CAPITULO VI.

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DE LONDRES A PARÍS.

En el wagon.—Dover.—El paso de Calais.—La entrada á
Francia.—Calais.—Amiens.—Las ceroanias de Paris.

Toda descripcion me seria imposible si pretendiese dar una idea muy somera al menos del paisaje interesante que se extiende a los dos lados del ferrocarril, desde Lóndres hasta Dover. La rapidez de la marcha y la noche me impedian mirar siquiera los objetos exteriores. La luna brillaba con esa triste palidez que le dan á su lumbre las nieblas heladas del mes de marzo; y si de trecho en trecho reverberaba un parque, un pequeño canal, ó los muros blanquecinos de un puente;—ó se destacaban á uno y otro lado las sombras majestuosas de las arboledas, los castillos rurales ó los edificios de algunas poblaciones ó pequeñas ciudades,—la variable escena tenia un aspecto fantástico, mas propio para impresionar al poeta que para ofrecerle nociones provechosas al viajero.

En el interior del coche (wagon) en que iba yo con mi familia, habia un interes de otro género, curioso en realidad, como lo es todo cuadro de costumbres. Los ocho asientos del mullido coche se completaban con un Inglés y una pareja francesa. El Inglés, especie de tonel de dimensiones colosales, roncaba y silbaba como la locomotiva, entregado al mas profundo sueño. Parecia que el movimiento del tren, lejos de incomodarle para dormir, le diese con su andar rápido y vibrante una especie de dulce vaiven. Con todo, de cuando en cuando se despertaba sobresaltado, como si algún resorte le hiciese saltar; y dos veces le oimos pronunciar dormido, las palabras a thousand pounds! (mil libras) con un tono de alegría muy notable. Acaso el buen John Bull soñaba con alguna especulacion ventajosa. Un Inglés hace negocios hasta dormido.

La pareja francesa era uno de esos matrimonios bourgeois que son el término medio entre la vulgaridad y el buen sentido. Como yo hablaba en español con mi familia, ó algunas veces en mal inglés, los dos Franceses creian poder charlar francamente en su propia lengua sin temor de ser comprendidos. La señora, Francesa bastante bella (cosa rara en una Francesa), mostraba los mas vivos deseos de volver á Paris por gozar de los placeres de la moda, que parecían su sola preocupación; en tanto que el marido solo pensaba en futuras especulaciones, profundamente penetrado del espíritu yankee. Por sus disputas extravagantes y grotescas comprendí que venían del interior de los Estados Unidos, donde habían pasado algunos años y hecho fortuna.

El contraste que hacían los dos tipos me interesaba, porque en cierto modo me daba la clave del carácter francés en ambos sexos. El Francés, sumamente elástico por temperamento, aunque conserva en todas parles su espíritu burlón y mucho de su jovialidad superficial y sus rasgos distintivos, se acomoda fácilmente á todas las situaciones. Saliendo de su patria con instintos generosos, se metaliza en los Estados Unidos, si la fortuna le protege, y vuelve Yankee por todos cuatro costados. Un Francés se hace Turco ó Chino, si es necesario, adquiriendo todas las condiciones de la raza ó la sociedad adoptiva, con rara facilidad.

La Francesa, muy al contrario, conserva su personalidad en todas partes. Ella es siempre coqueta (en la acepción inofensiva de la palabra), y lejos de adquirir la altivez de la Inglesa, la austeridad algo gazmoña de la Española, la modestia apacible de la Alemana, ó la petulancia pretensiosa de la mujer de Norte-América,—se mantiene fiel á ese conjunto de ligereza y galantería, de independencia y seducción, de indiferencia aparente y futilidad constante, que constituye el tipo un tanto contradictorio de la Francesa. Por eso, no olvida jamas su preocupación dominante de buscar el placer, tributar culto á la moda, seducir por la gracia, y brillar donde quiera por los atractivos de un espiritualismo de forma (si se me permite la paradoxa) aliado á ese materialismo de las futilezas que tanto provoca á las mujeres en general.

El digno Inglés roncaba aún con toda la energía de un opulento abdómen, y nuestros dos Franceses disputaban todavía con calor sobre sus proyectos de vida parisiense, cuando el tren se detuvo en el embarcadero de Dover. Todo el mundo corrió hacia el puerto, en solicitud del vapor-correo que debia conducirnos á Calais, al través del canal de la Mancha. Eran las once y media, y la luna iluminaba melancólicamente la magnífica escena del pequeño puerto de Dover, en cuyo fondo se destaca, como un inmenso puente de mampostería y madera lanzado hacia las ondas, el muelle que facilita el embarque sobre los vapores. Dover (el puerto Dubris de los Romanos) es una ciudad relativamente nueva, pequeña pero muy bonita, perteneciente al condado de Kent; tiene una población de unos 16,500 habitantes, cuya vida es casi exclusivamente marítima, por sus ocupaciones, y está situada á 43 kilómetros de Calais, y 113 de Londres, siendo su costa la que mas se aproxima á la de Francia. Ademas es una plaza militar, con una extensa ciudadela que data del principio de este siglo; allí mismo tuvieron los Romanos una estación, y mucho mas tarde los Normandos una fortaleza, que fue sorprendida por los republicanos en la época de Cárlos I.