He visto innumerables fruteras en las calles con gorras y chales de las señoras aristocráticas;—los limpiabotas cubiertos de oropeles y bordados, y los salta-caños y chimny-sweepers (frotadores de chimeneas) ataviados con casacas y sombreros que en su primera época de servicio activo cubrieron á millonarios y lores del Parlamento. ¿Por qué esos disfraces innobles y ridículos que hacen de la escena pública un carnaval? El espíritu aristocrático y la vanidad los explican. El lacayo hereda los ricos vestidos del amo, ya usados;—el mercader de trapos se los compra al lacayo cuando están viejos;—el remendon y el limpia-botas los toman del ropavejero, ya remendados, y al fin, cuando los harapos galonados empiezan á deshacerse de viejos é inmundos, llegan hasta donde el mendigo ó el salta-caños, en cambio de algunos peniques. ¡Tal es la sucesion de las clases sociales en Lóndres! Ellas descienden de lo mas alto hasta lo mas bajo, sin que en todas las gradas de la escala falten el orgullo, la vanidad y el espíritu de ostentacion é imitacion.

Es increible hasta dónde llega la fecunda inventiva de los vagamundos, los caballeros de industria, grandes y pequeños, y los perezosos é indigentes, para crearse pequeñas manipulaciones y oficios de explotacion de los ociosos, en infinita variedad. Podrian escribirse volúmenes enteros solo para explicar las mas conocidas de esas pequeñas industrias que ocupan á los que quieren vivir en la vagancia, degradándose en las calles con ejercicios que son el deshonor de la sociedad, porque presentan al sér racional como inferior al bruto. Entre esas industrias hay una que tiene verdadera utilidad, pero que provoca la risa por su original extravagancia: la del hombre-aviso. Como Inglaterra es el país de los anuncios y los rótulos en supremo grado, no se considera bastante hacerlos circular en los diarios y en los cartulones de las esquinas, y así como hay individuos-escobas y de peor condicion aun, hay hombres-avisos. El hombre-aviso es de dos especies: parlante ó berreante, y de bulto; el primero no tiene mas oficio que andar por las calles dando gritos atroces, que parecen graznidos de un ganso, cuando no berridos de un ternero, haciendo saber al público un suceso industrial cualquiera, con la direccion del empresario ó interesado en el asunto. El segundo es un aviso mudo: el pobre diablo va metido entre un enorme farol de papel ó de género blanco, iluminado durante la noche, en cuyas cuatro faces está escrito en letras monumentales el anuncio de alguna empresa, artículo en venta ó cualquier otro objeto; y la obligacion del portador ó esquina ambulante es vagamundear por todo Lóndres, en absoluto silencio, mostrando su armazon elocuente, y soliendo á veces, por via de figura oratoria, estrellar su farol contra las narices de algun pasante distraido. El hombre-aviso gana por dia tres, cuatro ó seis peniques, cuando mejor le va!

Si en general los saltimbancos innumerables de las calles no inspiran sino desprecio por su desvergüenza en escamotar, y si los mil y mil vagamundos de órgano berberisco llevan su impertinencia hasta hacer desesperar, hay entre las muchas clases de artistas y pobres ambulantes una que suele inspirar simpatías al viajero:—es la de los músicos. Verdad es que muchas veces el músico de callejuela ó de plaza no es mas que un perezoso y un vulgar rascador de violin ó de arpa, sin gracia ni atractivo alguno; pero de tiempo en tiempo se da con bandas de verdaderos artistas nómades que encantan y merecen aplausos y favor.

En una de mis nocturnas excursiones en Lóndres me hallé cerca de siete ú ocho músicos italianos que daban un concierto público en una esquina de la gran calle del Regente. La tropa tenia mucha popularidad, porque se componia de proscritos Italianos de Milan, Venecia, Roma y Nápoles, hombres de familias honradas, y que careciendo de recursos para subsistir habian organizado una compañía filarmónica para no ser gravosos á nadie y vivir honradamente. Como en Italia todo el mundo sabe algo de música, y el pueblo entero es artista, fácilmente se forma con Italianos proscritos una banda escogida.

Creo que jamas la música me habia impresionado tanto como aquella noche. Los ocho artistas tocaban por nota deliciosamente, sobresaliendo en el violin y la flauta, y pude saborear las admirables cavatinas y particiones de Norma, il Trovatore, la Traviata y el Himno de Italia. Aquellas armonías,—los recuerdos de Colombia que me hacian evocar,—esas caras varoniles, de barba negra y crespa, llenas de la melancolía del proscrito y de la del artista,—el efecto de la iluminacion sobre el inmenso grupo de espectadores, y sobre todo, la profunda emocion con que el concierto me hacia pensar en la desventurada y noble Italia, cuyos hijos sufrían la esclavitud, el calabozo ó la proscripcion, sin perder nunca la esperanza de la libertad y la independencia: todo eso contribuyó á dejar en mi alma un sentimiento de indefinible pesar que no he olvidado nunca. Después de poner mi óbolo humilde en él gorro de uno de los artistas proscritos, me alejé acongojado, sintiendo que llevaba en mi oido como el eco vago de los últimos aires del himno italiano, y orgulloso de haber nacido en el seno de la democracia para poder ofrecer desde el fondo de mi corazon un voto de fraternidad á los hermanos oprimidos.

Cuando volvía pensativo, en la dirección de Hyde Park, pasando por entre los grupos animados de la opulenta calle de Oxford, me decía con tristeza: «¿De qué sirve toda esta grandeza deslumbradora, si ella es el testimonio de un malestar profundo consistente en las mas crueles y dolorosas desigualdades? ¿Es esta la civilización? ¿Es este el progreso, ó es mas bien la decadencia? ¿Esta sociedad no está en peligro inminente de una descomposición completa? ¿Este coloso que se llama Inglaterra no está minado por su base?» No encontrando fácil solucion á tales problemas, y comparando á Lóndres con los pobres pueblos de Colombia me dije luego: «Nó! la civilizacion no es el refinamiento del bien y del mal, no es la exuberancia de prodigios, de invencíones y descubrimientos! La civilizacion es justicia, es el acuerdo de la sociedad con la naturaleza, es la armonía de los hechos humanos con el derecho eterno y divino, es la equidad en la distribucion del bien—herencia divina—no del mal, que es un accidente del error! Ese heróico y hospitalario pueblo de Colombia no es una sociedad bárbara, como la califican los afortunados en Europa, puesto que allá ninguno se muere de hambre, la igualdad avanza dia por dia, el corazon es generoso, la nocion de la justicia es mas general, y el desgraciado no necesita para buscar la subsistencia de entregarse á oficios infamantes que degradan el alma, envenenan el corazon y hacen descender la humanidad hasta el nivel del bruto!…»

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Solo á los genios privilegiados es dado adquirir la nocion de la verdad por intuicion; el comun de los hombres no conoce otra via que la de la comparacion. Como en las cosas humanas casi todas las verdades son relativas, porque lo absoluto en la tierra excluye la idea del progreso indefinido, nada puede conducir el espíritu hácia la luz tanto como la observacion de los contrastes.

Lóndres, esa mole colosal de grandeza y podredumbre, de oro y de hierro, como de lodo y amarguras, es por excelencia la metrópoli del romanticismo social. Allí el drama se confunde con la comedia, como el millonario se codea con el mendigo, el dandy superficial y afeminado con el bandido de larga experiencia en los misterios del crímen, y la elegante y bellísima lady de esmerada cultura y candorosa pureza con la meretriz infame que vive del inmundo comercio de la lujuria.

Pero el tiempo y el desórden en las construcciones de la gran ciudad han confundido los escenarios del drama, de tal manera que el observador no necesita de largas peregrinaciones al traves de los barrios desiertos para descender al abismo de miseria y degradacion que se esconde bajo el oropel y la ostentosa opulencia de una industria exuberante pero viciosa en su organismo. El cuadro se ofrece allí con una pasmosa energía, presentando á la sociedad de Lóndres como uno de esos suntuosos palacios, entre cuyos bajos relieves, mármoles, cornisas doradas y preciosos mosaicos se complace la brutalidad de los ociosos en trazar caricaturas y mamarrachos con carbon, ó pegotear inmundicias de todo género.