Y sinembargo, la Mancha es un país asombrosamente fértil en la produccion de trigos y vinos, que cuando está cubierto de mieses y sarmientos tiene una hermosura suntuosamente triste. ¿Por qué no hay allí ni un solo árbol, ni casas, ni jardines, ni otra cosa que inmensos prados ó trigales solitarios?—Porque no hay agua,—dicen los optimistas, que creen que lo que no se hace es porque no se puede.—Porque los manchegos son perezosos,—indican á su turno los pesimistas que deprimen y calumnian al pueblo español.

Ambas disculpas son sofísticas. Donde quiera que en la Mancha se quiere tener agua, no hay mas que cavar un poco y surge á torrentes. Ademas, á corta distancia están las serranías, de cuyas corrientes purísimas puede la industria obtener, por medio de canales, toda el agua necesaria. El pueblo manchego no es tampoco perezoso por índole, como se dice. Esa es una mentira que los malos gobiernos han inventado para encubrir su incapacidad.

En materia de gobierno hay que optar entre uno de dos sistemas: ó la represion reglamentaria, y entónces los gobiernos tienen el deber de hacerlo todo, y son responsables del malestar social; ó la libertad y la prescindencia, en cuyo caso el individuo tiene la iniciativa y los pueblos la responsabilidad de sus actos de todo género. Como en España se ha seguido el primer sistema, sus gobiernos son los responsables, los verdaderos haraganes, puesto que no han abierto canales y caminos (hasta ahora se trabaja en eso), á fin de que los pueblos manchegos tengan agua (y con ella árboles, irrigacion, casas de campo, etc.) y medios de dar salida á sus trigos, vinos y aceites, con lo cual la agricultura tomaría un poderoso incremento. Si los gobiernos constitucionales tienen su proceso en los presupuestos, los absolutos lo tienen en el aspecto de las poblaciones y los campos.

El primoroso valle de Aranjuez, regado por el Tajo y el Jarama (nuevo contraste en la topografía), me ofreció una prueba evidente en apoyo de las observaciones que acabo de hacer. Allí, en vez de la soledad y la tristeza del resto de Castilla, hay una pompa de vegetacion que arrebata y deleita. Aquel país es un verdadero paraíso, durante la primavera. En un espacio pequeño se halla aglomerada una inmensa riqueza en ganados, bosques, hortalizas y otros frutos agrícolas, sin contar los tesoros artísticos. ¿Por qué tanta opulencia allí en el centro de una vastísima planicie desierta? Se dirá que todo se debe á la abundancia de aguas en Aranjuez. Error: he visto muchos otros valles de España, admirablemente dotados de aguas y fertilidad, donde reina también la soledad. El valle de Aranjuez es precioso, porque es un dominio real; porque no le pertenece al pueblo español, pobre y abandonado, sino á sus monarcas, opulentos siempre. Y sinembargo, los reyes que han gastado inmensos tesoros en embellecer ese Real-Sitio, no han tratado de suprimir las fiebres, que son el real patrimonio de los vecinos de Aranjuez, á causa de las inundaciones que producen los rios. En tanto que el Jarama y el Tajo desbordan por falta de canalizacion, los palacios de Aranjuez rebosan en maravillas de pintura y escultura, que han costado millones sin cuento. Miéntras que los cortesanos se alojan allí en suntuosas habitaciones, el pueblo español sufre las fiebres tercianas, ó se aloja en Villacañas en cuevas húmedas y desabrigadas, abiertas en las peñas.

Con excepcion de tres ó cuatro parajes bellos, como en las cercanías de Toledo, de Valladolid ó de Palencia, no hay en las dos Castillas, otros puntos notables por su hermosura artificial que los Reales-Sitios. Lo demas son llanuras desiertas, aunque cubiertas de trigos ó viñas en gran parte. Con el valor de los cuatro Reales-Sitios podría el pueblo español pagar todas sus deudas, ó cubrir de ferrocarriles todo el territorio nacional, quedándole algo para alfileres. ¿Quién sabe si algún día se hará ese negocio….?

Al tomar la diligecia en Mogente (ó Alcudia) tuve por compañero en la berlina á un sugeto que me impresionó vivamente y á quien no olvidaré jamas. Era un doble tipo, como se verá, muy digno de atencion. Un hombre corpulento, de unos cincuenta y cinco años, robusto y rosado, lleno de salud y de vida, con una fisonomía admirablemente honrada, una risa franca y llena de benevolencia, una mirada cordial, y una conversacion en que se confundia la sencillez del lenguaje con el aticísmo del estilo y la solidez de las observaciones.

Desde los primeros momentos de la conversacion (que empezó casi al entrar á la diligencia) conocí que me las habia con un liberal de puño cerrado, hombre de instruccion, e muy buen sentido y en extremo tolerante. A juzgar por su aspecto modesto y su lenguaje sencillo y chistoso, le tomé por un propietario campesino, de vida retirada, aunque muy culto. Pero luego fuí cambiando de opínion. Al saber que yo era republicano de Hispano-Colombia, me tomó cariño y me hizo mil preguntas sobre la vida de perros que llevamos los demócratas en el Nuevo Mundo. Mis respuestas le encantaban, y se mostraba como triunfante cada vez que yo le indicaba algunas de las mas bellas conquistas hechas en Nueva Granada por las ideas verdaderamente democráticas. Ya puede colegirse que mi excelente compañero y yo quedamos muy amigos, sin conocernos. La comunidad de creencia política y de toda clase de convicciones nos habia ligado; y me aproveché de la ocasion para adquirir muchas luces sobre la situacion de España.

Al día siguiente, cuando aquel excelente caballero se despedia de mí en la estacion del ferrocarril, en Madrid, ofreciéndome cordialmente su amistad, vine á saber que habia viajado nada ménos que con don José María de Orense, marques de Albaida, grande de España de primera clase, y jefe del partido demócrata español, cosa que vale mucho mas que todas las grandezas de pergaminos.

Así, aquel sujeto no solo me habia ofrecido un notable contraste social, sino tambien un bello tipo de la sociedad española. En Barcelona habia tratado en la fonda á un marques de muchas campanillas, absolutista de tuerca y tornillo. Era un sugeto de excelente corazon, pero de endemoniada cabeza, infatuado con su noble estirpe, intolerante en todo, porque no admitia contradiccion, y energúmeno en su tenaz absolutismo y su odio á las ideas democráticas.

El otro marques, mi compañero de viaje—el noble demócrata—era un tipo enteramente opuesto. No hacia el menor caso de la pretendida nobleza; no se nombraba sino por su simple apellido de Orense (sin partícula); se distinguia por su sencillez modesta y su tolerancia; hablaba de los pueblos, sin acordarse de los reyes (que eran la pesadilla del otro marques), y no reconocia en los hombres otro valor que el de su mérito personal. Así, el estudio de las cuestiones sociales y el sentimiento profundo de la justicia, habian hecho un ciudadano de un grande de primera clase. Orense me ofrecia, pues, el tipo del noble moderno, que comprendiendo que los tiempos han cambiado y el mundo marcha hácia el reinado de la libertad y la igualdad, se ha puesto del lado del pueblo, para defender una causa que no ofrece medros sino gloriosa pobreza, dejando el viejo camino por donde con tanta comodidad se iba hácia el poder con la opulencia.