Una pintoresca llanura con suaves ondulaciones, primorosamente cultivada, sembrada de pequeñas y alegres poblaciones, y de una melancolía deliciosa, se extiende por el espacio de 30 kilómetros entre la costa del Mediterráneo y un cordon de bajos y redondos cerros que arrancan desde Teruel para seguir paralelos al mar hácia el norte de Cataluña. Tarragona, situada en una eminencia de la costa á 760 piés sobre el nivel del mar, y Reus, que reposa en la llanura, son las principales ciudades de esa provincia catalana.
El orígen de Tarragona es antiquísimo, y tanto que remonta á la dominación fenicia. Segun la tradicion, el inolvidable Poncio Pilato nació allí (así como el emperador Trajano), y fué gobernador ó procónsul de la ciudad en tiempos en que ella tenia la friolera de millon y medio de habitantes. Hoy no cuenta sino 22,000, pero va en rápida resurreccion, á virtud del ferrocarril que la enlaza á Reus y de la demolicion de una gran parte de sus fortificaciones.
Si el guarismo de la antigua poblacion es exagerado, al menos las vastas ruinas que la rodean y los monumentos romanos que se conservan hasta una legua de distancia, revelan que la antigua ciudad, establecida sobre las márgenes del rio Francolí, é incendiada en distintas épocas, fué muy considerable y de grande importancia. La pobre ciudad de hoy ha vegetado por siglos encerrada en su cárcel de piedra (sus fortificaciones), esa tortura secular que el genio de la guerra ha impuesto á los pueblos fronterizos. Por mucho tiempo Tarragona, trepada en su colina y divorciada del puerto por las murallas que la estrangulaban, no ha sido sino un apacible nido de canónigos, gorjeando en su catedral gótica, en medio de inscripciones, lápidas y escombros.
Tarragona, en efecto, es un cementerio de las razas y civilizaciones diferentes y sucesivas. Por cada calle que se recorre, el pié tropieza con algo que parece ser un pedazo del cadáver colosal de Roma. Donde quiera se ve alguna inscripcion romana, byzantina ó gótica, grabada en alguna lápida que un albañil iliterato ajustó de lado ó á la inversa en el muro remendado de alguna casa de menguado aspecto. Entre las baldosas de las calles, en los portales, las escaleras, los patios y los corredores de las casas, se ven en increible abundancia ó losas de leyenda confusa, ó bustos deteriorados y truncos, ó columnas dislocadas y de formas diversas. Aquella ciudad es en gran parte una ruina formada con escombros antiquísimos, que el tiempo habia dispersado en la falda y al pié de la colina.
A una legua de distancia se ven todavía dos monumentos incompletos y en ruina: la Torre de los Escipiones, de carácter sepulcral, conservando apénas una elevacion de 30 piés, y el llamado puente de las Ferreras, admirable acueducto que ligaba dos altas colinas para conducir las aguas potables á Tarragona. Todo el terreno circunvecino está cuajado de escombros, y cada vez que el arado pasa por allí arranca de entre la tierra algun músculo marmóreo de esa civilizacion romana inhumada por los siglos allí.
La mencion de esas ruinas me hace recordar una anécdota de viaje. No resisto á la tentacion de contarla, porque ella manifiesta uno de los rasgos característicos del pueblo inglés, tan prosáico y excéntrico al mismo tiempo.
Pocas horas antes de embarcarme en Marsella, llegó al hotel donde yo estaba un caballero inglés muy serióte, de porte distinguido y con toda la filiacion de un turista ó aficionado á viajes. Sentóse á la mesa, y habiendo oido decir que un vapor iba á partir para Barcelona, desapareció pocos momentos despues.
Cuando fuí á bordo, al instalarme en un camarote, encontré al parsimonioso insular establecido en la tarima superior, tocándome la de abajo. Quise saludarle, á fuer de compañero de habitacion, pero no se dignó mirarme sino con la esquina de un ojo. El insular, como todos sus compatriotas que viajan, tenia vieja amistad con el mar, y el puente del vapor le gustaba de preferencia. Yo, entretanto, leia ó dormia en el camarote, una vez que se perdió de vista la costa de Marsella.
Al dia siguiente oí desde mi alcoba, en el hotel de las «Cuatro naciones», en Barcelona, que en la pieza contigua silbaba alguno el himno británico God save the queen. Era el Inglés consabido, instalado á quema ropa, Al sentarme á la mesa, segun mi número, el Inglés quedó á mi derecha, mano á mano; pero no me miró tampoco. Durante muchos dias yo rabiaba por entablar conversacion, olvidando que si yo era expansivo á fuer de Colombiano-español, mi vecino era de la raza taciturna y ceremoniosa de John Bull. Todo lo que pude arrancarle, al cabo de cinco dias, fué un thank you, sir, sordamente pronunciado, por haberle acercado un plato de naranjas.
Un dia desapareció mi insular. Confieso que me hizo falta ese compañero mudo, que me picaba la curiosidad por su reserva. Por la noche subí á bordo del vapor «Cataluña». Al irme á acostar, hallé en la tarima superior de mi camarote un bulto con barbas rojas y cabellera crespa y rubia, que roncaba con la franqueza de un ciudadano libre. ¡Era mi Inglés!… Pero aquello era ya un progreso: el hombre renunciaba á su silencio absoluto, puesto que roncaba.