¡Qué bosque aquel! De trecho en trecho se suele ver una pequeña plantacion de caña de azúcar, ó un verde platanar que exhala el perfume de sus racimos cuajados de miel, cayendo sobre los vástagos desnudos como cintillos de topacio bajo una bóveda de esmeralda. Pero esas plantaciones apénas interrumpen ligeramente la selva interminable de naranjos, limoneros, mangos, árboles de mamei, de zapote, de níspero, de mil frutas deliciosas, sobre cuyas capas iguales, suntuosas, de verdes diferentes, pobladas de frutas, de sombra y de perfumes, se destacan los mástiles y los penachos de los cocoteros, como las velas y el arbolaje de una barca sobre las verdes ondas de una bahía tranquila, suavemente rizadas apénas por el soplo de las brisas de la tarde. Allí, bajo esos pabellones, la luz se amortigua, la paz reina como en un jardin, los racimos flotantes de naranjas provocan, los pájaros cantan como en una mansion de amor, y la naturaleza, idealizada, parece evaporarse en perfumes y colores como si un voluptuoso deleite la mantuviese magnetizada y feliz….
A la sombra de esas cúpulas de verdura vive una poblacion sencilla, pacífica y honrada, cuya fecundidad parece ser el resultado de la influencia que ejerce la vegetacion.—Por todas partes se ven casitas pintorescas y blanqueadas, destacándose en perspectiva detras de las bóvedas y grutas aéreas de los árboles, ó ramadas de trapiches, despidiendo su sabroso olor de miel; y miéntras las mujeres hilan, hacen bordados ó tejidos, ó fabrican petaquillas, canastos y esteras de graciosos colores, los chicos juegan y saltan en grupos caprichosos á la sombra de los árboles, sobre un suelo limpio y parejo, ó trepan como ardillas á perderse entre el follaje de los mangos y naranjos.
Entre tanto, la escena es bien curiosa en el primer término del paisaje. La alta barranca que cae sobre el rio, tiene talladas de trecho en trecho multitud de escaleras que dan sobre los pequeños puertos, en forma de caracol ó perpendicularmente; y en el muro de la barranca se ven las aberturas ó bocas de muchos hornos subterráneos, ingeniosamente preparados para cocer el pan de maiz llamado almojábana, ó el de yuca, que tiene el nombre de cazabe. Y al pié brincan, agitadas por el oleaje que produce el paso del vapor, multitud de pequeñas canoas destinadas á llevar á Mompos los cargamentos de frutas y mantener la comunicacion entre las dos márgenes del rio. Los grupos de la orilla no son ménos interesantes, ya por las maniobras de los bogas y sus vestidos singulares, ya por la ruidosa algazara que levantan saludando á la tripulacion del vapor que pasa rápidamente á la vista de esos pacíficos moradores de un huerto secular.
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Mompos es una ciudad interesante en todos sentidos. Su amplísimo puerto contiene siempre multitud de embarcaciones indígenas, y sus albarradas, sus corpulentas ceibas, el contraste de sus construcciones dominando la playa, y sus ricas arboledas de frutales, le dan un aspecto tan pintoresco que provoca al viajero á visitar el interior. Situada la ciudad en un terreno bajo y arenoso, sin el amparo de montañas que la dominen, la brisa falta enteramente, sus arboledas se mantienen inmobles y el calor es tan sufocante (40 gr. cent.) que casi suspende la respiracion.
La poblacion está dividida en dos barrios: el de arriba, llamado Susúa, que es todo de casas de paja, pero mantenidas con aseo y mucha gracia; y el de abajo, compuesto de dos largas calles muy bonitas, cortadas en ángulos rectos, á cordel, y totalmente formadas por fuertes edificios de mampostería. El primero es habitado por las clases trabajadoras, todas de color, de cuyo seno sale el impermeable y sufrido boga del bajo Magdalena;—gente alegre, jovial, alborotadora, libre en sus costumbres, robusta y varonil, y que apesar de sus defectos de educacion es honrada y leal, ama la patria con entusiasmo y se bate por ella con bravura, esgrimiendo el afamado sable de acero del Real de la Cruz, poblacion de la antigua provincia de Ocaña. Es de esa raza vigorosa y altiva que han salido tantos valientes, de los vencedores en Tenerife y Barbacoas, en la época de la independencia, y mas tarde tan temibles combatientes en las desgraciadas contiendas civiles del Magdalena.
El otro barrio es el asilo de las clases acomodadas, gentes que, pasados los momentos de contiendas, son estimables por su carácter generoso y franco y su hospitalidad para con el viajero. Mompos es la ciudad que resume por excelencia el contraste de la conquista ó la civilización española con la antigua situacion indígena. Si la parte de arriba es esencialmente nacional ó colombiana, la de abajo es, por su estructura, enteramente española. Una arquitectura pesada y de estupenda solidez, multitud de hermosas iglesias que son mediocres monumentos, calles anchas, rectas y sin pavimento, muros pintados de amarillo y rojo, puertas arqueadas, galerías de columnas prodigadas, inmensos salones, altas celosías de hierro en todas las ventanas, muebles colosales y pesados para el menaje interior, bellas arboledas de frutales en todos los patios, y mil pormenores en extremo curiosos, le dan á Mompos el aire de una ciudad hispano-morisca, que tiene el sello de la conquista ibérica.
Pero Mompos no es solo una ciudad graciosa y pintoresca. Es tambien un depósito ó puerto de escala importantísimo, que hace juego con las plazas mercantiles del interior, Honda y Medellin, con la exportacion agrícola de Ocaña y Valle-Dupar, con las ferias comerciales de los pueblos del bajo Cauca y Magdalena, y con las ciudades de Cartagena, Barranquilla y Santa-Marta, por las cuales las ramificaciones del gran rio hacen girar el comercio exterior de Nueva Granada en su parte mas considerable. Los vapores hacen siempre escala en Mompos; su plaza es afamada por su produccion de licores, joyería esmerada, herramientas y vasos porosos elegantes y finos. En mi concepto, despues de Barranquilla talvez, Mompos es la poblacion de mas porvenir en el bajo Magdalena.
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El 6 de febrero era el último de mi viaje á bordo del vapor Bogotá, el cual debia seguir su ruta hasta Barranquilla, puerto distante cinco ó seis leguas de la bahía de Sabanilla, y que recibe algo del movimiento comercial de Santa-Marta; miéntras que yo debia separarme en Calamar y seguir en direccion á Cartagena, por camino de tierra, ó por el canal semi-artificial llamado el Dique.