Una modista de California, que se llamaba propietaria, y se mudaba tres veces por dia, descollando por sus encajes, sus enormes dientes y sus amabilísimas muecas, se había empeñado en conquistar al Irlandes á todo trance; pero el buen viejo, que parecia entender mejor el verbo to drink, hecho para el paladar, que el to love, destinado á las honduras del corazon, le frunció las cejas de tal modo á la modista, que la infeliz, para vengarse de la altiva Irlanda, se resignó á coquetear con el jefe de ingenieros del vapor, jayan de la raza pura de John Bull.

Entre las curiosidades de á bordo se hallaba un Costaricense con ínfulas de marques quien, sobre dar asunto para reir con su manía de decantar su sangre noble, interesaba mucho por su casta inocencia. El pobre moceton, apesar de sus 30 años y su sangre azul, no podia soportar que nombrasen siquiera á las mujeres, y para atormentarle, un Genoves marino que le acompañaba le espetaba á cada diez minutos una historieta de italiano y soldado, que hacia espeluznar al inocente mancebo. No faltó quien informase luego que el muy taimado de la sangre azul tenia sus viejas marrullas de rezandero, que le hacian parecer pasablemente pecador. En ninguna parte es tan ridículo el tartufo como en alta mar.

Pero nada tan curioso como una Francesa que venia de San-Francisco de California con su marido, victima de un mareo permanente. La desdichada no había tenido mas horas de alivio que las del tránsito por el ferrocarril de Panamá. De resto su único oficio había sido el de estar mareada, como el de su excelente consorte el de darle copas de brandy puro, remedio que algunos consideran eficaz para el «mal de mar». Es un secreto que ninguno ha podido aclarar, si era el mar ó el brandy el responsable de la situacion; pero lo que sí pudo comprobarse fué que la estimable Francesa no dejó de estar en chispa un solo dia, ni una sola noche, aunque á decir verdad, era una chispa inofensiva que nunca le inspiraba sino ternura, suspiros, lagrimas de amor y recuerdos de felicidad conyugal.

Era adorable ver á la impermeable mujer, cada vez que una copa de brandy apaciguaba por un momento el mal, y que el buen marido la tranquilizaba á propósito de algún corcovo terrible del buque azotado por las olas hinchadas, era de ver cómo, mirando á su Adán con la inefable dulzura de la chispa, le decia con el acento mas patético: «Ah, mon marí! nous nous aimons comme si nous avions seize ans!» En seguida venian los apretones de manos, los abrazos, los besos á hurtadillas, hasta que hecha la digestión marítima de la última copa de brandy, la amorosa consorte exclamaba con voz agonizante, siempre en francés: «Oh, mon marí! je meurs! Encore un petit verre de cette médecine»….

Y una copa mas iba á perderse en el mar interior de aquel estómago incombustible y agitado por las convulsiones de un vértigo incesante.

Lo que refiero no es una invención, es la verdad, y yo mismo me aturdia al ver esas escenas singulares, incomprensibles en una mujer y sobre todo en una Francesa. Un dia, en presencia de varias señoras, la pobre viajera, como embrutecida por el mal, y acaso mas por el remedio, llegó á beberse siete vasos de brandy puro en el trascurso de tres horas!—Cuanto puedo decir es que hasta el Irlandes y algunos oficiales ingleses se escandalizaban.

En general la actitud de los viajeros era fría y reservada, durante los tres primeros dias, cosa muy natural. Poco á poco la elasticidad de caractéres fué siendo muy notable, en términos que cuando avistamos la triste y desierta isla de San-Thomas ya éramos todos tan amigos que las copas de champaña, las ardientes canciones y las chistosas anécdotas se multiplicaban, porque es de ley de raza y tradición que el Ingles gana sus amistades bebiendo, el Francés cantando, y el Español contando sus cachos (aventuras macarrónicas) ó refranes chistosos de su tierra. En el mar todo el mundo entra circunspecto y extraño, todos se hacen amigos, y todos se despiden luego para no volverse á ver ni recordar jamas.

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El 17 á las cuatro de la tarde entrábamos á la linda bahía de San-Thomas, ya divertidos con los saltos y las evoluciones de dos ballenas que nos acompañaban á alguna distancia, ya encantados con el interesante aspecto de la bahía y el pintoresco anfiteatro de la ciudad. Las escenes de la tarde, la noche y la mañana siguiente, merecen una rápida descripcion.

La isla de San-Thomas es una colina rocallosa, rodeada de agua, y nada mas. Sus altas rocas caen sobre las ondas como tajadas á pico; la tierra carece de toda vegetacion florida y fresca, y el aspecto general de la isla entera es tristísimo y desagradable.—Salvo, pues, la pequeña ciudad marítima ó comercial de San-Thomas, que contiene unos 6,000 habitantes, lo demás carece de valor absolutamente.