* * * * *
CAPITULO III.
* * * * *
LA REGIÓN MARÍTIMA.
El canal del «Dique».—Las ciénagas; la salida al mar.—Cartagena; su bahía; sus arrabales.—Adios á la patria.—El mar por primera vez.
El 7 de febrero á las doce de la mañana mi bote estaba preparado, y partí con mi familia del puerto de Calamar para descender el canal del Dique, prefiriendo esa via mas bien que la de tierra, porque si esta era mas corta, la otra tenia para mí todo el interes de una obra nacional importante para el comercio, y todo el encanto de una navegacion en extremo pintoresca.
A pocos metros de distancia del puerto esté, sobre la márgen izquierda del Magdalena, la boca del canal, abierta mas bien por el empuje natural de las aguas que por el esfuerzo de los ingenieros; pero al dejar el gran rio, donde el caudal opulento de las ondas lo hace todo, lo primero que se ve en el Dique es el casco despedazado del vapor Calamar, el único que habia navegado allí, y los escombros de una compuerta derrumbada á causa de la debilidad del cimiento deleznable. Donde la mano del hombre ha intervenido se ve, pues, el abandono, se ve patente la inconstancia que preside á todos los esfuerzos industriales del Hispano-colombiano. Grandes sumas se han consumido en la apertura de ese canal;—bellas y legítimas esperanzas se fundaron en la obra, y sinembargo, lo que queda es un monton de ruinas y una via de navegacion embarazosa y llena de torturas para el viajero.
En un trayecto de diez ó doce kilómetros el canal, con una anchura uniforme de diez á catorce metros, parece una inmensa calle trazada en perspectiva, recta en lo general y con aspecto monótono y desapacible. Las barrancas de las dos orillas, cortadas y desnudas; la vegetacion mediana y sin elegancia; el sol ardiente que sufoca y devora; la regularidad del trayecto; las plagas infinitas de insectos voladores que hacen salir la sangre envenenada por cada picadura, y la increible multitud de enormes iguanas y lagartos que se arrastran por entre los tostados matorrales de las orillas,—todo eso contribuye á entristecer al viajero durante las tres primeras horas de navegacion.
Despues la escena va cambiando á cada vuelta y revuelta del canal, y los mas variados cuadros de la naturaleza se suceden para encantar maravillosamente al viajero. La proximidad de las ciénagas se manifiesta en la verdura húmeda, la riqueza de la vegetacion y la abundancia de las aves acuáticas. Cedros y otros árboles gigantescos se levantan, y de sus brazos retorcidos penden festones admirables de flores que reúnen todos los colores del arco iris. La vara-santa ostenta su mástil altísimo, cuya copa azul, morada, blanca, rosada ó amarilla, segun el estado de la flor y la hoja, es el grupo mas suntuoso de guirnaldas que puede imaginarse, multiplicado prodigiosamente. Una inmensa alfombra de gramíneas rizadas cubre las orillas del canal, y sobre ese interminable feston, agitado por las brisas, se mecen las palmas elegantes de las gramíneas arbóreas, entretejidas por cortinas flotantes de parásitas y flores, que forman sobre la cabeza del viajero una bóveda sombría, poblada de perfumes desconocidos y de indefinible belleza artística. Aquello figura un arco triunfal infinito tendido sobre una calle cubierta de flores y de ricas colgaduras.
De repente la bóveda se acaba y el canal se confunde en una ciénaga de majestuosa y melancólica hermosura. Allí se tropieza con los escombros de otra compuerta de manipostería, y una gran máquina para limpiar las ciénagas y canalizarlas levanta su roja chimenea por entre las altas gramíneas. El espectáculo de la ciénaga de Sanaguare es admirable y solemne. ¡Qué soledad aquella! El viajero se siente como anonadado, porque se encuentra muy pequeño, impotente, en presencia de aquella naturaleza exuberante y bravía…. Terribles caimanes se pasean, asomando sus cabezas bronceadas sobre la onda cristalina encrespada por la brisa que sopla desde la lejana costa del mar Caribe; el lago es extenso y de la mas extraña forma. Por todas partes se levantan los troncos secos y blanquecinos de millares de guayacanes, cuya verdura ha destruido la humedad de las ondas que los rodean, y las copas, retostadas por el sol en su parte superior, sueltan por todos lados festones suntuosos de parásitas enredaderas. Cada uno de esos árboles parece un esqueleto vestido de gala,—un cadáver que, teniendo la cabeza, los brazos y las piernas desnudas, lleva en el pecho y las espaldas una túnica suntuosa de terciopelo oscuro, flotando al viento como la bandera de la muerte…. El cielo es admirablemente azul y se refleja en la onda que sirve de base á ese romántico bosque de cadáveres vegetales; y por todas partes se cruzan, en innumerable multitud, bandadas de aves acuáticas de los mas raros colores y las mas singulares formas, que levantan un concierto de salvaje armonía. El grito melancólico del chicoalí, hermoso pavo silvestre,—el canto recóndito del chílacó,—el graznido de la garza temerosa,—el aleteo del cuervo agitándose entre las altas ramas del caracolí,—el chillido del pato ó del coclí, la queja de la caica, esa cantatriz de las tristezas de la selva y del río,—el sordo y vibrante ruido del alcatraz que sacude sus pesadas alas,—el grito salvaje del mono (esa mueca del hombre, como dice Pelletan), lanzado desde lo alto de su columpio sombrío,—el redoble del alcaraban, ese centinela de los desiertos,—el zumbido de la cigarra fatigada y de los millares de insectos que pueblan el aire, y mil otros ecos y ruidos que salen del fondo de la selva: hacen de aquella soledad una escena que sobrecoge el alma de respecto, que obliga al viajero á evocar todos sus recuerdos de amor y de supremo bien, y que inunda el corazon de un sentimiento inefable de veneracion divina y de poesía soñadora….