Los tres directores de aquel convoy de veintinueve víctimas (sumando viajeros y mulas) llevan sus puestos respectivos. El mayoral, en el pescante, entre el cupé y la berlina, como un Phaeton que conduce su alado carro. El zagal, á su lado, ó prendido de un garfio del pescante, á guisa de apéndice. El delantero, á caballo sobre la bestia primera de la fila izquierda, dando la direccion á las diez mulas.
Estas, formadas en columna, en dos filas, van ligadas entre sí por un laberinto de pesadas cadenas, de garfios, correas y trozos de madera que aumentan el enorme peso y la extravagancia de aquella montaña portátil.
De tiempo en tiempo, cuando alguna de las mulas afloja el paso (porque van siempre á galope largo y al coche rueda como un huracan por cuestas y valles), el zagal da un salto al suelo, y se lanza á la carrera, á la par de las mulas, armado de un garrote delgado ó de un látigo fuerte. A cada mula le reparte (porque siempre los justos pagan por los pecadores) cuatro ó seis golpes frenéticos; y cada una de ellas responde, según su estilo peculiar, con cuatro ó seis coces furibundas, que el zagal evita con asombrosa habilidad. Entónces aquellos animales se enfurecen, brincan como cabras, corren como demonios y levantan una polvareda que hace perder de vista el horizonte é invade, á los viajeros en sus navetas martirizadoras.
El mayoral grita como un dragon, sacudiendo las riendas y el foete,—agitando en una convulsion rabiosa todo el cuerpo; el zagal le acompaña en gritos, movimientos y reniegos; y el delantero, que les sacude tambien á veces á las mulas que están á su alcance, redobla la actividad para apurar la carrera. El viajero, entretanto, sintiéndose á discrecion de aquellos salvajes y de diez mulas furiosas, se agita en un drama cómico de las mas vivas emociones, acabando por resignarse á todo. Imagínese lo que habrá de sentir el que, saliendo de un magnífico tren de ferrocarril, se entrega por primera vez á esa pesadilla sin sueño que se llama un viaje en diligencia.
Cuando el viaje es largo los peligros aumentan. Como jamas se varía el mayoral ni el delantero, que son los pilotos de la diligencia, el sueño los domina á veces, y con frecuencia el coche vuelca y se despedaza, se estrella en un recodo, ó se precipita en un desfiladero, sucediendo no pocas desgracias. Y no hay que hacer observacion alguna, ni quejarse de hambre ó cosa parecida; porque el viajero que sufre la ley tiránica de los empresarios, es un esclavo á la disposicion del sultan que tiene su trono en el pescante. Todo eso sin perjuicio del escamoteo, al fin del viaje, que los mayorales, delanteros y zagales ejercen contra el viajero, mendigando como si no tuviesen dotacion ó paga.
Aconsejo á los que padezcan de los nervios y quieran obtener una curacion violenta pero segura, que vayan á España á hacer un viajecito en diligencia. En España casi siempre que cae un ministerio le destierran, á lo ménos diplomáticamente. No sé por qué llega el rigor hasta ese punto, cuando con unas doce horas de diligencia todo quedaría compensado, aunque, á decir verdad, los pecados de casi todos los ministerios españoles no son de los muy veniales.
Despues de cuatro horas de diligencia toqué en Almanza con el ferrocarril de Alicante, empresa que, á pesar de los muy buenos elementos con que cuenta, se distingue por su mal servicio. Algun dia se corregirá. Nada diré sobre la ciudad de Almanza, porque la noche me impidió observar siquiera su aspecto general. Con todo, de paso y al claro-oscuro tuve mis sospechas de que es una poblacion que no brilla por la hermosura ni la actividad. Es una ciudad de antiquísima data, muy anterior á las guerras entre Romanos y Cartagineses. Así, aquella es una de las ciudades españolas cuya historia está ligada á las cuatro dominaciones sucesivas de mas significacion que han impreso su sello á la nacion ibera. La llanura de Almanza es célebre por la famosa batalla ganada allí por los Españoles, en abril de 1707, contra las tropas anglo-portuguesas, dándole á España la imponderable ventaja de cambiar de amos, puesto que los Borbones ocuparon con Felipe V el trono que la casa de Austria habia tan atrozmente inmortalizado. Todavía se conserva en la llanura el obelisco que conmemora el suceso. En España se conservan esos monumentos muy bien, pero se dejan cegar los antiguos canales que datan del siglo pasado.
De Almanza á Madrid el ferrocarril toca en veinte y dos poblaciones, sobre terreno llano, con un total de cerca de 100,000 habitantes, exclusivamente consagrados á la agricultura, cuyos productos principales son los trigos y vinos y algun aceite de olivas. De esas veinte y dos poblaciones solo tienen alguna importancia: Almanza fuerte de mas de 9,000 almas; Albacete, capital de provincia, con cerca de 17,000; Villa-Robledo, que cuenta 8,000, y Aranjuez, ciudad cortesana, con mas de 5,000, que es la Versalles de la corte de España, verdaderamente primorosa. Mas adelante haré su descripcion.
Es curioso tambien, en el trayecto, el pueblo de Villacañas, correspondiente al país de Don Quijote. Cuéntanse allí hasta trecientas cuevas, practicadas en las colinas del campo (que se desprenden de la sierra de Toledo), en donde viven todas las familias pobres. Esta singular arquitectura de la miseria no es rara en España, y en ninguna parte interesa tanto como en uno de los barrios de Granada. A su tiempo descubriré ese curioso pormenor.
La travesía de la Nueva Castilla continuaba la serie de contrastes que yo iba observando. La noche me habia hecho perder de vista las campiñas al salir del valle de Alcudia, continuacion ó inflexion del de Valencia. Cuando al siguiente dia ví aparecer en el horizonte las tintas primeras de la aurora, el tren pasaba por las vastas y tristísimas llanuras de la Mancha. Así, habia cerrado los ojos ante un paisaje en extremo pintoresco, para abrirlos despues en el centro de un país singularmente notable por su desolacion y su silencio. Ni la sombra de un árbol, ni el rumor de un arroyo, ni el canto de un gallo ó de un pájaro campestre, ni el mugido de una vaca, ni el mas leve ruido se sentia al atravesar aquel desierto…. ¡Ni una choza en las praderas interminables, ni un cercado para manifestar la presencia del hombre por allí!…