Un momento distraído por la curiosidad de observar la estructura del edificio (en que la aduana está en combinacion con la estacion del ferrocarril), habia olvidado a la policía francesa, con esa tranquilidad del que nada tiene que temer y está habituado á viajar libremente en Colombia. De repente, una voz imperiosa me dijo:—«Vuestro pasaporte!» Desperté, y disimulando mi indignacion me dije por primera vez: «Ah! estamos en Francia; comencemos á ser sumisos.»—Presentamos los pasaportes, dimos nuestros nombres y pronombres, firmando para que comparasen los caracteres; y despues de sufrir durante cinco minutos las miradas escrutadoras de los cancerberos, la misma voz imperiosa nos dijo:—«Pasad!»
Pasamos bajo el umbral de la puerta crítica, y entramos al imperio frances. Para entrar á Francia no era bastante pisar el territorio frances: se necesitaba ser timbrado, registrado y filiado, ó pasar bajo las horcas caudinas de la aduana y la policía. La Francia, como nacion, no es un pueblo: es una aduana y un puesto de guardia. Al dar el primer paso, por entre filas de guardas y soldados, se comprende que se ha penetrado en una region donde reinan la burocracia y la policía. Y sin embargo, sería injusto (relativamente) si me quejara. Si el extranjero que llegaba solo era sometido á rigurosa inquisicion (sobre todo si tenia nombre italiano), el padre de familia, que no inspiraba desconfianzas iguales, era (en 1858) mucho mejor tratado por los dragones del fisco y de la policía.
Con todo, sería mucha candidez la del viajero que se fiase de esas apariencias. Las cosas están arregladas de tal manera en Francia, que ningun acto del individuo, aún el mas inocente, escapa á la vigilancia de la policía. En 1858 el cónsul en Lóndres, por ejemplo, no extendía el visa, sino despues de un examen minucioso que se le hacia al viajero, sin saberlo este, por un empleado de la policía secreta que lo observaba en silencio, y tomaba nota de la filiacion del individuo. Esa filiacion iba á Francia inmediatamente, y servia en la aduana para verificarla identidad; sin que uno se apercibiese de nada. Despues, al llegar á París, era preciso sufrir un huevo examen escrutador, tomar un coche que la policía conocia, hacer registrar el pasaporte, etc., etc.; y si se cambia de hotel ó habitacion, la policía tiene el informe al instante por medio de los porteros y los criados que son sus agentes secretos, por interes ó por miedo.
Calais es una ciudad antigua, de mucha celebridad histórica, bastante bien edificada en su conjunto, pero muy fea y de calles estrechas y tortuosas. Su poblacion no pasa de unos 14,000 habitantes, y no cuenta de notable entre sus monumentos sino la iglesia comunal, construida durante la dominacion inglesa (de 1347 á 1558), y que pertenece al orden gótico; el Hotel de Ville (casa municipal) y un magnífico faro que fue establecido en 1848. La ciudad es notable por sus fabricas de gasas muy bellas de algodon, que son muy activas, su modesta biblioteca y su escuela de hidrografía. El puerto es interesante por su aduana, sus baños de mar, sus numerosos vapores-paquetes, su telégrafo submarino, sus extensas pesquerías y sus nuevos muelles artificiales.
Calais, es célebre en la historia militar de Francia por el famoso sitio de trece meses sostenido por el heróico Eustache de Saint-Pierre; que hubo de capitular con las tropas de Eduardo III de Inglaterra en 1347; y por haber sido la base de la dominacion ejercida por los Ingleses sobre una parte de Francia hasta las épocas de Juana de Arc y del duque de Guise. Calais es una especie de ciudad militar, apesár de su comercio y sus pesquerías, porque tiene muy considerables fortalezas, que datan desde la edad media, cuyo fundador fué Felipe de Francia, llamado conde de Boloña.
En el trayecto de Calais á París las ciudades mas notables son Lila, Doual, Arras y Amiens. Las tres primeras, que reservo para otra narracion, estaban invisibles cuando tocamos en ellas. Algo nos detuvimos en Amiens, ciudad histórica por mas de un motivo, y tan antigua que remonta a los tiempos anteriores á la conquista romana. Los Romanos la llamaban Samarobriva, y ella fué la capital de la Francia merovingiana, residencia de los primeros reyes francos en la Galia. Amiens tiene algunos monumentos interesantes, sobre todo su hermosa catedral, que fue construida en el siglo XII, y es reputada como uno de los mas bellos monumentos de la arquitectura gótica que posee Francia.
Por su tamaño y poblacion (50,000 habitantes), Amiens es una ciudad de tercer orden en Francia; pero por su carácter de capital de departamento y obispado, sus institutos de enseñanza pública y su activa fabricacion, figura entre las ciudades de segundo orden. Amiens es plaza fuerte respetable, y aparte del papel muy notable que ha hecho en la historia de Francia, es célebre (como se recordará) por el famoso tratado de paz celebrado allí en 1802 entre Francia, Inglaterra, España y la República batava ú Holanda. Tiene también la celebridad histórica de haber sido la patria de Pedro el Ermitaño, predicador de las Cruzadas.
La ciudad tiene en su recinto muchos colegios importantes, de todas clases, una hermosa biblioteca de 50,000 volúmenes y un regular jardín botánico. Posee en el interior y los arrabales muchas fábricas, haciendo una activa producción de gasas y terciopelos de seda y algodón, paños negros de satín, telas finas de lana y otros tejidos de mérito. Fabrica también sustancias químicas, tafiletes, cuerdas, etc., y tiene numerosas tintorerías. Cuenta unas ocho ó nueve imprentas, y es el asiento legal de un consistorio protestante que pertenece a la comunión calvinista. Los alrededores de Amiens son muy bellos por la extensión de los cultivos, las fábricas que se destacan donde quiera en las praderas, las casas de campo pintorescas y variadas, y el vasto panorama que se extiende en todas direcciones casi sin interrupción de inflexiones en el terreno.
Si en las cercanías de Amiens el paisaje es muy interesante por la proximidad del rio dela Somme (que corta el departamento) y cerca del cual pasa el ferrocarril del Norte,—cuando el viajero va acercándose á París pasando por Clermont, entre Beauvais y Compiégne, la campiña toma proporciones mas interesantes. Al sud-este desciende el rio Marne, que se une al Sena cerca de París, desprendiéndose de las aguas de aquel un estrecho canal artificial; mientras que al lado del ferrocarríl corre del nord-este el rio Oise, ya engrosado con el Aisne en Compiegne, angosto y miserable por su volumen (para el viajero colombiano acostumbrado A ver rios enormes), pero muy útil para la navegación interior secundaria y para la irrigacion. El ferrocarril pasa por encima del Oise, y esté rio sigue su curso hacia el occidente para irse á confundir con el Sena abajo de París. El espacio que media entre el Oise y el Marne es vastísimo, y como las colinas son muy raras la llanura forma una especie de horizonte de praderas, campos de cultivo, parques y pequeños bosques, poblaciones rurales, canteras y molinos dispersos en todas direcciones de aspecto muy interesante.
Hácia las cercanías del Oise y de París se ven extensas canteras de piedra de sillería, caliza en apariencia, pero en su mayor parte de una greda arenosa que se presta mucho á facilitar las inmensas construcciones actuales de París. La mayor cantidad de aquellas piedras sale de las canteras en enormes trozos ó moles que, cuadradas en bruto, van á París por medio de canales, ó en carros gigantescos tirados por tres, cuatro ó seis de esos caballos normandos que parecen tener la constitución de la roca, á juzgar por su tamaño, su musculación y su fuerza.