El admirable pais, montañoso, de raza inteligente, laboriosa y belicosa; que en España tiene el nombre de Provincias (comprendiendo la de Navarra y las tres vascongadas) tiene una poblacion total de 710,912 habitantes que se distribuyen así:

Navarra, con 297,422
Vizcaya con 160,599
Guipúzcoa, con 156,493
Alava, con 96,398

Así, pues, el pequeño país vascongado propiamente dicho, cuenta por sí solo 413,490 almas, poblacion sumamente condensada, si se considera que el territorio mide apenas 6,038 kilómetros cuadrados (inhabitables en mucha parte), lo que da la proporcion de 68-2/5 habitantes por kilómetro cuadrado, densidad igual á la de Italia.

Puesto que voy hablando de todo el país vascongado, permítaseme resumir las observaciones generales que puede hacer respeto de su condicion, antes de hablar particularmente de Bilbao y otras localidades importantes. Las provincias vascongadas y la de Navarra habian conservado hasta 1833 un régimen especial de gobierno que les daba una verdadera autonomía administrativa. La muerte de Fernando VII, dando lugar a la caida del absolutismo provocó la larga y sangrienta guerra civil tan conocida, apareciendo Navarra y las provincias vascongadas como elementos principales del partido carlista. Este hecho considerado superficialmente, ha dado orígen á la errónea opinion de que aquellos puebles son ó eran partidarios del absolutismo. Verdad es que el célebre guerrillero Zumalacárregui y los demas jefes del movimiento eran absolutamente carlistas, y querian por lo mismo la conservacion del antiguo régimen. Pero no sucedía lo mismo en cuanto á las poblaciones. Para ellas la cuestion era principalmente social, aunque influia en su opinion un cierto espíritu de amor á las tradiciones, favorable al pretendiente Don Cárlos. Pero en definitiva, la tradicion de la monarquía era para los pueblos un principio histórico íntimamente ligado á la tradicion de las libertades ó fueros municipales que los monarcas habian respetado.

El partido constitucional de España, aspirando á la libertad en la unida, trabajaba en cierto modo contra su propia causa al querer fundar un gobierno parlamentario pero central, puesto que su triunfo debia producir la absorcion de la independencia municipal de las provincias, y por lo mismo la anulacion de esas libertades impropiamente llamadas fueros. Los navarros, vascongados, catalanes, etc., al combatir bajo la bandera de Don Cárlos, lo hacian, pues, mas bien por sostener su autonomía que por apoyar el absolutismo. Es por eso que, desde que Espartero y Cabrera celebraron el famoso convenio de Vergara, que garantizó su autonomía á los navarros y vascongados, la guerra terminó por sustraccion de materia, y esos pueblos, especialmente los últimos, entraron con gusto en la via del gobierno constitucional y no han vuelto á inspirar temores de revueltas.

Es que, en realidad, aquellas províncias constituyen una pequeña república anexa á España, de condiciones muy especiales en todo: en instituciones y costumbres, como en industria, en el tipo de la raza, en la lengua y las formas íntimas de la vida social. Allí no hay ejército ni gendarmería militar, pasaportes ni aduanas, monopolios ni impuestos indirectos, patentes de privilegio, ni aristocracias, ni reclutamientos, ni conscripciones, ni reglamentacion de la vida por la autoridad, ni policia (en la acepcion inquisitorial), ni inciativa oficial en los trabajos sociales, ni gobiernos empresarios ó especuladores, ni nada, en una palabra, de lo que constituye la organizacion política y social de España.

Cuando ocurre una guerra nacional, las Provincias suministran un contingente proporcional, pero sin que en su formacion intervenga el gobierno de la reina. De resto, no es permitido reclutar á nadie, y los pueblos vascongados y navarros gozan de plena exencion en el servicio de guerra y marina. Tampoco pesan sobre ellos los impuestos nacionales; de manera que todo comercio es franco y toda industria libre. Los pueblos tienen su sistema especial y voluntario de contribuciones (directas y moderadas) con que sostienen su culto y administracion municipal, y contribuyen para la nacion con una cuota ó subvencion en masa, que se fija en el presupuesto de la monarquía.

Las diputaciones provinciales, de origen enteramente popular, son las que legislan sobre policía, reparten el contingente militar (en caso de guerra exterior) y determinan la cuota de imposicion de cada distrito para pagar la subvencion. En lo demas los pueblos son enteramente libres en su administracion propia, el individuo goza de plena autonomía, y el órden social se mantiene sin la presencia de ningun soldado ni gendarma, por el simple equilibrio natural de los intereses legítimos. Allí se practica en toda su pureza el sencillo principio democrático: los hombres son todos perfectamente iguales en su libertad de hacer todo lo que no violenta ó contraría el derecho de los demas. Y como el tránsito, el comercio, la industria, la enseñanza, etc., son hechos inocentes, hay libertad entera para viajar, comerciar, trabajar, instruirse, etc.