Lóndres tiene dos grandes aristocracias, á cual mas curiosa, que reinan en todos sus barrios: la nobleza, orgullosa en extremo, pero que, no obstante su orgullo, fundado en el nacimiento y la riqueza, tiene cierta elevacion de ideas debida á la instruccion y á la ingerencia activa en los negocios públicos; y la aristocracia monetaria, familia de banqueros y especuladores de bolsa, de comerciantes, fabricantes y usureros que, salidos de la nada, á fuerza de especulaciones laboriosas, cuando llegan á la opulencia suelen olvidar su origen, renegar la santidad del trabajo que les dió fortuna, y sentados sobre pilas de oro como sobre tronos invulnerables, miran con desprecio á veces á la multitud como un enjambre de viles insectos! Esta segunda aristocracia, la mas noble por su origen—el trabajo,—pero la mas odiosa en parte, por su conducta,—el egoismo y el orgullo,—es la que tiene la soberanía en el centro de Lóndres.

¡Y qué contraste el que hacen las carrozas doradas de esos banqueros millonarios y esos nobles opulentos, con los harapos hediondos y ridículos de millares y millares de mendigos! Los unos salen á ostentar su grandeza, y brillan á la luz del sol ó de las innumerables centellas de gas que iluminan las calles, persuadidos de que la turba los admira como semidioses. Su orgullo les hace mirar como animales á sus semejantes que rodean la carroza, hambrientos, agotados de fatiga, degradados por todos los vicios y luego pisoteados en las grandes calles por los caballos que tiran la envidiada carroza. ¡Engaño miserable del orgullo! Esa turba macilenta y enhambrecida ve pasar á los poderosos con un sentimiento de odio profundo que los contrastes envenenan. Cada uno de esos pobres párias de la sociedad se dice con despecho sombrío: «Muchos de estos hombres tienen cien, doscientas, quinientas ó mas libras esterlinas de renta por dia, ó cuando ménos veinte,—miéntras que yo apénas puedo conseguir, cuando mejor me va, tres, cuatro ó seis peníques para mantenerme con inmundicias…. Lo que uno de esos señores gasta en uno solo de sus magníficos caballos sería bastante para asegurar la subsistencia de toda mi familia…. Los perros de ese lord son mas respetables y felices que yo; y la querida de ese banquero gasta en sus guantes cada semana mucho mas de lo que mi esposa, que es honrada, gana con sus fatigas de un año entero….»

¡Quién sabe cuántas maldiciones acompañan los suspiros del miserable indigente que así piensa, en tanto que el noble lord medita en el proyecto de una cacería ó en la seduccion de una jóven, ó el banquero egoista va calculando las ventajas de su juego de bolsa!

La noche es el momento mas propicio para recibir el golpe de vista de las calles de Lóndres en su parte mas concurrida. La luz del sol es casi siempre triste y opaca, y solo al reflejo de la iluminacion deliciosa que produce el gas se destacan las figuras con toda su energía y se ven en toda su verdad los contrastes de luz, de sombra y claro-oscuro. Es entónces que Oxford y Regent street, el Strand, y todas las grandes arterias del movimiento tienen su espléndida fisonomía que pasma. Téngase presente que Lóndres cuenta casi tres millones de habitantes,—que la afluencia de viajeros de todos los puntos del globo es inmensa,—que durante la noche toda la poblacion indigente y la obrera sale á buscar en las calles limosna ó distraccion,—que la circulacion de coches es de 13,000 por hora, por término medio, sin contar los millares de ómnibus y carros, cuyo conjunto asciende en la ciudad á la enorme cifra de 80,000 vehículos de ruedas,—y por último, que la noche favorece las transacciones de todo género y las escenas de galantería á que da lugar la prostitucion,—y se comprenderá toda la complicacion del cuadro inmenso que se ofrece á la vista.

Los almacenes y las tiendas, espléndidamente iluminados por el gas en el interior y el exterior, ostentan la infinita variedad de los valores que contienen, en términos que las muestras nomas, expuestas en las fachadas y entre vidrieras luminosas, representan capitales ó fortunas considerables. El oro, la plata, el cobre, el acero y todos los metales bajo mil formas, brillan donde quiera en moles tentadoras para la multitud,—miéntras que los diamantes, todas las piedras preciosas conocidas y los cristales de imitacion, incrustados en una joyería de inagotable variedad, multiplican los reflejos de la iluminacion, dándoles á las calles no sé qué aspecto de fantasmagoría hechicera ó prodigiosa como los cuentos de las Mil y una noches. Todo lo que la industria puede producir, lo que el arte y el refinamiento son capaces de labrar para alimentar la pasion del lujo, y cuanto es posible desear para satisfacer todas las necesidades y todos los caprichos, se ve allí detras de los cristales, realzado por la reproduccion de la luz y por el bullicio de un mundo que fermenta sin cesar, mirando, comprando, codiciando, vendiendo, agitándose en todas direcciones.

El viajero que no está habituado á esas escenas, que viene de las soledades del Nuevo Mundo y trae nociones y recuerdos enteramente exóticos en esa Babilonia del comercio, cree asistir á una representacion fantástica, vivir soñando ó contemplar, al traves de los lentes de un cosmorama, una coleccion extravagante de dibujos chinescos ó de figuras producidas por el delirio de un artista invisible y febricitante. Dichoso el que, trayendo formado su corazon y preparado su espíritu á todas las sorpresas y al estudio atento de todos los prodigios y fenómenos de la civilizacion, tiene la fuerza de resistir, sin dejarse deslumbrar, á esa fascinacion que todo lo desconocido y lo grande ejercen sobro las almas impresionables y sencillas!

En ninguna parte es mas extremoso el lujo que en Lóndres, ni se exageran con mas extravagancia las modas y toda clase de invenciones. Allí falta en general la verdadera elegancia,—la que consiste en la sencillez y el gusto delicado,—y hasta en el modo de insinuarse las gentes de la clase media y de las masas hay un fondo de grosería y de insolencia, no sé qué de tosco y áspero que repele y produce disgusto. Allí faltan ese pulimento y esa gracia que cautivan, y que son siempre el resultado de la educacion social y de los espectáculos que le inspiran á la multitud el gusto por el arte y la espontaneidad seductora en las maneras. Como en Lóndres todo es frio y severo, cuando no sucio, en los edificios públicos, el pueblo no ha podido hacerse fino ni simpático. Y como la libertad individual no está unida á la igualdad social, sino que el orgullo de las aristocracias ha establecido una valla profunda entre las clases, todo el mundo, altivo con su personalidad é insociable, se cree con derecho de ser brusco y ordinario en su porte, sin cuidarse del efecto que produce su modo de insinuarse. Allí se considera tiempo perdido el segundo que se gasta en saludar ó pronunciar una frase cortés y agradable. El interes domina en todo y cada palabra tiene su precio.

Recuerdo à propósito de esto un incidente que me impresionó mucho. Una noche, paseándome por Regent Street, tropecé con una mujer hermosísima y lujosamente vestida, que me miró al pasar, como por casualidad. Despues de dar dos ó tres pasos dejó caer un pañuelo de olan, y yo con mis preocupaciones colombianas de consideracion hácia las señoras, tomándola por tal, levanté el pañuelo y quitándome el sombrero para saludarla con respeto, le presenté su perfumado batista. La contestacion fué darme un apreton en la mano, muy significativo, y engarzar su brazo del mio sin decir una palabra. Lleno de admiracion, la miré con estrañeza, apartándome, para hacerle comprender que sin duda se habia equivocado; pero sin desplegar los labios volvió á darme un apreton capaz de magullarme el brazo, Entónces comprendí que estaba al lado de una indigna loreta y le volví la espalda con desprecio. Mas tarde supe que esas bellas y lujosas cortesanas, que se cruzan á millares por las calles de Lóndres, se valian siempre de artificios como el del pañuelo para sus impudentes provocaciones.

Todas esas mujeres son como estatuas, á juzgar por su exterior. Hermosas admirablemente, frias y calculadoras, sin gracia ninguna en su actitud, recargadas de seda, volantes y cadenas (fruto de su degradacion), y siempre con el ojo atento á adivinar al extranjero que pasa por delante para atraerle con demostraciones descaradas, esas mujeres son la ignominia mayor de Lóndres, mil veces mas despreciables que el ratero ó el mendigo borracho á quien pisan al pasar. Feliz el viajero que, sabiendo estimar su propia dignidad y toda la santidad y el espiritualismo del amor, desdeña á esas mujeres,—mercancías que se venden públicamente al mejor postor, sin pensar en el hospital que las aguarda para el tiempo de la miseria, la fealdad y el remordimiento!

Uno de los rasgos característicos de Inglaterra es la tendencia hácia la ostentacion aristocrática, que se manifiesta en todas las clases, y sobre todo ¡quien lo creyera! en los mendigos y las gentes mas miserables. En Inglaterra, y particularmente en Lóndres, el indigente carece de la conciencia de su posicion. Si hay un estado que exija mayor dignidad ó estimacion de sí mismo para soportarlo, es el de la pobreza. El indigente debe llevar en su exterior la lógica de su indigencia, que es su dignidad. Pero eso no sucede en Lóndres, la tierra clásica de la librea y la ostentacion. El mendigo se viste como el lord, con la casaca del conde ó baronet, del banquero ó del ministro, con la diferencia de que los vestidos de estos son brillantes, limpios y magníficos, miéntras que sobre los miembros del obrero enhambrecido ó del indigente que pide limosna están asquerosos y hechos hilachas.