No tuve en 1868 tiempo para estudiar detenidamente las condiciones de la sociedad inglesa, ni aún de Lóndres siquiera, y si pretendiese pasar por conocedor, cien libros me servirían para ostentar el barniz del viajero erudito. Pero mi propósito es describir mis propias impresiones, no las ajenas, y por tanto mis pequeños cuadros solo pueden abarcar algunos pormenores. Mas tarde debía adquirir, en un viaje completo por la Gran Bretaña, las nociones que me faltaban. Entretanto, pintaré lo que he visto, rápidamente es cierto, pero guiado por el deseo de encontrar la verdad.
Lóndres tiene aglomeradas sus principales miserias en el inmenso barrio de Southwark comprendido entre la parte fronteriza de los Docks de Lóndres y Vauxháll Gardens, con el Támesis de por medio que lo separa de los cuarteles de Westminsfer, el Strand y la City,—y ademas en el corazon de los barrios mas activos y opulentos de la vieja ciudad. En el primero de esos territorios de la miseria viven amontonados, enhambrecidos y generalmente miserables, mas de novecientos mil individuos. Allí se encuentran fábricas valiosas y en número muy considerable, tienen su término tres grandes líneas de ferrocarriles, hay cinco ó seis pequeños parques ó jardines públicos, vastas arterias de comunicacion y un gran movimiento que ensordece,—no obstante que, en lo general, esa es la peor de las inmensas porciones de poblacion que constituyen á Lóndres.
¡Pero qué de tristes compensaciones de lo que en ese barrio interminable revela algun bienestar! Es allí donde viven los ociosos amontonados como brutos, harapientos, semi-proscritos como gitanos, lívidos como el hambre que los devora, y hormigueando en las callejuelas, los sucios y ennegrecidos patios y las cloacas, como semilleros de gusanos. Es allí donde vagan ciento ó doscientos mil obreros sin trabajo, levantando su triste clamoreo por do quiera, ostentando sus harapos, pidiendo limosna á todo el mundo, aplacando el pesar con la embriaguez, y ofreciendo en sus riñas, sus escenas de pugilato y sus mil actos de brutalidad salvaje el espectáculo de la cólera, la degradacion y la miseria á que la falta de trabajo, la absoluta ignorancia y los vicios de la ociosidad los han conducido.
Pero el cuadro es muy extenso. Como una enorme serpiente que enrosca sus anillos y se intercala por entre las hendeduras de un viejo tronco roido, dejándose ver de trecho en trecho, pero asida á todas las sinuosidades, la miseria oprime á Lóndres y la estrecha en todas direcciones, asoma en todos los barrios y parece asfixiar con su aliento y su presion horrible á la parte de la sociedad que vive en la abundancia ó en la loca indolencia del lujo sibarita. Varias veces, al recorrer las brillantes calles de Oxford y el Regente, las bellas plazas cubiertas de jardines (squares) ó las calles enlosadas, ámplias y repletas de gente en actividad incesante, donde se ostentan los tesoros del Strand y de la City,—tesoros de arte, de elegancia, de industria colosal y maravillosamente avanzada;—al recorrer esas calles, repito, pensaba con tristeza que á dos pasos de allí está una raza proscrita del bien y de la vida,—raza de mendigos y bandidos, de prostitutas y muchachos hambrientos, de criaturas condenadas á la mas espantosa degeneracion, que se revuelcan en el fango físico y moral, como un sarcasmo animado que desmiente la civilizacion sofística de los barrios vecinos.
Los barrios que sirven de asilo ó de foco principal á esa raza degradada son los de Saint Giles, Spitalfields, Bethnal-Green y White-Chapel; pero no todos tienen el mismo destino ni una situacion análoga. Si San-Gil ocupa el centro mismo de Lóndres y es principalmente el barrio de la indigencia, la inmundicia y la suprema desnudez,—Bethnal-Green y Spitalfields son los asientos del vicio en todas sus formas y con toda la hediondez de la crápula infame,—en tanto que White-Chapel, que recoge sus reclutas en las filas de la miseria, es la espantosa madriguera del crímen. El ser que en San-Gil es mendigo hambriento y lastimoso, en Bethnal-Green es jugador, concupiscente y ebrio, y en White-Chapel se convierte en bandido.
No pude tener ni el tiempo ni las facilidades necesarias para visitar con provecho los barrios de Bethnal-Green, White-Chapel y Spitalfields, muy excéntricos y complicados pero vecinos de las extremidades lejanas de la City. Hube, pues, de limitarme á San-Gil, á donde es fácil penetrar por cualquiera de las grandes calles del centro aristocrático. Y con todo, mis visitas, que no pasaron de dos, fueron diurnas, escogiendo algunas de las callejuelas mas horribles, como la de Church-Lane, tan á la vista de todo el mundo que desemboca nada ménos que en la espléndida calle de Oxford y el Strand.
El barrio de San-Gil está enclavado, como un cangro ulcerado y fétido, entre las magníficas vias públicas de Picadilly, la plaza de Trafalgar, el Strand y las calles de Regent, Oxford y Holborn. Una red inescrutable de callejuelas oscuras y estrechísimas, de patios húmedos ó infectos, de calles tapadas ó laberintos sin salida, de cuevas y guaridas horribles, con alguna que otra plazuela que horripila por su mugre,—tal es la estructura exterior ú ostensible del barrio de la muerte que se llama San-Gil! Dicen que aquello es aún mas espantoso durante la noche que en el dia; y lo creo así, porque aún á la luz nebulosa de las doce de la mañana sentí, al recorrer una parte de ese laberinto, una impresion de angustia, de dolor y espanto que jamas habia experimentado. Los cabellos se me erizaban, la carne me temblaba, sentia la sangre helada y la respiracion difícil, y algo como un sudor frio, como un vértigo de horror, me hizo, despues de dos horas de exámen la primera vez, decirle al amigo bondadoso que me guiaba: «¡Salgamos, salgamos de aquí, porque en esta cloaca se siente la tentacion de blasfemar, se pierde la esperanza, la vida se esconde bajo el fango y se adquiere una idea de la degradacion humana que abruma y trastorna la razón….» Muchas de aquellas callejuelas se hallaban, aún á medio dia, en una oscuridad casi completa, producida por la estrechez de las casas y la elevacion de los muros; y muchos de los patios, los vericuetos y las encrucijadas de aquel cementerio de cadáveres ambulantes, tenian el frio, la fetidez y todo el aspecto de una fosa de cien cuerpos removida por los cerdos…. Donde quiera la oscuridad, cien agujeros sombríos, la humedad glacial, el fango pútrido, los muros negros y medrosos, los depósitos de inmundicias, los harapos enmohecidos por la mugre flotando delante de las troneras irregulares habilitadas con el carácter de puertas y ventanas…. Y al pié de cada uno de esos edificios cubiertos de ollín y de lama húmeda, una tumba subterránea! Allí no hay mas que tumbas, porque no hay mas objetos que abrigar que enjambres de esqueletos disecados por el hambre, la impiedad y la prostitucion!…
Como los edificios tienen cuatro, cinco ó siete pisos exteriores y las aceras distan entre sí dos, tres ó cuatro metros, cada callejuela tiene el aspecto de un abismo ó de una grieta enorme producida por algun terremoto en los estratos rocallosos de una montaña caliza. Los pisos ostensibles ó visibles se componen de una multitud de cuartos ó alcobas de lamentable desnudez, sin aire, luz ni fuego, amontonados en desórden, y á donde los miserables inquilinos trepan por andamios medrosos que no merecen el nombre de escaleras. Y sinembargo, como todo en el mundo tiene sus gradaciones, esas habitaciones, que son las de la aristocracia de la miseria, parecen paraísos en comparacion de las cloacas subterráneas que constituyen la base de cada uno de esos palacios de la lujuria en harapos y del hambre y la intemperancia!
—¿Tiene U. valor para entrar?—me dijo mi amigo cicerone, mostrándome un agujero practicado al pié del muro exterior de una casa mohosa.
—¿Entrar á dónde?—le contesté.