Inútil es decir que nuestra modista francesa aclimatada en California, habia encontrado un campo mas extenso para sus coqueterías, y que la fingida rivalidad de algunos tunantes de buen humor la ponía en los mas cómicos apuros. Ya era un Italiano el que la galanteaba, haciéndole concebir con mucha habilidad esperanzas de matrimonio, para ir luego á contar lo ocurrido á todo el mundo, y reír á su sabor;—ya un joven Inglés, que de casualidad era burlón, hacia obsequiosas indicaciones, en nombre de la alianza anglo-francesa; ya un Francés zalamero y galante reclamaba la preferencia por derecho de nacionalidad. Pero al fin la modista comprendió la burla, y renunciando á los artificios de la coquetería se resignó a pasar las horas leyendo novelas sentimentales, que la hacían llorará veces con enternecimiento, y comiendo almendras, nueces y avellanas, de que hacia una fuerte provisión todos los días en el comedor. Aquella mujer comía tanto, tanto…que solo puedo comparar su glotonería á la sed de brandy de su compatriota mareada.

Otro tipo femenino bien curioso era el de una Inglesa de la sangre caliente, fenomenal, que no se daba por notificada de sus sesenta inviernos. Habia naufragado recientemente en las Antillas, y referia el episodio terrible con una frescura singular. Charlaba como una lora, siempre buscando la compañía de los hombres; brincaba todas las tardes como una bailarína de ópera, haciéndose invitar por los mas jóvenes y gallardos á bailar polkas, varsovianas y cuadrillas; y tenia tal furor por el juego que se resentía con todos los que no le aceptábamos sus convites. Jugaba durante todo el dia y hasta media noche, ora whist, ora veintiuna, y á veces hasta monte con los Españoles, sin prescindir por eso del ajedrez, las damas y demas juegos inocentes. Aquella vieja de espejuelos, bailando como loca y jugando como un Yankee, parecía haber apostado con el tiempo á no dejarse vencer….

Entre los compatriotas de esa alegre Megera se distinguian por sus extravagancias un ministro presbiteriano y otro anglicano en ciernes. El primero, largo de dos metros y medio, seco y cadavérico y lleno de manías, andaba siempre con una Biblia en hebreo, dando consejos, hablando solo, haciendo extrañas gesticulaciones, y retozando con los niños de algunas señoras. Era un excelente médico, buen cristiano y humanitario en extremo. Su idea fija era la abolicion de la esclavitud, y se veía que el extravío de la razón, que no era sino mediano é inofensivo, había dejado intacta toda la pureza de un nobilísimo corazón. Reprobaba mucho el juego interesado, bailaba con los hombres con sumo entusiasmo, era en extremo sobrio, extravagante en su vestido y sus movimientos, y en sus buenos ratos leía los salmos con unción y aprobaba mucho diversiones tales como el baile y el canto.

El ministro anglicano en ciernes, que había hecho en Jamaica sus estudios teológicos, era un gran calavera de excelente carácter, generoso, expansivo y servicial. ¡Pero qué de truhanerías! Bailaba, bebía, jugaba, gritaba, cantaba y se divertía ruidosamente de todos los modos posibles, mas bien como un estudiante parisiense ó alemán de vida pecaminosa, que como un candidato para la Iglesia. Un dia le pregunté si tenia vocación para el sacerdocio, y por qué se manifestaba tan profano, y me dijo: «La profesión que voy á tomar es como cualquiera otra, y la he escogido por complacer á mi madre nomas. Pero como al tomar las órdenes tendré que ser circunspecto, me divierto ahora por aprovechar los últimos días que me restan de la vida alegre de mi juventud.» Talvez no le faltaba razón al excelente joven. El hombre tiene su época de calavera, y siempre le cuesta algún trabajo resolverse á dejarla. ¿Hay un sér mas feliz en el mundo que un estudiante?

Muchos otros tipos muy curiosos pudiera bosquejar, completando la galería del Paraná, pero el lector se fastidiaría. Un vapor es una Babilonia ambulante, en cuyo interior se puede estudiar el mundo mejor que en ninguna parte. Todas las virtudes y debilidades se reúnen allí, y los caractéres de todas las razas se ponen en relieve y contraste con singular energía. Es el mundo en miniatura, con su egoísmo, sus comedias y caricaturas, sus preocupaciones, sus engaños y dudas, sus buenas y sus malas cosas; así, en ninguna parte se puede conocer mas á fondo el corazón humano que allí, sobre un leño flotando entre peligros, donde el alma se presente desnuda.

El 25 por la mañana un triste espectáculo interrumpió las cómicas escenas de los pasajeros. El médico del vapor, caballero muy estimable, habia muerto en lanoche anterior, de fiebre amarilla, enfermedad contraída en San-Thomas, donde la muerte hace todos los años abundante cosecha de viajeros. Toda la tripulación estaba reunida en el escotillón, miéntras la mayor parte de los pasajeros dormían. La ceremonia era solemne y profundamente aflictiva. Sobre el puente de entrada, al pié de una de las enormes ruedas del vapor, estaba el cadáver en su ataúd, cubierto con la bandera británica enlutada, y desde allí hasta el interior se prolongaban dos filas dobles de oficiales y marineros, escuchando con recogimiento los salmos y las oraciones severas del oficio de difuntos. La idea de la inmortalidad, de la eternidad, de lo infinito, parecía revelarse con mas elocuencia y energía en ese cielo sin horizonte, en esa superficie movible, inmensa, incansable, cuyas ondas remedan el flujo y reflujo de la humanidad entre la vida y la muerte, y la existencia de un espíritu universal que todo lo agita y no perece nunca….

¡Y qué leccion! Los marineros lloraban en silencio, con una emoción tan honda que compadecía. Era extraño ver correr las lágrimas por esas caras encallecidas y percudidas por el sol, el viento y la lluvia, arrugadas por el tiempo, las fatigas y los peligros, y cuya expresión ordinaria era la indiferencia. Es que la comunidad del trabajo, de la ausencia constante de la patria, del peligro y de la contemplación de lo infinito, establece entre los marinos una fraternidad heroica que resiste á todas las pruebas y sobrevive aún á la muerte.

Despues de las tristes ceremonias religiosas y de distincion, el ataud fué arrojado á las ondas con una enorme bala de cañón que lo precipitó al abismo…. ¡Magnífica tumba para el hombre es el océano! Solo ese abismo, que recibe todo el tributo de la tierra, y sobre el cual se revela con mas esplendor la omnipotencia de Dios y la grandeza del hombre, es digno de recibir los despojos de la criatura inmortal cuyo espíritu jamas perece!

El 26 de febrero el mar empezó á agitarse con vehemencia, cambiando el aspecto uniforme de la escena. Enormes bancos de plantas marítimas, que parecían sábanas flotantes de diversos colores, venian del lado de Terranova, haciendo su larga peregrinacion hacia las regiones del sudeste, violentamente azotados por las olas. El mar parecia un monstruoso leon, sacudiendo su crespa melena, ó un gigantesco pez revolcándose sobre el abismo para hacer brillar al sol sus escamas como montes, ó mostrar sus hondas arrugas momentáneamente oscurecidas.

Después, el día 28, estuvimos en plena tempestad. El huracan zumbaba sacudiendo las chimeneas y todo el arbolaje; la lluvia oscurecía el cielo; las olas venían como derrumbes á bañar todo el puente de cubierta; y el enorme buque, soltando fatigado sus negras bocanadas de humo, saltaba entre las concavidades de las ondas como un toro enfurecido por los golpes que en todas direcciones recibe. Tres noches de peligros, noches solemnes y sombrías, tuvieron á todos los pasajeros en ansiedad, aunque al venir el dia los espíritus se tranquilizaban y el buen humor volvía. La noche multiplica siempre la gravedad de las impresiones, y es el sol con sus eternas alegrías el que hace palpitar el corazon de esperanza y placer.