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LA BORGOÑA Y LYON.

Los ferrocarriles.—Melun.—Fontainebleau.—Montereau.—Sens.
Joigny.—Tonnerre.—Dijon.—Impresiones nocturnas,—Panorama de Lyon.

Si se quisiera tener una idea comparativa y completa de la revolucion social que han producido en Europa los ferrocarriles, nada tan adecuado para formarse una profunda conviccion como un viaje de París á Madrid, por la via de Lyon, Marsella y Alicante,—ó un paseó por en medio de las ásperas montañas de la Suiza, á orillas de sus lagos encantadores.

¿Quién hubiera pensado ahora veinte años que la Suiza, que es una colosal montaña dividida por profundos y pequeños valles lacustres, sería surcada en breve por las locomotivas? Y mas aún: ¿quién hubiera pensado que en 1858, desdeñando los mares y los Pirineos, pudiera pasar un viajero de París á Madrid en setenta y dos horas, con mil comodidades y venciendo tan multiplicados obstáculos? Y con todo, los ferrocarriles accortarán aún la distancia. Dentro de dos años las dos grandes vias de Valladolid y Zaragoza, como dos enormes brazos oprimiendo los Pirineos de un lado y otro, ligarán á Madrid con Burdeos, por el occidente, y con Perpignan por el oriente, y entonces las capitales de Francia y España estarán solo á treinta y seis horas de distancia (puesto que ella se mide por el tiempo) y los Pirineos no figurarán sino como un monumento de granito y nieve levantado por la naturaleza para ser un día el mas grandioso, el eterno testimonio de los prodigios de la obra infinita de la civilizacion, en que Dios trabaja como supremo inspirador y artífice, y el hombre se le asocia como un obrero infatigable que recibe su salario en libertad, bienestar y progreso.

Estas reflexiones me hacia el 24 de marzo de 1859, precisamente al año de haber llegado á Paris, al partir del inmenso embarcadero del ferrocarril de Lyon, dando un adios á la metrópoli del mundo intelectual, donde quedaba la mitad de mi vida y el tesoro supremo de mi amor.

Sentíame casi fatigado ya con la vida artificial que se lleva en Paris, donde todo es el resultado de una especie de convención tácita de la sociedad,—donde la moda reina como soberana absoluta, y el corazon no encuentra su espontaneidad ni se siente á sí mismo sino cuando se encierra en el santuario de la familia, huyendo del bullicio fascinador de un mundo que se agita en interminable torbellino. Iba á visitar á España, la vieja y heróica patria de los fundadores de la mía,—la patria de mis abuelos, de mi lengua y de todo lo que nutrió mi espíritu en los alegres días dé la primera juventud.

Un tiempo magnífico, da prematura primavera, convidaba á buscar deleite en la aspiración del aire libre y en esa contemplación inquieta, fantástica en cierto modo, de las campiñas y las pequeñas poblaciones, á que nos conduce la ubiquidad de la locomotiva, haciéndonos pasar con la rapidez del huracan por entre castillos y colinas, bosques y ciudades, y cuanto constituye el poco accidentado pero admirable panorama de la Francia central ó meridional, pues en todas direcciones la opulencia de cultura produce los mismos resultados. La poesía falta, porque donde quiera el arado ha civilizado la tierra hasta el refinamiento; pero si el poeta tiene pocas impresiones que recoger en la carrera, el viajero hallará en todas partes la revelación de un progreso relativamente consolador.

El fuerte de Charenton quedó atras, y los últimos suburbios de Paris se perdían detras de las ligeras inflexiones del terreno, mientras que al oriente se desarrollaba la vasta campiña, despojada de encantos naturales pero rica en pormenores de civilización y cultivo. Al volver un recodo del ferrocarril se descubre un escenario en extremo pintoresco. El Sena, todavía poco importante, porque no ha recibido aun las aguas del Marne, que le aumentan su caudal en las cercanías de Paris, hace allí un arco, dividiendo la pequeña y graciosa ciudad de Melun, reclinada sobre la falda de una colina, cuyos bordes salpican pequeños bosques de pinos y encinas. Nada se alcanza á ver entre los edificios de Melun que llame la atención como objeto de arte; pero la población no solo es risueña como todas las que demoran á orillas de un limpio y murmurante rio, sino que tiene interés bajo el aspecto comercial. Es por allí que descienden á Paris las pesadas barcas de remo, ó tiradas por caballos, repletas de pipas de vino de Borgoña, de trigos y leñas, maderas de construcción y carbon, procedentes de las vastas florestas que en esas llanuras se conservan con el mayor esmero.

De allí en adelante, hácia el sud-este, el horizonte se abre y extiende, sin que lo interrumpan mas que colinas verdes ó amarillentas, aisladas y distantes, siempre redondas y casi todas de formacion caliza ó de arenisca, cuya elevacion varia entre 80 y 200 metros al parecer. Por todas partes se ven hermosas quintas de sencilla y pintoresca arquitectura, rodeadas de sauces y pinos persistentes, ó de álamos empinados y flexibles; donde quiera praderas simétricamente deslindadas, y entables pequeños de cultivos diversos (viñas, trigos ó legumbres) que revelan por su esmerada condicion y sus multiplicados lindes esa maravillosa division de la propiedad territorial tan benéfica para Francia, debida á la gran revolucion que desamortizó los bienes inactivos ó estancados y fundó la igualdad hereditaria.