Aparte de la Aduana, que es un buen edificio, y de sus cómodos docks ó canteras para construcciones navales, Dover es interesante por la belleza de sus calles rectas y anchas, sus casas elegantes y su gran establecimiento de trabajo para los pobres, donde se fabrican en gran cantidad velas y cables y otros objetos análogos para la marina mercante. Como el paso de Calais es tan estrecho, y su servicio de vapores y correos tan bien mantenido, el puerto de Dover es quizas el mas frecuentado para las comunicaciones anglo-francesas. Dover es muy notable también por su telégrafo submarino, que lo comunica con Calais, y que fue el primer cable telegráfico establecido en Europa.

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Al separarse del muelle el vapor-paquete que me conducía á Francia, sentí una triple sensación profunda, que me mantuvo por mas de una hora sobre el puente, preocupado y en silenciosa contemplacion. Por una singular fortuna, el canal de la Mancha estaba tranquilo y luminoso como un lago terrestre, reposando bajo la luz apacible de la luna. La escena tenia un aspecto de dulce majestad que provocaba á soñar y entregarse á las memorias queridas.

Detrás, al norte, en el fondo del pequeño puerto, se destacaban las sombras gigantescas, abultadas por la optica del mar, de la aduana, los muelles, la estación del ferrocarril y otros edificios del puerto, quedando mas lejos, medio confusas entre los vapores de la noche, las moles de la parte interior de la ciudad. Y á uno y otro lado se extendía la costa británica, como una cinta mortuoria vastísima, de crespón blanco sobre fondo negro, tendida sobre el regazo del mar, cuyas ondas sollozaban de un modo casi imperceptible. La limpia estela del vapor brillaba con un resplandor mate y fosfórico; el cielo tenia una serenidad admirable, cuya hermosura hacia olvidar el frío glacial de la brisa,—y á lo lejos, en todas direcciones, se veian efectos de luz y sombra deliciosos, producidos por la suave ondulacion del mar.

Pero si ese espectáculo impresionaba mi corazón soñador y atraía mi curiosidad de viajero, encontraste de los paises entre cuyas costas navegaba, me produjo, como observador, una profunda preocupacion.

Al norte quedaba Inglaterra; al sur iba á descubrir en breve, la costa de Francia. De un lado tenia un pueblo libre, una tierra de independencia y de individualidad, país clásico de los viajes cosmopolitas, de las empresas universales, de la publicidad, del comercio, de la maquinaria y la marina. Del otro Francia, tierra de gloriosos recuerdos, pero algo versátil; infinitamente simpática, apesar de sus graves defectos;—país clásico de la ciencia y el arte, de la literatura y las heroicas hazañas,—de la omnipotencia social que suprime al individuo. En Inglaterra dejaba la libertad sin la igualdad. En Francia iba á encontrar la igualdad sin la libertad….

Me apartaba de la costa británica sin pesar pero con respeto. La Inglaterra es un país que no inspira simpatías, por muchos motivos, pero que conquista siempre la estimación, ó por lo menos el respeto.

El viajero siente muy bien, al alejarse, que aquella noble isla es el santuario y la esperanza de la libertad del antiguo mundo, y el puesto avanzado de la humanidad en la via del progreso.

Al acercarse uno á la Francia, cuando es republicano de Colombia, fácilmente comprende que, si su espíritu va á encontrar su verdadera patria (porque Francia es el país del pensamiento iniciador y de la actividad literaria), su corazón va á vivir, en cierto modo, en el silencio,—porque la Francia de hoy, modificada en lo moral y político, es un país donde el espíritu subyuga al sentimiento, donde no existe el ciudadano, y el individuo ha abdicado su personalidad en las aras de la comunidad social.

Cien minutos después de salir de la bahía de Dover, entraba el vapor en la estrecha y difícil rada de Calais, inabordable para los grandes buques. El puerto es tan malo y embarazoso, que solo al favor de un inmenso muelle, prolongado muy al exterior de los diques, pueden atracar los vapores para descargar. Después de una larga travesía sobre el muelle, que se hace á pié ó en coche, el viajero penetra á los estrechos salones de la Aduana, pasando sucesivamente, de antesala en antesala, bajo la inspección minuciosa de los guardas, empleados de aduana y agentes de policía.