La galería de estatuas, bustos y cabezas es encantadora. Tal parece como si la Europa inteligente, la Francia sobre todo, palpitase allí en esas fisonomías de yeso, que despiden con sus reflejos de la luz que les viene de la techumbre trasparente, no sé qué del rayo luminoso y del calor que agita los cerebros inspirados de Lamartine y Víctor Hugo, de Guizot y Luis Blanc, de Quinet y Michelet, de Jorge Sand y Alejandro Cumas, y de tantos otros pensadores ó escritores eminentes. Muchos de aquellos bustos son evocaciones históricas, porque son las imágenes de Voltaire y Rousseau, de Mirebeau y Danton, de Vergniaud y Chénier, de Chateaubriand, Byron, Walter Scott, Lamennais, Eugenio Sue, Balzac y muchos otros genios que pertenecen á la historia de la política, la filosofía ó la literatura.
Por lo que hace á salones artísticos, el Palacio de cristal contiene admirables cosas. No solo conserva una inmensa porcion de curiosidades que lo hacen rivalizar con los mejores museos de Europa, en lo relativo á antigüedades y artes plásticas, sino que tiene en los muros y artesonados de sus salones, como en los pavimentos, la imitación prodigiosamente fiel de los mas preciosos modelos del arte egipcio, griego, índigo, romano, morisco, gótico y del Renacimiento, que se han conocido hasta ahora.
La perfeccion imitativa es tal que la ilusion es completa. Ya recorre el visitante un salon egipcio que le hace evocar las sombras de los Tolomeos ó de Cleopatra, con sus relieves toscos, sus momias mitológicas, sus extrañas combinaciones de colores, su arte brutal y misterioso al mismo tiempo, pero expresivo, y sus interminables jeroglíficos. Ya penetra en una sala griega, sensual, poblada de recuerdos heróicos, revelando el arte por excelencia, que toma todas sus inspiraciones de la naturaleza, pero que, á fuerza de ser imitativo y plástico, carecia de ese espiritualismo, celeste ó sombrío, poético siempre, que nació con la idea cristiana. Ora, saliendo de los templos artísticos ó salones griegos y romanos, opulentos de tradiciones é historia, se recorren vastas cámaras que pertenecen al estilo gótico, profundamente inspirado, espontáneo, sombrío como una leyenda religiosa, caprichoso como los movimientos de la sociedad en recomposicion, fantástico, solemne en muchos de sus rasgos, revelador y caballeresco. Ora cruza el visitante esas salas-mosáicos, encantadoras, que pertenecen al afeminado pero poético estilo oriental ó morisco, con sus techumbres cuajadas de filigranas, sus mil colores pintorescos, sus caprichos de inspiración, su regularidad de ejecucion, su voluptuoso refinamiento de combinaciones. Aquí está la «sala de los Abencerrajes;» allí la de «las Sultanas»; aún lado.«el patio de los Leones»; al otro «el retrete de Boabdil»; en fin, todos los primores de la Alhambra y los recuerdos de Granada y de la gentil dominacion morisca.
Por último, llaman la atencion dos preciosos salones que imitan la arquitectura interior del Renacimiento,—regular, simétrica, demasiado imitativa, delicada y culta pero sin espontaneidad;—llena de perfiles, de relieves mitológicos, pero exenta de atrevimiento, de verdadera inspiracion, de vida. El tránsito de uno á otro de esos salones primorosamente esculpidos y pintados, de tan magistral imitacion, es inolvidable: la impresion que deja es profunda,—porque es una mezcla de admiracion y tristeza respecto de lo pasado; de santa y silenciosa veneracion tributada al genio de la humanidad misma, y de esperanza suprema en el progreso y el bien del porvenir, que se funda en la idea de la indefinida renovación de las fuerzas vitales de la especie humana.
Allí, en esa serie de galerías admirables (que reproducen el arte cosmopolita, desde la India y la China hasta la Bretaña, y desde el Egipto hasta la patria de los Aztecas ó los Incas)—el visitante cree asistir á una justa literaria mantenida por todos los estilos ideados por el genio de los pueblos; ve pasar en tropel todos los siglos con su cortejo de creaciones propias y mitologías; y quisiera descifrar en los relieves y las inscripciones, en los mosaicos y arabescos, en los inescrutables jeroglíficos y las trasformaciones plásticas, el misterio de la civilización que, conducida por el tiempo, va propagándose ó reproduciéndose como el movimiento del Océano, de onda en onda y de reflejo en reflejo, sin acabar nunca, porque entraña la idea de lo infinito, de lo divino y supremo, de Dios invisible y Creador!
Si muchos de los salones están en el palacio consagrados al culto del arte y de la historia, hay otros, espaciosos como jardines, verdaderos bosques en miniatura, que reproducen los caprichos de esa suntuosa y perfumada arquitectura de la naturaleza, que se llama vegetación. ¡Qué de primores aglomerados allí! Tan presto se cruza un jardín europeo, literalmente cuajado de tesoros de jardinería refinada, donde la rosa y la camelia alternan con mil otras flores educadas con el arte mas minucioso y delicado; como se pasa por en medio de un vasto huerto colombiano, bajo las anchas hojas del plátano, de la caña de azúcar y de las palmas de chontas, hacumas y cocoteros, y rosándose con las cepas de pinas olorosas, las lianas flexibles y aéreas, las parásitas mas bellas, los helechos arborescentes mas elegantes, y muchas plantas de hermosura en extremo caprichosa, que crecen á una temperatura artificial propia y al derredor de anchos estanques de lecho musgoso, donde se agitan los peces de la zona tórrida entre las yerbas acuáticas entretejidas caprichosamente.
Pero hay sobre todo un salón vastísimo, imitando la naturaleza de la India, que produce la mas viva ilusión. Arroyos, fuentes, pequeñas cascadas, peñascos sombríos y musgosos, todo está preparado allí con cuidadosa imitacion, poblado el escenario de las plantas especiales y mas interesantes.
En el fondo reposan la enorme serpiente enroscada al pié del peñasco, en medio de la hojarasca; el terrible león dormido á la entrada de su gruta sombría; la pantera lamiendo tranquilamente á sus cachorros, con la voluptuosidad del calor de aquel clima de fuego, a la sombra del árbol indostánico.
Y a un lado, al través de un bosquecillo de pequeñas palmas, se deslizan cautelosamente seis ú ocho indios armados de sus lanzas, sus cuerdas y sus mazas y dardos, en persecución de un tigre negro, cuyos ojos chispean y en cuyas garras y contracciones musculares se ven las crispaturas del miedo y de la rabia feroz que dominan á ese gran bandido del desierto, cuando se ve atacado y se dispone á destrozar para defenderse.
Los grupos son muy naturales, y tanto que por momentos siente uno el terror de la realidad, creyendo oir entre el tupido bosque el grito salvaje del indio cazador ó el rugido de la fiera acosada. Las actitudes de los indios, su casi completa desnudez, sus miradas astutas, sus rostros mates y cobrizos, sus armas primitivas, todo en fin revela ó finge en esas estatuas de cera, la vida, la pasión, la energía de su modo de ser y de su peligrosa situación del momento.