Los circúitos en que se divide el Estado son administrados por prefectos. El poder legislativo cantonal reside en un Gran Consejo, compuesto de 195 miembros elegidos popularmente por los círculos, el cual se reune en Losana dos veces por año en sesiones ordinarias, sin derecho á remuneracion. Los poderes de los representantes duran cuatro años. El Gran Consejo nombra los diputados á las Cámaras de la Confederacion y los altos funcionarios, entre estos los 9 miembros del Consejo de Estado, que ejerce el poder ejecutivo por períodos de seis años. Esos 9 consejeros deben salir del seno del Gran Consejo, y ellos nombran anualmente de entre sí el presidente ó jefe del gobierno. El órden judicial está bajo la dependencia del cuerpo legislativo. El Estado atiende á todas sus necesidades con un presupuesto anual de unos 550,000 pesos.
En Vaud están abolidas desde hace algunos años las penas de muerte, trabajos forzados en presidio, vergüenza pública y confiscacion. El sistema penitenciario es enteramente análogo al de Ginebra, y el bello panóptico de Losana es el primero que se ha fundado en Europa. Los vaudenses y demas residentes gozan de la mas amplia libertad de religion, publicidad, instruccion, locomocion, asociacion, etc. Excepto las vias de comunicacion y la enseñanza pública gratúita, que el Estado sostiene, las manifestaciones de la actividad social pertenecen á la iniciativa privada. Es tan grande el interes que allí se tiene por el progreso de la instruccion pública que casi no hay una ciudad que no tenga su biblioteca bien surtida, su museo y muchos institutos y colecciones importantes. Hay en el Estado cerca de 800 escuelas primarias, 10 colegios comunales y 22 escuelas secundarias, unas clásicas y otras politécnicas. Allí se mira con particular atencion la ciencia económica, y no ha muchos meses[16] que Losana reunió un congreso y un concurso de economistas europeos para combinar el mejor sistema de impuestos. Es muy pequeña en el Estado la minoría de los individuos que carecen de alguna instruccion.
[16] En 1861.
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De las localidades de Vaud en que tocamos, tres nos llamaron particularmente la atencion y á ellas reduciré algunas rápidas observaciones.
Vevey, donde desembarcamos al atravesar el Leman desde Boveret, es una ciudad tan graciosa por su estructura, su admirable situacion y sus bellos paisajes de las cercanías, como interesante por su movimiento social. Arrancando desde la ribera misma del lago, en cuyas ondas baña sus pequeños muelles, sus elegantes quintas, terrazas y jardines y los muros de muchas de sus casas, se extiende primero sobre un terreno llano de poca extension y luego trepa por en medio de viñedos y huertos hasta la colina que la domina, la cual sirve de asiento á la catedral de San-Quintin y varias obras de un antiguo castillo, limitados por una gran terraza que sombrean frondosos olmos y castaños. Al pié de los muros que sostienen la ciudad del lado del lago se balancean en las ondas numerosos barquichuelos barnizados con vivos colores, y de todas partes se levantan mil rumores llenos de poéticas armonías. El hotel mismo de las «Tres-Coronas» en que nos alojamos, extiende sus terrazas elegantes hasta el lago, repletas de flores y arbustos, entre otros el naranjo, el jazmin y el habano de hojas lanceoladas, plantas que crecen al aire libre y en plena tierra, como en los climas meridionales.
Vevey, rodeada de ondulosas colinas y lindas laderas, y en cuyas cercanías son numerosos los bellos puntos de vista y agradables paseos, ofrece uno de los mas encantadores panoramas que se pueden imaginar, sobre todo si se la contempla desde la terraza ó la encumbrada torre de San-Quintin, monumento gótico de estilo muy sencillo y severo. Al pié se desarrolla la ciudad como un jardin de los mas variados contornos y colores; despues se extiende el vasto lago, tranquilo y murmurante, lleno de luz y poesía y surcado por numerosos vapores, buques de vela y barcas y faluchos de remos, y limitado en su márgen meridional por la barrera abrupta, rocallosa y severa por su sombría vegetacion, que forman las montañas de Saboya ó de la antigua provincia de Chablais. En la ribera misma, al pié de esas montañas, se ven las pequeñas localidades de Meillerie y San-Gingolfo (donde comienza la nueva frontera de Francia), puertos dominados por los contrafuertes y las altas cimas del Diente-de-Oche y Chaumeny. Mas léjos se levanta el magnífico grupo nevado del Diente-del-Mediodía y detras y al S. E., en un inmenso horizonte de colosos de granito, las inextricables y estupendas montañas que forman las cadenas del Monte-Blanco y el San-Bernardo. Nada mas majestuoso en su género que esas montañas empinadas casi verticalmente sobre el lago, cubiertas de bosques seculares y sombríos, con algunas praderas naturales en las estrechas faldas, salpicadas de numerosísimos chalets ó casas de pastores que de léjos parecen microscópicas moradas de animales alpestres.
Si se torna la mirada á derecha é izquierda, sobre la costa misma de Vevey, se ve donde quiera un enjambre pintoresco de casas de campo y viñedos entrecortados por cercas de palos, y sostenidos en anchos anfiteatros de muchos escalones por pretiles ó muros de construccion sólida y sencilla que impiden los derrumbes del terreno. Aquello es una inmensa ola de sarmientos que las brisas encrespan, y cuyo verde claro hace el mas gracioso juego con el azul turquí resplandeciente del lago y las lejanas tintas oscuras de las montañas. Es imposible no sentirse profundamente seducido por los encantos de ese incomparable panorama, lleno de risueña poesía, de promesas de amor y dulce movilidad en su conjunto y sus pormenores. No es, pues, extraño que Vevey sea en Europa una de las residencias predilectas de los extranjeros que viajan en solicitud no de los placeres del juego, las vanidades del lujo y las emociones violentas, sino de la calma de la naturaleza, la dulzura del clima y los goces moderados y delicados. Baste decir que Vevey ha sido visitada con delicia por Voltaire y J. J. Rousseau, Byron y Víctor Hugo y mil viajeros eminentes.
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Aquella ciudad sorprende bajo el punto de vista social, no solo al hijo de las comarcas solitarias ó salvajes de Colombia sino tambien á los habitantes de las capitales europeas. En Europa, en lo general, una localidad de 5,000 habilantes es un átomo; y sinembargo, son muchas las ciudades de 25 á 30,000 vecinos que carecen de verdadera cultura. En Suiza, donde, á excepcion de las montañas, todo es pequeño, gracioso y esmerado, las pequeñeces valen mucho y los pormenores son todo. Es ciertamente admirable hallar en la modesta ciudad de Vevey, de poco mas de 5,500 habitantes, un gran número de institutos y todas las comodidades de la vida, que regularmente no se encuentran sino en las grandes ciudades muy avanzadas en civilizacion. Si las condiciones físicas del país han favorecido ese desarrollo, no puede negarse que la libertad individual y colectiva, la bondad de las instituciones y el espíritu de independeneia y dignidad que engendra el calvinismo, aliado á las generosas cualidades de la raza francesa, son las causas principales.