La Bolsa, edificio monumental, como el del Banco de Inglaterra, no es ménos interesante, ya por su organizacion, ya por el papel complicadísimo que hace en todas las operaciones económicas y los grandes sucesos políticos. La Bolsa de Londres es el termómetro infalible del crédito, de todos los gobiernos y de los grandes bancos del mundo, del movimiento general de la política, de las fluctuaciones de los cambios y del valor de la moneda, así como de la popularidad de las empresas mas notables. Inmenso santuario del crédito, la Bolsa es al mismo tiempo la necrópolis de mil fortunas derrumbadas y consumidas allí, y la cuna de mil otras que se levantan de improviso sobre las ruinas de los imprudentes, los engañados ó los que cuentan demasiado con los caprichos de la suerte. Vorágine para unos,—onda benéfica para otros, la Bolsa—océano del crédito y la especulación—tiene la pérfida movilidad del mar, guardando en su seno inescrutable la vida como la muerte. Dios libre á los pueblos colombianos de esa institución, á pesar de los grandes servicios que puede prestar! Los pueblos republicanos no necesitan para medir su prosperidad y su crédito de otro termómetro que el de la libertad y la opinión.
Los vapores, la Aduana, la Casa de correos, las estaciones de ferrocarriles y telégrafos, los institutos voluntarios y populares de beneficencia, las sesiones del Parlamento, y muchos otros objetos de carácter público, exigen en Londres un estudio detenido y muy concienzudo;—así como sus grandes fábricas, que son el verdadero símbolo de la prosperidad de Inglaterra como país productor y comerciante. Pero ¿cómo investigar todo eso?—Estudiar tales objetos es conocer la Gran Bretaña, y para alcanzar semejante resultado se necesita de años de minuciosa observacion, recorriendo el país en todas direcciones. En tanto que no haya tenido esa fortuna debo confesar mi ignorancia, puesto que apenas he mirado, al pasar, una parte de la fisonomía exterior complicadísima de aquella gran sociedad.
Esto mismo me dispensa de hacer reflexiones generales que resuman el resultado de mis impresiones. No solo pasaría con justicia por un pedante insigne, sino que me expondría á ver contradichas todas mis apreciaciones, que tendrían mucho riesgo de ser equivocadas, faltándome el conocimiento del conjunto como de los pormenores. He dicho hasta ahora cómo he sido impresionado por lo poquísimo que he visto personalmente en Inglaterra. La observacion me dará mas tarde algún derecho para juzgar á esa sociedad que me ha parecido tan grandiosamente contradictoria en el primer momento.
Londres tiene también, como curiosidades artísticas, algunas plazas públicas muy notables, no por lo que son en sí mismas, sino por los bellos monumentos que contienen en su centro. De este género son: la espléndida plaza de Trafalgar, que contiene la estatua monumental de Nelson, cuya elevacion es de 276 piés, las de Jorge IV, sir Charles James Napier, etc.; la plaza de la Bolsa, donde se levanta la magnífica estatua ecuestre de Wellington; la de Cheapside, en cuyo centro está la figura severa y varonil de Robert Peel, el gran reformador inglés; Hyde-Park, donde se ven la estatua de Aquiles y otra de Wellington;—y otros cuantos squares que ostentan estatuas consagradas á hombres mas ó menos históricos.
En general esos monumentos son muy severos y sencillos, pero las estatuas ecuestres ó pedestres son de mal gusto y ejecucion artística imperfecta. La contemplacion de esos monumentos de la gloria de los grandes ciudadanos y de la gratitud ó admiracion del pueblo, me causaba profundo placer, porque en Inglaterra esas demostraciones no son obra de los gobernantes, sino de la espontaneidad de la opinion pública, que discierne el premio con independencia.
Un pueblo que sabe honrar la memoria de sus grandes ciudadanos, eternizándola en el bronce ó el mármol, en las plazas publicas, á la vista de todo el mundo, no puede ser jamas esclavo. Su culto consagrado á la figura inmóvil del patricio, mantiene el fuego del patriotismo, el orgullo nacional legítimo, y el estímulo que impele á buscar la grandeza y la gloria en los actos sublimes de abnegacion, desinteres ó heroismo. Y el día de un conflicto popular, la multitud sabe que su punto de reunion es al pié de la estatua venerada, porque ella le recuerda al ciudadano lo que valen el derecho, la libertad y el honor del individuo y de la patria.
Sin embargo del grandísimo interes que encierra Lóndres, esa capital-nacion, millonaria en todos sentidos, no se siente una impresion penosa al dejarla, Cuando uno llega á los últimos suburbios de la inmensa metrópoli (viniendo de Colombia), experimenta una sensacion inexplicable, en la cual hay como una mezcla de miedo y curiosidad, de ilusion fantástica ó fascinadora y duda, Uno se prepara á no encontrar donde quiera sino grandeza y maravillas.
Al salir de Lóndres con direccion á Paris (de cuyas condiciones se tiene por prevencion una idea muy simpática) el viajero no siente ni alegría ni tristeza, sino laxitud, cansancio ó cierta indiferencia. Lleno de desengaños, lleva la impresion del contraste social que se revela en la suprema opulencia y los mas admirables progresos de la civilizacion, al lado de supremos infortunios, horribles desigualdades, y espectáculos de miseria y degradacion increibles y jamas conocidas en el Nuevo Mundo. Así, al dejar á Lóndres se siente no sé qué alivio, porque se ha librado uno de aquel hormigueo de gentes que desvanece, de aquel inmenso ruido que aturde, y de la fascinacion opresora de tanta grandeza (en lo bueno como en lo malo), que le arrebata al espíritu su libertad de acción y su personalidad.
—El 23 de marzo, á las ocho de la noche, esperaba yo en la vastísima estacion de London-Bridge el momento en que debía partir el tren expreso por el ferrocarril de Dover. Las gentes de la Aduana hacían su oficio, pesando los equipajes, sellándolos, etc., de manera que, desentendiéndome de mi equipaje, pude ir hasta París libre de registros é incomodidades fiscales. Al cabo se oyó el silbido prolongado de la locomotiva;—tomamos nuestros asientos en los mullidos vagones, y partimos como el huracán bajo las sombras interrumpidas de las bóvedas del embarcadero y de los túneles del camino ya léjos de la ciudad, la cual parecía un colosal fantasma, de formas extravagantes é indefinibles.
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