La India está allí, con su grandeza que asombra, con sus cosas terribles, sus estranguladores, sus mitologías que espantan, sus miserias sociales, su exuberancia física que abruma al espectador nacido en Occidente….

Para hacer mas vivo el contraste, la música de un gran concierto resonó de repente bajo la inmensa bóveda de cristal. Era sábado, dia en que los visitantes pertenecen á la buena sociedad, porque se da en el palacio un gran concierto y la entrada cuesta el doble de los demás dias de la semana. La concurrencia era muy numerosa, y el vastísimo salón de los conciertos particulares estaba colmado. Salí de la India para pasar á Europa, trocando las escenas salvajes por las arias y overturas de la civilización refinada; y á fe que no gané gran cosa con el cambio.

La música inglesa, á juzgar por aquel concierto ruidoso, no es muy delicada ni noble. Había en los acordes del salón no sé qué de vulgar y prosaico, de áspero y poco espiritual, que me desagradaba en extremo, no obstante mi ignorancia del arte musical. El canto era todavía peor. Una señorita Luisa, que estaba muy en boga como cantatriz indígena en aquellos días, hizo el gasto principal, en algunos solos, dúos y tercetos, que el público la estimuló á repetir. La ejecución era correcta, como una factura inglesa; la voz pura y deliciosa por el timbre espontáneo; pero le faltaba el calor de la inspiración, el entusiasmo, la vida. Así es la sociedad inglesa en punto á bellas artes; muy correcta, pero fria, sin expansion ni fuego. Hay no sé qué de parsimonioso en la cantatriz ó el artista inglés, en lo general, que hace pensar, al través de la armonía, en las letras de cambio, los navios mercantes de las Indias Orientales y las fábricas de madapolanes. El pueblo británico es una sociedad de fuerza y grandeza sociales, que no se amalgaman bien con las delicadezas del arte y las inspiraciones fantásticas de la poesía. El público del palacio el dia en que lo visité, era en general muy escogido; y sinembargo, sus mas ruidosos aplausos fueron para un coro vulgarísimo pero extravagante (en inglés, se entiende), que tenia todas las apariencias de los gritos atroces—hip-hap-hurrah!—con que los Ingleses alborotan todas sus diversiones y sus banquetes. La Inglaterra es un pueblo positivo, honrado y calculador, pero de muy mal gusto y de costumbres demasiado prosaicas.

Cuando salí del Palacio de cristal, por necesidad, porque la noche se acercaba, me parecía que una fuerza secreta me retenía, fascinándome y debilitando mi voluntad. Después de penetrar á ese templo colosal del arte, de la historia y de las maravillas diversas de la civilizacion universal, no quisiera uno salir jamas. Se desea seguir viviendo allí con las sombras y los recuerdos de todas las generaciones, y entregar el corazon y el alma á la voluptuosidad de los contrastes y de una admiracion sin limites.

Diez minutos despues de alejarme de aquel monumento que es el orgullo del poder industrial de Inglaterra y el mas noble testimonio de su cosmopolitismo civilizador,—arrastrado en el fondo de un vagón por ese huracán de hierro que se llama locomotiva, sentía esa sensación vaga que nos queda siempre en la memoria después de un sueño magnífico. Me parecía ser el juguete de una ilusión,—de un encantamiento sin nombre ni semejanza, en cuyas sombras, luminosas vagaba la espléndida imagen de Colombia; pero luego, al sacudir el mágico estupor me decía: No! esto es todo verdad;—es la realidad del progreso; es la fotografía admirable de este ser múltiple, imperecedero, divino, conducido por la mano de Dios en su peregrinación al través de los siglos, que tiene por nombre HUMANIDAD, y que va elaborando dia por dia, momento por momento, sobre la faz entera del globo, esa inmensa obra de luz, fuerza, vida y bienestar que nos protege á todos y se llama la CIVILIZACION!…

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Aparte de lo que llevo rápidamente indicado, Londres tiene muchos, muchísimos objetos dignos de estudio atento, porque son del mayor interés para la ciencia, la industria, el comercio y la vida social.

Sus centenares de imprentas y otros establecimientos destinados á la publicidad del pensamiento, merecen mucha atención, por su grandeza, la enormidad de su producción y los brillantes progresos á que han llegado el mecanismo y el arte tipográfico.

Baste decir que hay imprentas, como la del Times, que dan ocupación permanente á millares de escritores, compositores, correctores y empleados de todo género, y cuyas prensas colosales, que tienen las proporciones de un edificio, producen por dia mas hojas impresas que las prensas reunidas de toda Colombia.

La estructura material del Banco de Londres, su administracion, su riqueza prodigiosa y su manera de funcionar, son objetos que por sí solos provocan la atencion y la curiosidad del viajero deseoso de comprender y apreciar las condiciones económicas de la Gran Bretaña. Aturde el pensar nomas en el valor de las transacciones de cada dia que se verifican en el Banco de Londres, sin contar centenares de bancos particulares que gozan de un inmenso crédito y guardan en sus cajas y subterráneos mas dinero del que hay repartido en todo el mundo. Es de esos Bancos que sale la savia que vivifica todas las empresas industriales del globo; y es en los gabinetes de esos banqueros millonarios, como Rothschild, donde se combinan las mas colosales especulaciones de canales, telégrafos, ferrocarriles, minas, etc., para todos los continentes,—ó se resuelven las grandes cuestiones de la política internacional, á virtud de los empréstitos y otras combinaciones.