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Los alderredores de Paris son bellísimos, en general, haciendo en ellos un raro contraste los fuertes militares y la enorme muralla de circunvalacion que encierra á Paris, con los mil objetos pintorescos de la campiña y los grupos desiguales de las poblaciones vecinas. El tren pasa cortando la hermosa llanura de Saint-Denis, dejando al occidente la pequeña ciudad del mismo nombre (cuyas torres y chimeneas dominan el horizonte), y penetra luego en la gran metrópoli francesa, al norte, después da cruzar el distrito de la Chapelle, enclavado entre las fortificaciones, hácia Saint-Denis, y la barrera de Paris, como lo está una multitud da pequeñas ciudades ó distritos que son como la continuación ó el inmenso suburbio circular de la capital[1].
La ciudad tiene á su derredor no solo la muralla (con su foso profundo) al nivel del campo exterior, cubierta de bosquecillos de pinos, sino también unos catorce ó diez y seis fuertes de defensa, entre los cuales figura en primer lugar la antigua y famosa fortaleza de Vincennes, la Bastilla exterior de París, de lúgubre memoria para Francia. Todas esas fortificaciones, á excepcion de Vincennes, fueron establecidas, como es bien sabido, por orden de Luis Felipe, obedeciendo á la doble preocupación de defender á Paris de una nueva invasión como la de 1815, y de dar trabajo á los obreros. Despues de haber gastado una enorme suma de millones, ese rey sin previsión no hizo mas que causar un grave daño á Paris y sus alderredores, y al porvenir de la libertad.
En efecto, las fortificaciones, sin ser de provecho positivo bajo el punto de vista militar para la defensa, de Paris, no solo han encerrado la ciudad, embarazando el ensanche de sus suburbios, sino que, en realidad, pueden servir apénas de instrumento para la opresión. Aquellos catorce fuertes son otras tantas ciudadelas que servirán de punto de apoyo a toda tiranía militar, puesto que, cuajadas de soldados, cernirán á Paris en cualquier tiempo en que su poblacion haga algún movimiento en el sentido liberal. Así, los obreros de Paris al trabajar en esas vastas fortificaciones, no hicieron otra cosa que asegurar la clausura de la ciudad, poniéndola bajo el poder de una presión militar.
Tal es siempre el resultado de las fortificaciones. La libertad y la justicia son los mejores baluartes de defensa para un pueblo civilizado; mientras que las ciudadelas son en todo caso los cerrojos que encierran, dominan y esclavizan á las ciudades. Los Ingleses, muy al contrario de sus rivales de Francia, han tenido el buen juicio de comprender que las fortalezas no deben estar al lado de las fábricas, las academias y los monumentos de la civilizacion,—porque hay un poder que defiende mejor que todos los cañones el santuario de una ciudad ilustre y los tesoros del arte, de la industria y del comercio; ese poder es el de los intereses sociales apoyados en la libertad. Lóndres no tiene mas fortalezas que sus puentes, sus vapores, sus ferrocarriles, sus fábricas y monumentos de toda especie. La civilizacion es la mejor garantía de esa inmensa metrópoli de la opulencia. Pero Francia es un país militar por excelencia, y no es extraño que París, la capital del mundo del espíritu, esté rodeada de los instrumentos de la fuerza.
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TERCERA PARTE.
DE PARÍS A MADRID.
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