La plaza de Oriente, situada entre el Palacio real y el Teatro principal ó de la ópera, es la única de Madrid que merece atencion. Vasta, sombreada por magníficas arboledas, poblada de jardines alegres, encuadrada por bellos edificios y llena de luz, interesa tambien por su hermosa estatua ecuestre de Cárlos V, en bronce, situada en el centro y rodeada por un vasto círculo de estatuas de todos los reyes godos y españoles, en piedra bruta, algunos del mas macarrónico trabajo y en lo general escasos de mérito artístico. Los madrileños tienen por muy famoso su Palacio-real, y lo es en efecto, para España; pero comparado con muchos otros de Europa no merece gran reputacion, como obra de arte.
Entre los paseos de Madrid, intramuros, su renombradísimo Prado, su inmensa calle de Alcalá, cubierta de alamedas en gran parte, y su laberinto y parque de la Fuente Castellana, tienen sin disputa la preeminencia; sin contar los hermosos jardines Botánico y del Retiro. Es allí donde se reune por la tarde todo lo que hay de mas bello, de mas rico y elegante en la alegre sociedad madrileña; donde puede admirarse la hermosa raza española en sus variados tipos y tenerse una idea general de la fusion que se va produciendo en las costumbres y los elementos de diversas épocas.
El Prado es una vastísima calzada sombreada por varias calles larguísimas de álamos y olmos gigantescos, y embellecida por grandes fuentes. Una parte del paseo es mas espaciosa, encuadrada entre la ciudad y los jardines del Retiro y cuidadosamente macadamizada; y es en ese trecho, llamado el Salon del Prado, donde reinan como soberanas las elegantes bellezas castellanas. De un lado, el Prado se prolonga en cierto modo hácia las alamedas de los Recoletos y la Fuente castellana (al norte) y del otro (al sur) hácia la puerta de Atocha, los paseos de las Delicias y la estacion de los ferrocarriles.
Si la Fuente castellana atrae al curioso por sus laberintos de verdura, sus graciosos bosquecillos y sus elegantes quintas vecinas (verdaderos palacios campestres) que asoman sus enrejados, sus balcones cubiertos de guirnaldas y sus minaretes por entre las copas redondas de los olmos; si en los Recoletos se vaga, en la embriaguez de los perfumes, bajo bóvedas de follaje que incitan á la pereza; en el Prado el movimiento de las gentes, los mil coches tirados por hermosas mulas ó yeguas andaluzas, y el extraño aspecto de los grupos de provincianos, hacen afluir la corriente de paseantes hácia el monumento del Dos de Mayo, los reales jardines del Retiro y el vasto y bien mantenido jardin Botánico, uno de los mas hermosos que se conocen en Europa.
Los parisienses tienen orgullo de poseer sus espléndidos jardines de las Tullerías, del Luxemburgo, etc. Dejándolos en su buena y merecida reputacion, prefiero el del Retiro en Madrid, ménos suntuoso sin duda, pero mas agradable, mas natural, mas espontáneo, sin carecer por eso de bellas obras de arte, que adornan las alegres calles de árboles y las cercanías del enorme estanque establecido en el centro.
Yo me complacia, hijo del Nuevo Mundo y republicano, en recorrer aquellos bosques tupidos y suntuosos, aquellas alamedas perfumadas, aquellos jardines repletos de fuentes, estatuas y primores. Si me faltaban las florestas vírgenes de mi patria y los mil rumores de sus cataratas, sus torrentes, sus pájaros y sus insectos zumbadores,—al menos veía fisonomías hermanas, reproduciendo muchas de mi tierra natal; oia hablar en la opulenta lengua que me enseñó mi madre á balbucear; contemplaba con recogimiento las numerosas estatuas de los reyes españoles, bajo los olmos corpulentos, no porque fuesen de reyes, sino precisamente porque ellas me parecian escombros artísticos de épocas que la libertad y el progreso han trasformado profundamente, y me hacian evocar la historia de esa heróica raza ibérica que llevó su sangre al suelo colombiano para fundar pueblos que la revolucion debia regenerar y que la democracia habrá de engrandecer.
La primera vez que recorrí esos jardines espléndidos, iba de bracero con un marques republicano, Orense, que no pensaba sino en la democracia, y le daba mas energía al contraste mi situacion. Allí, á la sombra de las alamedas y ante las imágenes de los monarcas, dos hombres enteramente distintos fraternizaban cordialmente. El uno, hijo de la aristocracia antigua, español y hombre de edad y de mundo, soñaba con la libertad y el progreso. El otro, hijo del Nuevo Mundo, plebeyo por su nacionalidad, como todo demócrata, educado en la vida republicana, jóven, inexperto, viajando en busca de luz, y buscando en la patria de sus abuelos la prueba práctica, pero negativa, de las verdades democráticas! Cuando nos estrechábamos la mano ¿no establecíamos en cierto modo, sin pensarlo, la alianza de los pueblos españoles en la democracia, en el amor de la libertad que nos habia hecho amigos?
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Madrid es digna de su rango de capital de una vasta monarquía, en cuanto á la posesion de buenos y numerosos museos y muy estimables bibliotecas, tanto públicas como privadas. Por desgracia, los Españoles no les acuerdan á sus establecimientos de esa clase toda la atencion debida. Verdad es que los estímulos faltan, porque allí no se puede ejercer ninguna profesion sin diploma oficial; los escritores, que podrían consultar las bibliotecas y estudiar los museos, hallan fuertes trabas legales que restringen mucho la publicidad; y los artistas han tenido que resignarse á la modesta condicion de copistas de las obras maestras, por carecer de apoyo social.
Los pueblos que no tienen libertad de accion para darse una vida propia, se hacen noveleros y superficiales. Este hecho se nota en gran parte de la sociedad madrileña, dominada por un francesismo fútil, que la hace buscar con ahinco los objetos del arte parisiense, mas ó ménos exagerados ó fascinadores, en vez de proteger la inspiracion de los artistas nacionales. En Madrid hay muchos y buenos artistas; pero ninguno de ellos crea: sus gabinetes están en los museos públicos, á donde van á hacer copias casi automáticas, en lugar de ponerse á copiar la naturaleza ó sus propias inspiraciones y producir las grandes y nobles obras de que son muy capaces unos cuantos. Madrazo mismo, tan superior artista, no hizo mas que vegetar brillantemente en el arte divino de Rafael, de Rubens y Murillo.