Cuando se le hace una proposicion, por halagüeña que sea, vacila un momento, guarda silencio con aire cazurro, se rasca una oreja y acaba por decir: «Compadre, lo pensaremos.» Ninguno le arrancará jamas una resolucion improvisada ó una respuesta categórica por sorpresa. Pero una vez que reflexiona y se forma una idea fija y clara,—buena ó mala,—no hay razonamiento ni objecion que le desvie de su propósito. A toda réplica responde, tocándose la frente con el índice de la mano derecha:

—«Compadre, tengo otra cosa aquí adentro. Será como U. dice, pero yo tengo mi idea.»

Ello es que la lentitud de espíritu del paisano frances tiene su compensacion en la malicia calculadora, la desconfianza, casi mas intencional que instintiva, y el conocimiento práctico de sus intereses individuales. No hay tipo mas personal, mas individualista que el paisano frances. Él no comprende los hechos ni los intereses colectivos, sino los que afectan íntimamente á su hogar. Si el trabajo, el hábito de los negocios y las relaciones de vecindad le permiten penetrar la situacion económica ó doméstica del vecino, se guarda bien de darle consejos, ó de justificar, con la ingerencia en las cosas ajenas, la de cualquier otro en las suyas propias.

En esto los hábitos del paisano son diametralmente opuestos á los del obrero de las ciudades, en quien el instinto de sociabilidad, fuertemente estimulado por el medio en que vive, favorece mucho la comprension de las cosas colectivas. El paisano, desentendiéndose de lo que preocupa á los vecinos de la cabecera del distrito, calcula y considera á su modo lo que se relaciona con su terruño, su mercado, su feria y sus contribuciones. A eso se reducen toda su política y su economía social.

Sabiendo que el Cura, el Alcalde y el Recaudador de contribuciones son tres fuerzas ó personas distintas que forman una sola potencia verdadera para dominar el distrito, la diplomacia del paisano consiste en lisonjear, á esas tres entidades, vivir en buena armonía con ellas, ocultarles los recursos de que dispone y dejar que ruede la bola del vecino, sin inquietarse por nada. Su egoismo es tan calculado como su diplomacia, porque llegado el momento de hacer bien, sabe mostrarse caritativo y consagrado sin ostentacion, Pero como el círculo de su actividad es tan reducido, maneja sus intereses con acierto y permanece en la mas completa inmobilidad de relaciones y hábitos.

Adherido al trabajo y la tierra por necesidad, sus operaciones son de un positivismo estrecho. El paisano se dice: «Mi hijo ha de ser paisano como yo; poco importa que no aprenda a leer ni escribir, con tal que sepa ganar dinero y tenga fortuna.» Así, léjos de enviarle a la escuela, le asocia á todos sus trabajos, le hace siervo del campo y del arado, y le trasmite rigorosamente sus preocupaciones y costumbres.

Su manía consiste en adquirir propiedad territorial ó aumentarla que tiene, aunque el producto de la tierra sea muy inferior al de las especulaciones ó la industria; sin perjuicio de reservar la suma necesaria para rescatar al hijo mayor de la conscripcion militar. Dominado por esa idea fija, se hace económico y avaro, imponiéndose mil privaciones y atesorando franco sobre franco y escudo sobre escudo. El paisano sabe esperar la buena ocasion, disimulando su tesoro. Cuando llega el momento de una compra ventajosa se sirve de toda su diplomacia para reunir á su fanega de tierra[1] otra contigua, y otra y otras, sin satisfacerse nunca.

[1] El paisano frances no calcula nunca por hectaras, sino por fanegas, arpents.

Su sueño constante de ser propietario de tierra no corresponde á una verdadera aspiracion á gozar de los productos del suelo dándose comodidades: él busca en la tierra una consideracion que le satisfaga su vanidad personal y de familia, y una seguridad tangible contra toda catástrofe, como guerra, hurto, dilapidacion ó cosa semejante. Su frase favorita expresa bien su conviccion: «El viento arranca las mieses en ocasiones, pero nunca se lleva la tierra.»

De algunos años acá el paisano frances está pasando por una crísis peligrosa, especie de fiebre que domina sobre todo á la juventud campesina. La noticia de los altos salarios que obtienen en las grandes ciudades manufactureras ó comerciales ciertas clases de obreros, ha conmovido profundamente á los paisanos proletarios, inspirándoles el deseo ardiente de mayor lucro. Para ellos cada gran ciudad ejerce la misma atraccion fascinadora que la fabulosa California, de 1848 á 1853, para los emigrantes europeos. De ahí esa constante emigracion de paisanos de todas las campiñas de Francia, que abandonan sin pesar sus risueños valles, sus pacíficas llanuras y montañas por aglomerarse á centenares de miles en las sombrías é insalubres callejuelas de las grandes ciudades manufactureras: Paris, Lyon, Roan, Lila, Estrasburgo, Mulhouse, San-Estévan, Marsella y Burdeos.