Merecen particular atencion, entre los muchos monumentos religiosos (que no tienen gran mérito artístico), la catedral y las iglesias de San Jaime y San Miguel. La catedral, de estilo gótico del siglo XII, aunque carece de atrevimiento en sus tres naves, tiene una majestad imponente por su interior de sombría severidad. Al hallarse en medio de sus veinticuatro enormes columnas y delante de su coro de severas y ricas esculturas de madera, que se destaca en la sombra de los altos muros tristes y desnudos, se cree uno como encerrado en una catacumba con las osamentas de la edad media. Si el hermoso claustro, descubierto á la intemperie, llama con justicia la atencion, lo mas interesante del monumento son sus torres colosales asombrosamente suspendidas como en el aire sobre el arco gigantesco de la testera del templo. Esa construccion caprichosa en apariencia, pero que tiene su filosofía religiosa, es la mas atrevida que he encontrado en toda la arquitectura gótica de España.
La pequeña iglesia ó capilla de San Miguel no es curiosa sino por su antigüedad y su tipo especial. Es una cripta romana, profunda en el centro, sombría como un refugio de proscritos y que está revelando la infancia del arte cristiano. Al penetrar allí no puede uno ménos que evocar todos los recuerdos de los mártires del cristianismo naciente. Hay allí algo que guarda las tradiciones de la abnegacion y del heroismo resignado del creyente.
Para tener una idea de las costumbres catalanas, basta echarse á pasear, con el ojo alerta y el humor alegre, por la calle mercantil de Fernando sétimo, ó la ancha alameda de la Rambla, orillada por hoteles y cafés. Una inmensa multitud circula por allí, sea matando el tiempo, sea buscando los negocios ó algo que si es negocio no está esento de ser pecaminoso.
Las Francesas pululan, ligeras y provocadoras, arrastrando las anchas colas de sus trajes, y distinguiéndose perfectamente de las Catalanas y Españolas. Mientras que la Francesa aventurera hace conocer su artificio y esconde bajo la gorra su cabeza de cabellos pobres, la Española ostenta con garbo su rica mantilla, bate con maestría singular el inolvidable abanico, marcha con gracia y donaire pero sin esforzarse en la coqueteria, y arrebata con su tez suavemente morena, sus grandes y negros ojos, su rica dentadura y su ampulosa cabellera recogida en un elegante peinado ó en hermosas trenzas. Ella desdeña la prudente gorra, teniendo su soberbia cabeza, y la cubre apénas con un pañuelo (si es de noche) atado por debajo de la garganta no mas, ó con un chal de lana ó algodon de colores graciosos, envuelto con mucha originalidad.
Si os fijais en los hombres, les vereis divagar (envueltos en la inevitable capa española, algunas veces ricamente adornada) en grupos mas ó menos bulliciosos ó siquiera por parejas, aspirando el humeante cigarrillo, con la mirada abierta, listos á la chanzoneta, la voz robusta y el andar ligero. En el teatro les vereis aplaudir con entusiasmo, aunque no siempre con criterio; en el baile, cordiales y contentos; en la mesa expansivos; en el carnaval hechos locos y muy espirituales en sus sátiras y disfraces.
Donde mas se revela el espíritu de asociacion del Catalan es en el casino ó el café. El catalan no se resigna jamas al aislamiento. Por eso los cafés de Barcelona son la imágen de Babel. Centenares de hombres y señoras se amontonan alli, en grupos animadísimos, formando una alegre algazara que apaga casi los ecos del piano. En España hay la costumbre de establecer un piano en cada gran café para amenizar el pasatiempo; y todo el que va a uno de esos lugares, donde la democracia absoluta no degenera en desórdenes, pasa cuatro ó cinco horas en tertulia sin dejar refrescar el asiento. El pueblo español, en su mejor sociedad, se congrega en la iglesia, la plaza de toros y el café.
Barcelona es residencia ordinaria de doce ó catorce cónsules extranjeros, y ofrece amplias facilidades al viajero. Temiendo entregarme desde muy temprano al martirio de las diligencias, tomé pasaje en el vapor «Cataluña,» que iba para Hamburgo, y me dirigí á la provincia de Tarragona. Sin haber tenido amigos en Barcelona, confieso que me alejé de su animado puerto con algun pesar. Aquel es un país libre, de poblacion inteligente, activa y honrada, que me habia impresionado muy agradablemente.
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El Mediterráneo estaba tranquilo como un lago, y su silencio absoluto no era interrumpido sino por el estridor de la maquinaria del vapor, y los resoplidos que de tiempo en tiempo lanzaba ese dragon de hierro y de vientre inflamado que se llama locomotiva. La luna iluminaba las ondas deliciosamente, produciendo admirables reflejos en la limpia estela del vapor. Pero la tierra estaba velada por las nieblas de la costa, y no fué posible verla sino en el momento de entrar al siguiente dia en el puerto de Tarragona.
Centenares de presidiarios trabajaban allí en terminar el puerto con una gran muralla edificada entre las ondas. Al mismo tiempo entraba un bote guarda-costa tripulado por diez y seis conscritos de las quintas de marina. Así, la casualidad me presentaba en contraste dos clases de presidiarios: los unos, condenados por la justicia social, como criminales; los otros, condenados por la suerte á servir en la marina, por el solo hecho de ser Españoles, ¡Qué sarcasmo legal! Puesto que el mundo tiene presidios todavía, pasemos adelante,