Los museos militares de Madrid son triplemente ricos, porque, á virtud de las condiciones históricas de España, muy excepcionales, sus colecciones tienen que representar los elementos de combate de épocas y regiones muy diversas y la huella de las dominaciones romana, gótico-arábiga y austro-francesa, que han pesado sucesivamente sobre la sociedad ibérica. Aquellos museos no solo evocan la historia de esas dominaciones, sino tambien la de la conquista de «América», de las guerras en Italia y los Paises-Bajos, y de la Inquisicion, cuyos símbolos sombríos se ven en los instrumentos de tortura.
La España moderna está representada allí por innumerables modelos de armas, buques y elementos de guerra,—de planos en relieve, plazas fuertes y puentes civiles y militares,—de estatuas y bustos, y de banderas y trofeos. Hay ademas riquísimas colecciones de muestras de maderas (de España y sus colonias) superiores para la construccion y la ebanistería. Entre las obras de arte llama la atencion un enorme plano en relieve de la ciudad de Madrid, en yeso, que es de un mérito sobresaliente; así como entre las curiosidades históricas se notan: la famosa, tienda de los Reyes Católicos en Granada, trabajo exquisito y muy adelantado para su época, y la mesa y las sillas que sirvieron para redactar y firmar el convenio de Vergara, que puso fin á la guerra civil de los carlistas. Aquellos muebles, desfondados y cojos, me parecieron un poco epigramáticos en medio del vasto Museo de Artillería. Se me figuraba que por su cojera remedaban al gobierno español. Veinte años hace que Espartero y Cabrera inmortalizaron con sus asentaderas esas rústicas silletas de una choza, y todavía España está esperando la libertad y el gobierno sinceramente constitucional que debieron surgir del famoso convenio de Vergara.
El Museo de Historia natural, que ocupa un vasto edificio en la gran calle de Alcalá, no parece haber merecido muy grandes atenciones de parte del gobierno. Me pareció, apesar de su mérito real, un poco descuidado en la clasificacion de las especies y familias, y relativamente inferior á los museos de ciudades mucho ménos considerables que Madrid. Busqué sobre todo, con particular ahinco, las colecciones de objetos colombianos, y me parecieron lamentablemente pobres, en atencion á las incomparables ventajas con que ha contado España para procurarse en el Nuevo Mundo una abundante y variada cosecha de productos de los tres reinos.
Madrid es rica en bibliotecas universales y especiales que merecen alto interes, principalmente en lo relativo á Colombia, y posee tambien archivos abundantes con numerosísimos y muy raros manuscritos. Pero es preciso confesar que no se hace mucho caso de las tales bibliotecas, muy poco frecuentadas, segun noté. Los duques de Osuna y Alba tienen bibliotecas particulares repletas de tesoros y primores, y casi nadie las visita ni consulta.
Entre las cinco ó seis públicas que pude ver debo citar la nacional y la del Congreso. La primera, casi escondida en un rincon de Madrid, en un pobre edificio, está muy mal alojada y en completo desórden. Los soldados y las mulas reales tienen palacios por habitaciones, miéntras que los grandes pensadores de la humanidad viven como trastos inútiles encajonados en desconcierto, en una mala casa y cubiertos de polvo. Algunos salones estaban vedados, á causa del desórden ostensible; pero en los que estaban á la disposicion de los lectores hallé tal mezcolanza de literatura y teología, ciencias y necedades, latin é inglés y todos los idiomas, que si los autores de los libros pudieran resucitar y asomar la nariz en los respectivos estantes, se hallarían muy asombrados de la compañía y mistificados por los anacronismos.
La Biblioteca del Congreso, cuya base principal es la que perteneció al pretendiente Don Cárlos, no tiene de particular sino sus documentos políticos que le son especiales. El bibliotecario me mostró con suma galanteria cuanto le pedí, y tuve la particular curiosidad de hojear y leer las famosas constituciones de 1812 y 1837, autógrafas y firmadas por todos los legisladores respectivos. Yo admiraba la audacia y el patriotismo de esos hombres eminentes, regeneradores de España; pero al ver los armarios repletos de códigos, constituciones y tratados, me decia con tristeza: «¡Cuánta letra muerta!» Entretanto pasaba por la calle un batallon, y el ruido de las cornetas penetró hasta la biblioteca del Congreso, «Esa es la verdadera ley;—me dije entónces,—esa voz gobierna á los pueblos con mas poder que la de sus pretendidos representantes….
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El palacio destinado al Congreso es un bello y noble monumento, de estilo griego en su fachada principal; pero carece de elevacion, y las otras tres fachadas son absolutamente vulgares. En el interior se encuentra bastante gusto y sencillez de adornos, aunque los salones, demasiado multiplicados, son pequeños. Uno de ellos contiene un gran reloj-cronómetro, de armario, fabricado en Barcelona, verdadera maravilla bajo todos aspectos. El salon de las sesiones es elegante y posee muy hermosos frescos pero revela, por la distribucion mezquina de las tribunas públicas, que en lo que ménos se pensó fué en darle asiento al pueblo español para que, oyendo á sus representantes, pueda juzgarlos, formarse una opinion y hacer efectiva la responsabilidad moral.
En el centro de la plazuela dominada por el palacio del Congreso está colocada, entre una verja de hierro, la bella estatua de bronce erigida á Cervantes, y cantada por Zorrilla, el bardo de las fantasías y las opulentas armonías. Los Españoles no han sido muy pródigos en estatuas y monumentos para perpetuar la gloria de sus genios; pero ya comienzan á pensar en eso. Sinembargo, aunque el inmortal Quintana tendrá su monumento, ha sido asunto de grande y acolorada disputa entre los partidos la ereccion de una estatua á Mendizábal. El proyecto nomas hizo caer á un ministerio (ó contribuyó en mucho á la fechoría), convertido en cuestión de gabinete. En un país donde no hay libertad para adorar á Dios como le plazca á cada cual, no es extraño que se prohiba dar culto á las ideas liberales representadas por un gran patriota.
Hay en Madrid un monumento que prueba, por su popularidad ó el respeto universal que le rodea, que los Españoles, si bien se arrancan los ojos por las cuestiones interiores, están unidos por un solo sentimiento—el de la independencia—cuando se trata de la nacionalidad. Ese monumento, tan noble por su severa sencillez como por las epopeyas que evoca, es el del Dos de Mayo, que domina una de las espléndidas alamedas del Prado. Una pirámide do granito y piedra, algunos nombres escritos que valen por un poema, un leon en relieve, una inscripcion conmemorativa y un doble círculo de cipreses, he ahí lo que basta para recordar á los Españoles que en aquel sitio sufrieron su martirio glorioso algunos defensores de la independencia y la libertad, y que no es digno de su patria ni de llamarse ciudadano sino el que sabe darse todo con abnegacion á la causa que la justicia, el derecho y el honor santifican.