El viajero que carece absolutamente de relaciones en Madrid no debe detenerse allí mas de una semana. La capital do la nacion española, relativamente nueva y mal favorecida por la naturaleza, no puede ocupar la atencion, bajo su aspecto monumental, por mas de ocho dias; á no ser que se quiera hacer un estudio especial de bellas artes. Es que en Madrid lo mas interesante no es lo que se ve, lo que está á la disposición del público, sino lo que no se ve, ó no puede estudiarse sino al favor de las relaciones sociales.
Los templos de Madrid no merecen mención especial, ni por su arquitectura, pesada y vulgar, ni por sus tesoros interiores. Ese es un hecho que contrasta singularmente con las tradiciones del catolicismo español y con la pompa religiosa de las catedrales de España. La España religiosa no está en Madrid: es preciso buscarla en Toledo y Granada, en Sevilla y Valencia, en Barcelona, Burgos y León. Madrid es la imagen de la España política, mediocre, artificial y contradictoria.
He residido veinte y siete días en la metrópoli española, aprovechando todos los momentos y todas las relaciones para palpar y comprender los rasgos principales de su fisonomía social; y tengo la pretension de no haber perdido mi tiempo. Seré tan minucioso en los pormenores cuanto lo permitan el interes de los objetos y la paciencia del lector.
Desde que se llega á Madrid se comprende que allí reina con todo su poder y su abandono una autoridad que no emana del pueblo. La vasta ciudad, hermosa en su conjunto y en algunos de sus edificios, hace un extraño contraste con sus cercanías: es un oásis de piedra en medio de un desierto. En el interior de la ciudad algunos bellos y aun espléndidos jardines, las casas agrupadas y de elevada aunque vulgar construccion, la vida, el movimiento, la animacion. Pero al derredor de la ciudad colinas desnudas, sin un árbol, sin poblacion; campos calcinados, solitarios, sin irrigación, sin vida. El desierto por todas partes, la soledad, como si el Africa empezase á las puertas de Madrid….
Me olvidaba; hay algo que no está desierto, que ostenta la verdura, la pompa de la naturaleza ayudada por el hombre,—el lujo del arte: ese algo es, de un lado el Buen Betiro, con sus parques magníficos y sus primores; del otro el Pardo, inmensa propiedad riquísima y preciosa, que parece un pedazo de marco de esmeralda para cercar á Madrid, del lado del Palacio-real. Esos dos algos le pertenece á la familia real…. Allí están la hermosura y la vida. En lo demás, que pertenece al pueblo, están la desolación y la esterilidad.
Verdad es que Madrid cambiará en breve, gracias al nuevo canal de Losoya, que le llevará abundantes aguas de los montes de Guadarrama. La capital de las Españas no tendrá sed y podrá fertilizar y embellecer sus campiñas.
Aunque Madrid es relativamente nuevo (pues su habilitacion como capital data del tiempo de Felipe II), sus calles revelan el contraste de la vieja sociedad española con la moderna. Sus paseos interiores, su espléndida calle de Alcalá, su hermosa plaza de Oriente y las nuevas construcciones que dondequiera se levantan, manifiestan inclinación hácia el buen gusto, la comodidad, el aseo y el comfort; mientras que su vieja plaza Mayor, de vastas y oscuras arcadas, cerrada por grandes pórticos, sus antiguas calles tortuosas, sucias y repugnantes, como las que avecinan esa plaza, y algunas callejuelas tristísimas mantenidas en los barrios centrales, están probando que todavía resisten á la acción del progreso las raices de la España antigua, abandonada, rezandera, tolerante de la mugre, amiga del silencio y de la oscuridad.
Por desgracia, ese noble país del arte y del orgullo, que á pesar de sus defectos de educacion ha hecho tan grandes cosas, tiene pocas nociones del buen gusto. La arquitectura madrileña es pesada y carece de elegancia y majestad; sus monumentos no tienen valor sino por lo que contienen en el interior; sus edificios públicos son de suma vulgaridad, en comparación de su objeto (con rarísimas excepciones); sus calles, anchas y rectas en su mayor número, no tienen buen pavimento ni suficiente aseo; y las nuevas construcciones, aunque con pretensiones de suntuosidad, no hacen honor á los arquitectos españoles. El palacio inmenso del duque de Medinaceli (por via de muestra) es una suntuosa caricatura pintorreada, sin dignidad; y el afamado Palacio Real, sin nobleza artística, aunque, muy vasto, es inferior en su aspecto exterior á cualquier palacio notable de los que decoran á Lóndres ó París.
Es que (debo repetirlo) las buenas cualidades del pueblo español son internas ó intimas. Si se quisiese juzgar á esa sociedad por sus exterioridades solamente, se la conoceria muy mal, hallándola muy inferior á lo que es en realidad. Puesto que voy hablando de Madrid monumental, detallaré los principales rasgos de su fisonomía.
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