—Salgamos de este país maldito. Lo que U. ha visto es suficiente, porque todo es igual, cuando no peor.

Cuando salimos á la plaza de Trafalgar, nos parecía que en realidad resucitábamos, ó que salíamos si no de un sepulcro, del infierno de una pesadilla estranguladora.

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¿Podía Inglaterra permanecer indiferente á ese profundo malestar, cuando la gangrena se manifestaba principalmente en el corazon de sus mas grandes ciudades manufactureras y comerciales? No! Inglaterra es el pais del egoísmo y del orgullo, pero esos mismos sentimientos que la deslustran le dieron la conciencia del peligro y la fuerza de aplicarse á conjurarlo. Ese mal crónico y profundo de la miseria y del vicio, fruto de la ignorancia de las masas, de la desigualdad de las condiciones sociales y de las leyes de privilegio, se palpaba y se palpa aún con suma intensidad, no solo en Londres, sino en Liverpool, Birmingham, Leeds, Manchester, Glasgow y otros de los grandes centros de población y movimiento industrial. El cangro abarcaba con sus fibras y raices todas las entrañas de la sociedad…. Se creyó posible disolverlo con emolientes y todo el mundo se puso á la obra de la beneficencia y la instrucción. Noble error, en cuanto á la primera parte de la obra. La miseria, el vicio que ella engendra, y el crimen que se deriva del vicio, no son mas que efectos de una causa orgánica. Si la instrucción prepara á la virtud, es impotente por sí sola para producirla: ella necesita por auxiliares la libertad, la justicia y el trabajo. La beneficencia no es mas que un bálsamo: alivia ó cálmalos dolores, pero deja subsistir el mal.

He ahí lo que ha sucedido en Inglaterra. El grito de desesperacion y agonía lanzado por la muchedumbre extenuada, corrompida ó culpable, despertó á los ricos ó afortunados de Inglaterra en 1847, y ese pueblo, que en todas sus manifestaciones es grande y fuerte, pero siempre fiel á las tradiciones y antipático á las reformas radicales, levantó donde quiera templos magníficos á la beneficencia bajo todas las formas anodinas, derramando el oro á montones para conservar su opulencia misma. La ruda Inglaterra sintió el peligro inminente de una profunda conmoción social, y tuvo vergüenza de su deshonor, publicado por todos los viajeros que estudiaban á fondo la organización tradicional de la poderosa Albion.

Hoy gasta Inglaterra mas de 35 milliones de pesos anualmente en solo las atenciones visibles de la beneficencia pública. Una suma tan enorme, y sinembargo tan insuficiente ¿qué es lo que revela? Si prueba la increíble riqueza de las clases acomodadas, revela aún mas la enormidad de la indigencia en que viven las otras clases,—es decir, la espantosa desigualdad con que, por la influencia secular de instituciones viciosas, se ha podido repartir el bienestar.

Despues de haber sondado el abismo de putrefaccion que se llama Saint-Giles y de haber escuchado las relaciones mas lamentables acerca de White-Chapel y los demás antros de la miseria en Londres, quise conocer lo que los afortunados hacen para conjurar el cataclismo que los amenaza. El contraste de los edificios es curioso. Se ven los grandes hospitales al lado de los grandes bancos; los hospicios repletos de gentes socorridas cerca de los almacenes repletos de mercancías, y las escuelas primarias y de artes y oficios á pocos pasos de las colosales fábricas. Todo eso establece el conjunto romántico de la vida y la muerte, de la opulencia y la desventura, de la especulacion y la caridad. Tal parece como si los capitalistas quisieran decir al observador: «Esas casas de asilo que se tocan con nuestros bancos son las válvulas de seguridad para nuestros tesoros; nuestros gastos de beneficencia figuran en nuestros libros como gastos de conservacion;—y cada guardián ó enfermero de esos hospicios y hospitales, cada preceptor de una de esas escuelas de harapientos (Raghed—Schools) es un obrero que trabaja indirectamente en servicio de nuestras especulaciones.»

Tal es el carácter de la beneficencia en Londres. Allí se gastan sumas enormes en hospicios, casas de asilo, hospitales y escuelas gratuitas de enseñanza elemental y de artes y oficios,—y estos establecimientos, en general, le hacen honor á Inglaterra. Pero todo eso es impotente: el mal sigue y el número de los indigentes aumenta sin cesar, no obstante el oro que se gasta para oponerle una barrera. Habladles á esos poderosos propietarios de tierras, á los altivos gobernantes, y á cuantos tienen en sus manos la fortuna y la fuerza,—habladles de una reforma decisiva que cambie la organizacion social para abrir campo á la regeneracion de las masas indigentes, ó de un sistema de emigracion gratuita bien dirigido para enviar á los demás puntos del globo los brazos que la industria necesita con urgencia,—y os responderán negativamente. Rechazarán la emigración por orgullo nacional, considerándola como humillante para el pueblo inglés,—y resistirán la reforma radical por egoísmo personal y orgullo de casta ó dé posicion social, como un trastorno de las leyes naturales, como el advenimiento de una igualdad absurda y disolvente.

Así, por conclusion de este capítulo, diré que he deducido de mis rápidas observaciones en Londres una conviccion desoladora: como el mal de la miseria es profundo, radical, inmenso, el remedio debe ser lo mismo; y como el remedio actual, por grande y ostentoso que sea en sus formas, es ineficaz en sustancia, la Inglaterra no tiene mas que tres caminos posibles para salir de la situacion presente: ó una reforma social completa y sin restriccion; ó la organizacion oficial de la emigracion gratúita, descargándose de millones de individuos sobrantes en su suelo, en beneficio de la poblacion del Nuevo Mundo (donde el trabajo los rehabilitaría); ó una revolucion terrible que aniquilaría por muchos años la opulencia de la Gran Bretaña.

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