—Pues…al infierno! me repuso con profunda emocion.—Sí; aquí vive una parte de la especie humana, de la Europa civilizada,—en el corazon de Lóndres, como el enjambre de gusanos que vive en el centro de una hermosa fruta. Vea Ud.; asómese por ese hueco, y dígame despues si su Nuevo Mundo no vale mucho mas que esta podredumbre dorada….
En efecto, tuve valor para acercarme y ver…. Una estrecha escalera de piedra bruta descendia de la abertura ó puerta, practicada al pié del muro, al fondo de una cueva ó sótano húmedo y pestilente, sin mas luz que la muy confusa que entraba de la calle por entre los barrotes de una reja de hierro. El piso de esa cloaca era de tierra apénas apretada y estaba casi todo cubierto de montones de paja sucia y empapada por la humedad. Ningun mueble se veia en el centro, y solo en dos rincones se destacaban las sombras de algunas esteras de tamo en forma de colchones enrollados.
Entre uno de los montones de paja se movia un pequeño objeto revolcándose sobre algunos harapos: un grito agudo me hizo ver que era un niño. Muy cerca estaba sobre otro monton de tamo una vieja tullida que pocos momentos despues se arrastró sobre las manos y las rodillas para recoger la limosna que mi compañero le arrojó desde la escalera. En otro rincon roncaba un hombre, con ese estertor característico del sueño brutal de la embriaguez, tirado como un tronco negro, y á su lado se rascaba un perro que empezó á gruñir con desconfianza al vernos aparecer sobre la cima de la escalera. Cuando saqué la cabeza al aire ménos infecto de la callejuela, sentí como si me hubiesen sometido á la accion mortal de una máquina neumática….
—Oh! esto es espantoso! exclamé al respirar. No es posible que criatura humana viva allí….
—Y sinembargo, me dijo mi compañero, U. no ha visto sino la muestra. La cueva está vacía porque sus habitantes andan ahora por las calles opulentas buscando la subsistencia con la mendicidad, el hurto ratero, los mas viles oficios, los tratos de la prostitucion, ó los desperdicios, huesos y cortezas que recogen en las orillas de los caños ó en las puertas de los mercados y las tiendas de víveres. Cuando llegan las ocho de la noche, se ve un largo cordon de miserables que vuelven lentamente por sus oscuras callejuelas á buscar el rincon de sus cloacas. Hombres y mujeres, ancianos y niños, adultos que pasan de la pubertad á la vejez del cuerpo y del alma con una precocidad increible, por la accion de los vicios y de las privaciones,—todos van entrando, descendiendo esa escalera y aglomerándose como los insectos sobre una charca pútrida, para pasar allí la noche, confundidos, revueltos, medio ebrios, medio idiotas, extenuados de fatiga y hambrientos,—odiándose á veces mútuamente,—sin conciencia de su ser,—ni nocion de Dios, ni amor á la humanidad, ni resignacion, ni remordimiento, ni aspiraciones, ni esperanza….
—Hebetados por la miseria (continuó diciendo mi guia), estos seres no distinguen lo pasado de lo presente ni del porvenir, y como el bruto, solo comprenden que existen porque tienen hambre ó sed, cansancio ó frio, paja dura ó sueño…. El dolor no tiene para ellos ninguna significacion moral; su espíritu ha muerto asfixiado por la inmundicia que rodea la materia! Y apesar del hambre y del dolor físico, esos séres que se amontonan allí sobre esa paja enmohecida por la humedad, buscan frecuentemente los deleites asquerosos de la concupiscencia! Ahí los sexos se confunden, y entre las 30 ó 40 personas que yacen en el fondo de la cloaca sombría, suceden cosas que solo el ojo impasible de Dios puede mirar sin estremecimiento, y que no tienen nombre en el vocabulario de la civilización….
—Pero esas gentes que viven en los pisos altos ¿cómo pueden habitar tan espantosa madriguera?—le dije á mi interlocutor.
—Ellas viven donde les conviene, me respondió,—solo que, siendo menos miserables, pueden pagar alojamiento en las piezas altas, sin que por eso sea su degradacion muy inferior á la de los mendigos de los subterráneos. En esas piezas altas tienen sus puntos de reunion los caballeros de industria subalternos; ahí duermen los limpiabotas y los saltimbancos de menor cuantía, las fruteras de calle, los vendedores de baratijas, los músicos de callejuela, y multitud de vagos de diversas clases que no son literalmente mendigos; ahí esconden sus andrajos los rateros de alguna importancia y los pillos que especulan con las intrigas de los seductores; ahí descansan de su larga fatiga del dia, despues de doce ó diez y seis horas de trabajo, millares de esos pobres obreros ambulantes de pequeño salario, así como los repartidores de diarios y sus semejantes; y por último, ahí tienen su hogar envilecido las innumerables prostitutas y meretrices que hormiguean por las calles de Londres, pero que, por su fealdad, su edad ú otras circunstancias, no pertenecen sino á la plebe de las infames.
—Toda esta inmensa y heterogénea turba se levanta por la mañana, entumecida y macilenta, y al sentir el ruido cercano de los coches que circulan por las calles opulentas, recuerda que es en medio de su bullicio donde puede encontrar las limosnas y los desperdicios de la sociedad, ó la fácil explotación del orgullo, de los vicios ó la credulidad de los que se tienen por dichosos. Entonces, la chusma entera se cierne sobre Londres como una nube de cuervos, y el barrio de San-Gil queda desierto durante todo el dia….
Habíamos recorrido tres callejuelas y algunos patios y laberintos, y mi compañero, temeroso de que nos extraviásemos sin encontrar salida, me dijo: