Despues, la noche vino con sus sombras, su misterio y su solemne majestad, y á todos esos ruidos de la tarde sucedió el silencio de una soledad imponente. Apénas la luz fosfórica de los cocuyos y los peces señalaba el hilo blanco de las aguas del canal; la ciénaga habia quedado atras; la oscuridad era profunda; los remos, agitando las ondas inmóbiles, producian con su chasquido un eco misterioso; los corpulentos árboles de las orillas tomaban las mas extrañas formas en la sombra del follaje interior, y al encanto infinito de la tarde sucedian las amarguras de una noche de sufrimientos increibles…. Lo que el viajero puede sufrir allí, literalmente devorado por los zancudos, es indescriptible. Es un dolor atroz, incesante, cruel, torturador, que da la idea de la Inquisicion, del infierno, de la suprema desesperacion…. Cada minuto es un siglo de angustia, y cuando el viajero ve aparecer el sol al dia siguiente, cuyo calor hace huir á la infernal plaga, comprende que en solo una noche ha sufrido por muchos años y ha aprendido á tener resignacion.
Los miserables pueblos de Mahates y San Estanislao, situados en medio de ciénagas interminables, demoran allí en la mayor incuria y en un completo desamparo; y el canal, ensanchándose á veces en medio de anchas lagunas ó ciénagas, como las de Sanaguare, la Cruz y Palotal,—ó volviendo a estrecharse como en su principio, aunque cambia de aspecto por su forma ó su vegetacion, nunca pierde su hermosura salvaje, su soledad y sus encantos. De trecho en trecho se encuentra algun bote navegando pausadamente, detenido á veces por muros de plantas acuáticas de tal manera entretejidas que exigen un trabajo vigoroso para abrir paso á las embarcaciones. Esa naturaleza invencible tiene un poder de reproduccion maravilloso; y al Contemplar la escena el viajero admira la energía de voluntad que presidió á la apertura del canal, casi obstruido en 1858.
Desde el principio de la gran ciénaga de Palotal el paisaje toma nuevas y admirables proporciones. Allí es un extenso lago de verdura lo que se ofrece á la vista del viajero. El agua, cubierta donde quiera por una espesa capa de gramíneas profundamente arraigadas, tiene una profundidad media de tres metros, pero rara vez aparece en la superficie. Todo el vasto lago de verdura abarca una extension de muchas millas, limitado en su circunferencia por manglares interminables y muy tupidos, de aspecto suntuoso y magnífico. Al fin la ciénaga encuentra su desagüe principal, y el viajero vuelve á esconderse en el cauce sombrío del Dique ó canal, embelesado por los encantos de una naturaleza incomparable. Allí la plaga ha desaparecido enteramente, y el canal, con una anchura de 15 á 20 metros, da la idea de un paraíso que solo la imaginacion del poeta pudiera haber ideado. Las bandas de pájaros multicolores son innumerables;—le sombra deliciosa, bajo el follaje colosal y espeso de una vegetacion en que alternan el mangle, elegante, recto y de románticas raices hundidas entre las ondas, el corpulento caracolí, la flexible guadua y mil plantas de las mas hermosas formas;—los conciertos que de todas partes se levantan, y los perfumes que exhala el bosque de su seno húmedo y exuberante de fuerza reproductora,—todo contrasta con la escena marítima que despues se presenta. El canal termina entre manglares para perderse en las ondas cristalinas de la bahía, sumamente prolongada hácia el interior; la brisa del Atlántico sopla con vigor; la ancha vela del bote se desplega y flota de proa á popa; el horizonte se ensancha; las aguas toman el olor, el color y la aspereza de las aguas marinas; los remos dejan de agitarse; el tiburon persigue implacable á ejércitos de peces primorosos; las colinas de la costa se ofrecen á la vista; se siente el sordo y lejano mugido del mar; el mundo de las selvas acaba, el del abismo infinito comienza; y al fin, surcando una bahía de admirable belleza, que ensancha el corazon y da la primera nocion de la majestad del Océano, el viajero ve á Cartagena, bella, melancólica, romántica, sentada entre dos bahías, como una garza nadando en el Atlántico; y el Colombiano, el Granadino, amante de la libertad y de las glorias de un pueblo heróico, no puede menos que levantar la voz y saludar á la vieja y noble ciudad, diciéndole con el arrebato de la admiración; «Salve, gloriosa Cartagena, tierra del heroismo supremo y la abnegacion, cuna de poetas y mártires, sepulcro arrullado por las ondas, escombro de la opulencia que fué para no resucitar sino en un lejano porvenir!»
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Cartagena es la capital del Estado federal de Bolívar, uno de los nueve en que recientemente se ha dividido Nueva Granada, con una poblacion de 200,000 almas y una extension aproximativa de 40,000 kilómetros cuadrados, compuesta en su mayor parte de espléndidas llanuras y selvas, surcadas por hermosos rios navegables; con un clima general de 33 grados centígrados, en los veranos, y un desarrollo muy considerable de costas marítimas entre las bocas del Magdalena y las del Atrato. Si en otro tiempo Cartagena llegó á contener mas de 20,000 habitantes su poblacion ha bajado á 7,000, diezmada desde 1811 por la guerra, las epidemias, la rivalidad de otras plazas comerciales y el lento desarrollo, interior de la agricultura. Hoy Cartagena es un inmenso escombro, cuyo espectáculo aflige profundamente al viajero; pero la hermosura romántica de la ciudad, la esplendidez de sus bahías, su admirable posición marítima, su importancia y sus facilidades para el comercio interior, el carácter de su poblacion y los nobles recuerdos que le pertenecen, hacen de esa plaza un objeto tan interesante como simpático para el observador extraño.
Nada mas grandioso y variado que el panorama que se desarrolla á la vista del curioso que quiere contemplar la ciudad desde lo alto del cerro de la Popa que la domina enteramente. Esta eminencia aislada es una alta colina pedregosa, rodeada de ciénagas y bahías, á una milla de la ciudad, y en cuya cima los Españoles establecieron una fortaleza y un convento, las cosas mas características del sistema colonial que dominó en Hispano-Colombia; pero la República, que no quiere ni frailes ni cañones, ha dejado arruinar todo aquello, y hoy no queda sino un monton de escombros imponentes. Desde las plataformas de aquel edificio mixto y despedazado, el viajero contempla un espectáculo maravilloso, digno del pincel del artista y de la admiracion del poeta, como del estudio del historiador y el arqueólogo.
Al norte de la ciudad, aislada por sus murallas, sus fosos, sus bahías y lagunas, se abre un estero que determina una angosta lengua de tierra, poblada de cocoteros, quintas y rústicas chozas. Al sudoeste se dilata la hermosa bahía ó entrada de Boca-grande, obstruida por los Españoles; después la isla de Tierra-bomba, flanqueada por fortalezas; mas al sur la entrada de Boca-chica; en fin la grande isla de Barú, separada del continente por el Dique. La inmensa y admirable bahía forma casi un círculo irregular; en su seno se ven anclados 20 ó 30 bergantines, barcas y goletas con los pabellones estranjeros y el nacional; un enjambre de lanchas se cruza en todas direcciones,—y varios fuertes, construidos sobre islotes ó ángulos salientes de la costa, ostentan entre cocoteros y parásitas, su vieja y pesada manipostería convertida casi en escombros, ó muy deteriorada, y sin baterías. Al frente, hácia el poniente, se extiende el Atlántico, brillante, agitado, mugiente, inmenso y lleno de majestad y misterio…el mar con toda su fascinación, con sus reflejos inasibles, con su movilidad eterna, y sacudiendo su lomo de escamas luminosas, como un dragon enfurecido por la resistencia de las rocas que quisiera devorar ó pulverizar.
En medio del océano, las bahías, la laguna y el cerro de la Popa, vegeta Cartagena, como un náufrago que vacila entre los abismos del mar y la soledad del desierto que limita un continente. ¡Qué de recuerdos allí! ¡qué sublime pobreza! ¡gloriosa mendicidad de una reina caida que se hace respetar por lo que fué, y admirar por la majestad de su dolor! El mar golpea por todos lados sus murallas; el cielo la cobija con un manto siempre límpido y azul; y los mil penachos flotantes de sus cocoteros hacen admirable juego con las altas torres de sus venerables templos medio arruinados, tristes y ennegrecidos por el tiempo. La parte principal de la ciudad, formando una isla, ligada por un puente colgante al barrio de Jimaní que toca al continente, es toda de mampostería pesada; una enorme muralla, llena de fortificaciones en otro tiempo formidables, la circuye, defendiéndola de las invasiones del mar. Imagínese el lector lo que serán ó han sido esas fortificaciones, con solo saber que ellas le hicieron consumir al gobierno español la estupenda suma de 250 millones de pesos, sin contar una gran parte de los armamentos. El viajero se pasma al considerar toda la suma de trabajo humano que debió concurrir á la creacion de aquella magnífica ciudad de calicanto eterno. La República, que quiere contar solo con los recursos de la paz, ha vendido todos los cañones, como un elemento inútil para la civilizacion; y Cartagena no es hoy sino una plaza mercantil arruinada, que espera de la industria libre su resurreccion.
El barrio de Jimaní, compuesto de casas de paja, hermosas quintas y reductos, y que se extiende hacia el pié de la Popa, es mas pintoresco y alegre, pero ménos interesante por su estructura material. La ciudad tiene excelentes edificios públicos, y por una singular contradiccion, miéntras que todas las calles son sumamente estrechas y oscuras, las casas son como palacios, casi todas altas, alegres en su interior y con salones espaciosos y cómodos. Como la poblacion es muy inferior á la localidad, muchísimas casas están desiertas, y el abandono las ha convertido en tristísimos escombros, ¡Y qué contraste el que se nota en las mujeres de Cartagena!… Las señoritas son en general muy bellas, espirituales, expansivas y alegres, y reunen á la elegancia ó la gentileza de las formas una gracia en el decir, en la mirada y la sonrisa, verdaderamente encantadora. Al contrario, las pobres mujeres de la clase proletaria (quizas deteriorada la raza por la miseria y la inaccion), son de una fealdad dolorosa:—flacas, largas, sombrías, pálidas como espectros, lúgubres como las sombras errantes en medio de las tumbas…. ¿Cómo explicar esa contradiccion ó ese contraste? Yo podría determinar las causas, pero me contentaré con hacer una reflexion. Cartagena es una gran ruina, es una tumba inmensa, y entre las ruinas y las tumbas se encuentran siempre, lo mismo el hermoso lirio lleno de perfume y misterio, y el blanco alelí de las murallas, que el lagarto feo y descarnado vagando por entre los pedriscos y los escombros donde vegeta la hiedra….
Por lo demás, la población de Cartagena tiene las mas excelentes cualidades sociales: hospitalaria en alto grado, franca, generosa, jovial y siempre animada de un profundo sentimiento de patriotismo, que parece mantenido por el recuerdo mismo de las glorias de Cartagena. La política agita mucho á los vecinos; pero pasada la lucha transitoria, todos vuelven á una fraternidad que se revela en el trato social, en el sentimiento de caridad y en el espíritu de independencia política y de intimidad personal que los anima á todos.